Tinta china
Fecha Wednesday, 18 June a las 18:00:27
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Es bueno amar tanto como se pueda porque es allí donde se encuentra la verdadera fuerza. Vicent Van Gogh.

Sobre la repisa, que está junto a la ventana, hay miniaturas de todo tipo. Están las estilizadas con forma de figuras humanas, las redondeadas simulando cajitas, las esmaltadas de color verde jade, algunas de yeso a medio terminar y una de vidrio que contiene, dentro de ella, un liquido acuoso y espeso. El azabache intenso de su tono prevalece del resto.


Envuelta en curiosidad me acerco. Tomo el frasco, lo balanceo de un lado a otro y juego a distanciar el chorreado de tinta que queda en las paredes, con el grueso del líquido, que cae hacia el fondo. Lo observo, como tratando de develar algún misterio, mientras lo sostengo al trasluz. El frío al tacto, la superficie suave, los pliegues y hundimientos, me incitan a recorrer con el dedo, cada borde, cada contorno del relieve de esta envoltura .
La forma del frasco, no es cualquier forma. Pareciera que se moldeara en las manos pero es sólo una sensación. Seguir con el dedo su curso prolongado, estéticamente bello, recorrer la figura indefinida labrada en la superficie del vidrio donde lo humano y lo fantástico confunden a los sentidos… ¿una mujer?, ¿un hombre?, ¿un animal mitológico?, ¿una pareja en cópula?, ¿una flor exótica?, figuras indefinidas comienzan a gestarse.
¿La forma preexiste o se constituye en el mismo instante que el pensamiento busca hallarle algún reconocimiento?.
Confundida y asombrada me siento convocada a ver de qué se trata.
Y así, me dispongo a destapar el frasco.
Malva, pistachos, mirra, menta, lavanda, cítricos, aromas en conjunción comienzan a emanar y lentamente a fluir por el ambiente como las configuraciones semicirculares de las pinceladas de una pintura de Van Gogh Presiento, puedo distinguir, que entre toda esa variedad de fragancias, el contenido azabache es tinta.
Me dispongo a utilizarla. Busco en un cajón algún utensillo que me permita comenzar a escribir. Hallo un pincel, extremadamente fino. Comienzo a deslizarlo sobre una hoja de papel. Son líneas sin sentido, grafías que me invento, o que se inventan por el efecto narcótico de la esencia que está instalada en el aire, y que invade… se impone….
Otra escena comienza a tener presencia. El lugar se desvanece pero simultáneamente aparece otro. Parada frente a una mesa, siento una presencia detrás de mí. A la altura del cuello puedo percibir otra respiración, el aire cálido y suave de un aliento. Suavemente siento por detrás el miembro erecto de un hombre. Me quedo quieta, inmóvil. No entiendo pero me quedo. Siento miedo y curiosidad al mismo tiempo. Decido no voltear, no saber quien es ni como apareció allí. El hombre comienza a frotar su miembro tieso y duro sobre mi cola. Él se mueve hacia uno y otro lado. Repentinamente comienzo a sentir un leve frío que me recorre la espalda, continúa el camino de la columna. Trato de descubrir, de descifrar que es lo que me está rozando la piel. Es una superficie lisa, fina… no logro darme cuenta.
Un brazo me rodea la cintura, me acerca a su cuerpo, hace presión. Ahora estoy hundida en el aliento en el cuello, en el frío que se desliza hacia abajo y en el rodeo de su brazo.
Por debajo de la blusa puedo ver el vulto de su otra mano queriendo subir. Cierro los ojos. Me dejo llevar por la sensación. Deduzco que es un anillo el que me roza la piel. Se acerca a mis pechos, dibuja sus formas. Desde abajo contornea toda su extensión. Se detiene en los pezones. Continúa en la circularidad de su forma y logra que alcancen a estar erectos. Juega con el anillo. Lo posa allí, lo saca. Ya no distingo el frío del metal de la calidez de sus dedos. Todo me roza y me eriza.
Su miembro, cada vez mas erguido parece querer traspasar el género de mi pollera. No se como, pero la tela no es más obstáculo. Siento la calidez de su piel en mis nalgas. Mientras tanto, mano y anillo van descendiendo en dirección hacia el pubis. Bajo mi cabeza. Quiero ver. Descubro como en un movimiento rápido encaja el anillo en su dedo mientras, éste desciende lentamente. Entreabre los labios, los roza suavemente… tantea…Sin que me de cuenta introduce su dedo.
Quiero ver su cara. Intento girar mi cabeza pero no me deja. Colmada de excitación quiero tocarlo, verlo, besarlo…
No me lo permite. Comienzo a pensar una estrategia…
Decido acompañar su movimiento de frotación. Libero mi pelvis. Localizo el ritmo de sus movimientos e improviso ciertas ondulaciones, como queriendo hacer círculos en el lugar. Quiero que sean leves, que los perciba, que nos generen una danza inquietante. Junto a mi oído empiezo a percibir un jadeo ronco. Imagino como sería su voz, sus ojos, el encuentro de nuestras miradas. Instantáneamente recuerdo la limitación y me dispongo a continuar con mi conquista. Decido extender mis manos hacia atrás. Tomar su miembro viril. Lo hago. Se me ocurre, entonces, que mientras con una mano lo sostengo, puedo con la otra contornear su extensión, explorarla y por que no, unir mi mano a la danza.
Imprevistamente me toma de los hombros, me gira hacia él. Se acerca a mi boca, nos besamos. Lentamente voy cayendo hacia atrás y él viene hacia mi. Descorro mi pierna, lo invito. Suavemente apoya su candente virilidad y lentamente la va introduciendo como esperando a que pueda recibirlo mientras me voy moldeando para su forma. Con cada movimiento de su pelvis, con cada empuje, nuestros jadeos, nuestros ojos, se encuentran en ese instante sublime. Nos quedamos quietos. Nos besamos. La quietud se vuelve irresistible, entonces nos comenzamos a mover. Él hacia delante y hacia atrás. Yo, hacia arriba y hacia abajo. Ritmo de cuerpos buscando el estallido.
El aroma del aire comienza a cambiar.
Se desvanece la escena. Nuevamente vuelvo a estar frente a la hoja haciendo garabatos sin sentidos.
Empapo con tinta el pincel. Hago un trazo leve, confundida, no entiendo, se me suceden imágenes. Un vago recuerdo se instala enredando fantasía y realidad. Sube la fragancia de malvas, pistachos, mirra, menta, lavanda, cítricos. La visión se enturbia, el pulso tembloroso quiere nuevamente trazar una guía de tinta, el curso firme de una línea que divida la existencia de la invención. Con gran dificultad, la mano intenta dibujarla pero es como si fuerzas desconocidas actuaran entorpeciendo el trazo. De pronto, la tinta comienza a subir por la mano. La línea del papel comienza a deslizarse. Sube, toma la mano, se desparrama siguiendo el camino de las venas. Se absorbe en la piel. Lentamente el brazo empieza a quedarme tieso, frío. Esta sensación comienza a apoderarse de todo el cuerpo. El aroma es cada vez más intenso, lo siento en los poros, en el recorrido de mi sangre. Cierro los ojos. Tengo miedo. Veo la imagen de aquel hombre. Me toma de la mano. Y nuestras formas quedan impresas en el frasco.











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