Sueño imposible
Fecha Friday, 06 June a las 19:38:32
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




El chino que estaba detrás de la caja registradora, llevaba una chaqueta negra de seda, una camisa blanca y una corbata negra y estrecha; estudió mi aspecto, mis remiendos, mi mochila y mi pelo, que no veía un corte desde hacía varios meses. Me encaminé a la parte trasera, cerca de la cocina, y me senté en una de las mesas más pequeñas del restaurante. Puse la mochila sobre la otra silla, como si fuese un invitado, para indicar que estaba reservada y que pronto estaría acompañado.



Una camarera española se acercó con el menú. Su voz era ronca y era la primera mujer que olía en todo el verano y olía a mujer. No pude leer lo que había en el menú; quizá desconocía los nombres de los platos chinos o quizá sólo no veía bien. La camarera volvió varias veces y me miró. Por fin pensé: "es probable que esté sucio", de modo que le pregunté dónde estaba el servicio de hombres y me lavé con agua fría. Me mojé el cabello pero tenía el peine en la mochila, así que mi cabello estaba húmedo y separado en mechones cuando volví y, a pesar del agua fría, no me sentía nada mejor.

Después de un verano solo en la montaña, y sin prácticamente haber tenido ninguna relación con un ser humano distinta a mis dos compañeros, lo último que hubiera deseado antes de volver de nuevo a la “civilización” era encontrarme con ella. En cuanto me quedé a solas en la mesa, pensativo, me sentí muy mal. No sé si me daba cuenta de mi fuerte malestar. Sólo sabía que el mundo estaba hecho de dos partes –dentro y fuera de un restaurante chino-, y que estaba seguro de que me sentiría mejor sólo si podía llegar a cualquier sitio en el que no me encontraba en ese momento.

Después de una cerveza la vi entrar por el otro extremo del local, donde había más luz. Fue un latigazo de muchos voltios, mi silla en ese momento era la silla eléctrica y mi pelo se secó de repente. En aquel momento únicamente veía a su marido –mi mejor amigo- y a mi mujer que me miraban desde detrás de la caja registradora; ya no estaba el chino ni la camarera, se habían esfumado. Mis piernas comenzaron a temblar al sentir esa fuerte sacudida y, a cada paso que daba, el terremoto se hacía más intenso. Me dijo por teléfono que iría a recogerme ella y que su marido, a última hora, tuvo que marcharse a un viaje de negocios. No sé si así ocurrió o todo estaba premeditado, lo cierto es que la persona que más deseaba mi regreso, y que yo añoraba ver en primer lugar, era ella.

Sus cabellos se agitaban según caminaba hacia el comedor, brillaban con los rayos de sol que eran capturados en cada nuevo trasluz. Llevaba una camisa pegada de color casi morado con unos flecos que acompañaban a los vaivenes de sus cabellos, unos vaqueros y un bolso. Ya había pasado a la zona donde me encontraba yo. En ese momento, cuando ya supe que podía distinguirme, volví a ver de nuevo al chino y a la camarera española, que entonces la miraban fijamente como si hubieran sabido siempre que ella era la persona que ocuparía la silla de mi mochila.

Cuando supe que nuestra mirada era la misma, y supe que nos habíamos reconocido, mis piernas, cada vez más temblorosas, me levantaron de la silla como si un muelle hubiera estado contenido durante largo tiempo, rompiendo con fuerza lo que lo oprimía. Y Pensaba: "Por fin estaremos completamente solos. Por fin nuestras miradas no serán observadas ni nos parecerán perseguidas; ya no tendremos excusa para cortar el frágil pero intenso hilo luminoso de nuestros ojos cuando se encuentran. Hoy, ya no tendré que mirarte en la penumbra para no ser descubiertos. Hoy, por fin, no nos diremos frases ocultas, ni tampoco tendremos que simular la corrección de textos laborales para descifrar nuestros sentimientos".

Ella se acercó alzando sus brazos hacia mis hombros y yo, correspondiéndole abrazándola por su cintura, la besé directamente en la boca. No era la primera vez que nos besábamos, pero como si lo fuera. Cuando éramos adolescentes una tarde de guateque estuvimos toda la tarde bailando y besándonos. Nos creímos novios, amantes de quince años; en realidad, fue algo que nunca terminó por ni siquiera haber comenzado. Era bella de quinceañera pero ahora es más bella. Recuerdo a una profesora que siempre me recriminó cuando decía "más bella", según ella, la belleza nunca puede ser más bella, en cambio me comentó que si que podría decir "menos bella", lo cierto es que nunca la entendí y sigo sin entenderla.

Estuvimos abrazados más de lo habitual, creo que ambos teníamos en cierto modo un temor a mediar las primeras palabras. Nuestros corazones latían rápido, resonaban y gemían, lloraban de alegría por el encuentro inesperado y tanto deseado.

-¿Cómo estás? – fue lo primero que dije.

-Bien, como siempre, aquí todo está igual; pero cuéntame..., tú eres el aventurero, ¿qué tal te ha ido? – me contestó.

Poco después de comenzar a relatar mi aventura por fin volvió la camarera y le dije:

-¿Podría traerme la cuenta, por favor?.

-Pero todavía no han comido – me contestó un poco inquieta.

-Lo sé. Usted tráigame la cuenta – le dije.

-Espere un momento, por favor – me dijo y se fue directa a la caja registradora y habló con el chino de la corbata negra.

Dentro de mí todo corría tan rápido que me enfermaba, y fuera de nosotros todo estaba tan inmóvil que me enfermaba; me ocurrió todo lo contrario de lo que había pensado, veía en nuestros observadores a otras personas que en aquel momento eran las últimas que deseaba recordar. No quería comer en aquel chino, nuestras siguientes palabras fueron al unísono las de cambiarnos a otro sitio y nuestra conversación se vio paralizada hasta el momento de salir de aquel restaurante; allí nuestras palabras sonaban y resonaban más que en los túneles huecos del universo y nuestras miradas las miraban tan de cerca que me sentí por un momento observado desde un microscopio. Me pregunté cuánto tiempo más podría esperar la cuenta y luego el aire fresco. Incluso me figuraba lo que murmuraban detrás de la caja registradora.

Salimos decididamente y fuimos directamente a su casa, yo necesitaba una ducha y pensé que en su casa estaríamos definitivamente solos; además, olería a ella y comeríamos pudiendo hablar más tranquilos y mucho más relajados. Mientras, durante el camino, nuestra conversación se limitó únicamente a preguntarnos millones de cuestiones que ambos sobradamente conocíamos de antemano. Queríamos asegurarnos de algo de lo que siempre habíamos estado seguros. Era una conversación superflua, rutinaria y que tantas veces ella y yo habíamos criticado. Era algo así como la antesala de lo que íbamos a hablar en realidad, pero en nuestras frases presentíamos que algo no iba bien; todo parecía indicar que el final de tantos porqués desembocaría como siempre, e inevitablemente, en una simple aventura adúltera; y que nuestros sentimientos, tanto tiempo celosamente guardados, eran solamente un pretexto para que al final todo resultase ser una vulgar aventura, que terminaría, finalmente, cuando echásemos un polvo.

Después de aquel interminable camino y ya en su casa, mientras yo terminaba de asearme, ella se quedó preparando la comida. Me había dejado una camiseta blanca muy amplia, aquella que tanto me gustaba verle puesta a su marido cuando íbamos a la playa, un pantalón corto y un calzoncillo blanco sin estrenar. Mezclados con los sonidos del agua de la ducha oía las notas de la cantante canaria, su preferida. Escuchaba las letras que tantas veces me pidió, con cierta insistencia, para que pusiera en el coche durante los viajes largos que habíamos hecho juntos. Letras que formaban parte de nuestro poema de amor secreto y que en muchas ocasiones, aludiendo y engrandeciendo a su autora, los recitaba mirándome fijamente, sonriendo suspicazmente, para que supiera que sólo hablaba para mí y como si hubieran sido escritas sólo para nosotros.

Salí del aseo y me dirigí hacia la cocina. Ella me oyó y corrió enseguida a mi encuentro, indicándome que debería secarme el pelo, mirando con un gesto oportuno al aparato de aire acondicionado. Me hizo sentarme y sacó una toalla y, como aquella noche en el camping lo hizo mientras los demás jugaban a las cartas, me secó suave y lentamente. Sus manos siempre he pensado que no son de este mundo, cada dedo es una caricia y sus palmas se te ciñen pegándose a tus carnes, odiando cada instante el momento en que las separa de ti y sintiendo su fuego intenso en cada nuevo masajeo. Era ella a través de sus manos, la sentía en cada fricción, de repente sólo existía mi cabeza, la toalla, sus manos y mi cuerpo, que únicamente percibía continuos escalofríos seguidos de dulces golpes de orgasmo.

Pusimos la mesa y por fin nos decidimos a comer. Uno frente al otro, y continué contándole la aventura de mi viaje al Kilimanjaro. Cada vez nuestras miradas, por una vez libres de cualquier tipo de acoso, nos indicaban que no podíamos obviar lo nuestro y que ese día era nuestra única oportunidad para tomar una decisión en nuestras vidas. Sabíamos que nuestras mentes habían estado unidas durante muchos años pero que, siempre, también habíamos rechazado la idea de que el uno había nacido para el otro. Ninguno de los dos creía en la pareja ideal, normalmente en las tertulias con nuestros amigos éramos los únicos que opinaban igual sobre las relaciones conyugales; y tajantemente, además, asumíamos que nuestros matrimonios eran un fracaso, como sucedía verdaderamente en el resto de las parejas, y que todo era más la fantasía de un tópico que una realidad posible.

Pero había que decidir, no podíamos continuar de esta manera. Ambos teníamos dos hijos, más o menos de la misma edad, y ya eran mayorcitos para aceptar nuestra unión. Mi mejor amigo –su esposo- y mi mujer, tendrían que comprender.... Sus relaciones con nosotros no eran lo que se dice “para tirar cohetes” y de hecho ya estaban bastante deterioradas. Había que tomar un camino y, aunque fuese el equivocado, al menos, era el único camino que los dos siempre quisimos tomar.

Ya, casi terminado mi relato, cuando le comentaba cómo había llegado hasta el restaurante chino, rompió su silencio y su gesto pasó, instantáneamente, de ser una atenta espectadora a ser la protagonista de aquella secuencia. Me cogió de la mano y apretándola con firmeza, aferrándose a mí como si estuviera a punto de caer por el precipicio de los tiempos, me dijo cariñosamente:

-Despierta... el chino, el del restaurante de abajo, ¿recuerdas...?, te espera en la puerta de casa, me ha dicho que habíais quedado para organizar y preparar el menú de la cena de despedida del domingo con tus compañeros de aventura al Kilimanjaro.

Me vi tirado en el sofá de mi casa y ella a mi lado intentando sacarme de aquel profundo sueño, el pelo aún lo tenía mojado –me tuve que haber dado una ducha antes de quedarme dormido- y mojada estaba también la zona de mis genitales. No recuerdo exactamente el sueño, pero seguramente tuve que haber soñado con sexo, pues hacía ya algún tiempo que no hacía el amor con mi mujer.







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