Disculpen mi Ignorancia
Fecha Friday, 09 May a las 21:44:07
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




- “Disculpen mi ignorancia”, dijo el Gordo, inefable y sudado. –“Obediente. ¿Va con bé larga o con vé corta?”
- “Gordo. ¡Dale! ¡No juegues más con la intriga! Nosotros te contestamos, pero mostrá que carajo escribís”.
- "¡No! Son cosas mías. ¡Además ustedes creen que yo soy un infradotado! ¡A joderse, vieja! ¡El Gordo se la banca y no se come ninguna! ¡Giles!"



En los últimos meses lo pudimos ver siempre concentrado y acodado sobre unas hojas manuscritas que ocultaba con determinación y celo de nuestras miradas y de nuestras preguntas.
Su mano, pesada e informe, abría surcos de carbón en unos papeles amarillentos de antigüedad y se movía íntimamente segura, igual que cuando habría de romper narices a trompadas.
Las manos del Gordo eran como seres anexos que vivían en el final de sus antebrazos. La extensión de sus dedos, su volumen, las uñas carcomidas y comidas hasta el límite de la onicofagia, siempre, - siempre -, transpiradas y no del todo limpias. Tenían sus manos, los rollizos contornos inflamados y cambiaban de color desde un rosado púrpura cuando reposaban, hasta el azul violáceo si la fuerza fluía por ellas. Las manos del Gordo metían miedo, y respeto. Mucho respeto. Las intuíamos dueñas de una fuerza inagotable. Poderosas de todo poder, capaces de todo intento.

El Gordo no era un bravucón. No formaba parte de las discusiones y no buscaba pelea. Entraba y salía manso de la sala, con el mismo paso paquidérmico. No miraba provocando, ni mantenía los ojos fijos buscando doblegar a otros. Solamente hablaba si le hablaban, solamente contestaba si la pregunta era para él. Seguro y confiado, jamás miraba hacia atrás.

El Mono, por el contrario, era de esos individuos que nunca pueden estar quietos. Se pasaba la vida haciendo bromas groseras, humillando al prójimo. Insultando. Pero para el Gordo no existía, era un catre más. Una sola vez lo miró; como de costado; devolviéndole una broma pesada con una sonrisa asesina que atemorizó a todos. El Mono sintió el terror recorriéndole la espalda y sin embargo siguió buscando la forma de enojarlo. Ágil de flexión y de lengua, el Mono se llevaba la atención general, por las buenas, con un chiste imaginativo. Por las malas, chicaneando a los más débiles, atropellando a los solitarios o abusando de los pusilánimes. En el Gordo había encontrado un adversario distinto.

Todo lo demás pasó muy rápido. En instantes.
El Gordo salía sin preocuparse, con las hojas en la mano derecha, cuando el Mono le saltó desde el costado y se las manoteó. Consiguió arrancárselas de entre los dedos grotescos del Gordo y después se paró contra la pared y leyó en voz alta, imitando la sorna del Director.

- “Mami, te extraño. No voy a poder verte, mami, antes que te vayas pero yo quiero decirte que te amo como siempre y más, que extraño tus cariños y tus mimos. Ahora que estoy en este lugar pude darme cuenta del amor que solamente vos me diste y del ca...”

Una mano del Gordo lo agarró del cogote y lo calló. El Mono se iba izando contra la pared levado por una fuerza increíble, mientras gesticulaba sintiendo la presión de aquellos dedos que lo asfixiaban. La otra mano monumental recuperó los papeles. No supimos de qué lugar, ni cómo, alguien le pasó una punta al Mono. Larga. Una faca hecha de algún fleje viejo, de algún catre viejo. La clavó, hasta dónde su mano se lo permitía, entre los hombros del Gordo, como en la cerviz de un toro, y la sacó. La presión en el cuello no cedía. Volvió a clavarla hasta el final, un poco a la derecha de la primera estocada, la volvió a sacar.

Yo estaba cerca por esas cosas del destino. A tiro de las gotas de sangre que salpicaban y miraba la escena todavía sin creerla. Como un espectador en el cine.
El Gordo me pasó las hojas, y me miró un segundo. Creo que habló pero yo había entendido antes.

El Mono le fondeó la punta por tercera vez, ahora sobre el lado izquierdo, y empezó a revolverla en la herida. La sangre brotaba y seguía salpicando. Todos estábamos mudos y sólo se oía el asma del Mono muriéndose. Éramos seis y él, que se volvía morado por la falta de aire, algunos quisieron separarlos y la punta cayó al piso. La mano libre del Gordo describió un semicírculo usando toda la extensión del brazo y alguna nariz se rompió. Otras lo pensaron mejor. Ambos se debatían con la muerte y yo seguía, espectador atribulado, mirando la película, sosteniendo los papeles en custodia.

El Gordo apretaba el pescuezo amoratado con una mano; mientras su espalda se cubría con un capín rojo colgado de tres botones inverosímiles que a la vez eran manantiales. Con los ojos cerrados y sumido en un esfuerzo final, se separó del cuerpo del Mono como para evitar tocarlo.
Era un hecho inexplicable hasta que lo pudimos ver mejor. El Mono asfixiado, muerto, exánime, mostraba floreciendo entre sus piernas, una erección póstuma. Su excitación final. El pene se erigía inconexo con la realidad, abriéndose paso entre la ropa, desafiando el destino de muerte, eyaculando su origen de vida.

- “¡Dejalo Gordo! Ya’stá.”

Oía mi voz como si mis palabras no salieran de mi boca.

- "¡Dejalo Gordo! Vamos a que te curen. ¡Dejalo!”
- “Gordo. ¡Vamos que te desangrás, carajo!

El Gordo estaba muerto desde hacía un rato y entre los cinco no conseguíamos separar los dedos de la garganta. Su mano aun decidía independiente del cuerpo. Se nos ocurrió, entonces, hablarle.

- “Gordo. El Mono ya está muerto. No te va a joder más. ¿Gordo? Dejalo. ¡Está muerto, dejalo!”

Como si nada. El calambre entre sus dedos seguía apretando. Alguien tuvo una idea mejor.

- “¡Los papeles! ¡Hablale de los papeles!

- “¿Gordo?. ¡Escuchame Gordo! Yo te prometo que los papeles no los va a ver nadie. Ni yo los voy a leer. Se los voy a llevar a tu vieja. ¡Gordo! ¡Se los voy a llevar a tu mamá antes que se vaya!

De a uno los dedos se fueron aflojando. Con el último, ambos cuerpos se derramaron en el piso, inertes y libres, mezclados en sangre, salivas, sudores y semen.

No salí antes que la madre del Gordo muriera.
Los papeles no los leí.
Hay noches en que dudo. No sé si lo que pasó fue un milagro o una redención.






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