JUEVES
Fecha Friday, 09 May a las 20:37:57
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Salí con el rumbo fijo: La casa de mi Padre. Él estaba esperándome contento, viendo la televisión que informaba los desvaríos de Toledo, nuestro insigne Presidente.


Él se reía por las noticias. Yo me arreglaba la media negra que inmoralmente cubría mi pie derecho. Hacía calor y yo con una chompa dralón de color marrón. Estaba realmente descoordinado en ese momento, parecía que este día no era propiedad de mis sentidos, tal vez hubiese podido arreglar mi confusión viendo el cielo y preguntando que hora era en esta ciudad a la primera persona con la que me cruzase. Pero como soy tan descuidado y casi no miro a nadie cuando camino, ni mucho menos hablo, entonces quién hubiese podido informarme bien sobre el sentido de la vida.

Y te cuento:
Hoy estuve despierto hasta las 3:42am, leyendo y ordenando algunos datos que hay en la computadora. Leía de a pocos la prosa de Lezama Lima; Me cargaba con algunos temas de etnomusicología y fantasiaba con el semblante de Kant (importante filósofo alemán) al hacerse añicos sus imperativos categóricos, su metafísica. Es decir, estaba loqueándome al mismo tiempo con la filosofía, el arte no figurativo, la poesía idealista de un cubano maravilloso, con la antropología molecular que profeso y todo esto sazonado con unos boleros alucinantes.
Así hasta que caí en el sueño, en el enlace más fáctico con la nada; me quedé dormido como un antiguo viento del mayo del 68 francés.
Pero era hora de despegarse de esa cómoda posición horizontal y tragarse como un sapo o una enfermedad mal oliente al despertar, a la mañana. Todo porque tenía que ir a hacerme unos análisis de ultrasonido (ecografía).
Salí con el rumbo fijo: La casa de mi Padre. Él estaba esperándome contento, viendo la televisión que informaba los desvaríos de Toledo, nuestro insigne Presidente.
Él se reía por las noticias. Yo me arreglaba la media negra que inmoralmente cubría mi pie derecho. Hacía calor y yo con una chompa dralón de color marrón. Estaba realmente descoordinado en ese momento, parecía que este día no era propiedad de mis sentidos, tal vez hubiese podido arreglar mi confusión viendo el cielo y preguntando que hora era en esta ciudad a la primera persona con la que me cruzase. Pero como soy tan descuidado y casi no miro a nadie cuando camino, ni mucho menos hablo, entonces quién hubiese podido informarme bien sobre el sentido de la vida.
Me quité la chompa y la dejé sobre un mueble, acomodé mis pies al espacio de los zapatos y esperé que mi padre culminase su risa con un punto en el centro de sus labios.
- ¿Cómo estás Hijo?.
- Bien, tranquilo.
- ¿Tú cómo estás papi?.
- Ahí, bien. Normal.
- Viajas Hoy, no?.
- Sí, me voy a las cuatro de la tarde a la agencia de viajes.
- Ah. ¿Y cuándo llegas allá?
- Mañana por la noche, creo. Todo depende de la carretera y el estado de la pista.
- Si pues, es jodido, no?. ¿Y cuándo regresas?
- El cinco de mayo.
- ah.
- Sí pues-. Me miró por un instante, casi sin razón.
- Bueno vámonos.
- Sí.
Salimos a la calle con rumbo al hospital Cayetano Heredia. Ninguna palabra nos extravió en el viaje. El silencio de los asientos gobernaba el taxi que nos llevaba al hospital.
Llegamos y no encontramos nada, ni un paciente, ni un alma, ni un tico amarillo.
- ¡Qué raro!. ¿Qué pasa hoy?. Hasta los pacientes están de vacaciones.
- Jaja. Creo que mejor nos vamos.
- Sí. Vamos a hacerte la ecografía.
- Ok.

Llegamos a una gran avenida llena de anuncios publicitarios. Sonrisas elevadas al tamaño de unos 5 pisos; gente inmensa apoyando el color de un producto: “Tome Inca Kola, la bebida de sabor nacional” Dos hermosas chicas especulando detrás de un muchacho coqueto, no sé qué. “Metro, precios más bajos siempre”. Etc. Así y así está el mundo tapado de colores, de letras, de productos. Hay que elevar el cuello hasta sentir el crujido de las vértebras para apreciar el tamaño de esos productos.
Caminamos hasta un edificio, entramos por una escalera y llegamos hasta un pequeño ambiente donde una señora, detrás de un monitor, levanto los ojos y los dirigió hasta nuestras caras.
- ¿Sí, Buenos días?.
- Buenos días Señorita, quisiera una ecografía para mi hijo...
Yo estaba sentado en un asiento, detrás de ambos, observando la conversación. Mi padre hacía unos movimientos alrededor del estómago, como si estuviese trabajando arcilla. Me miraba y yo le sonreía. Me acerqué a comprobar sus indicaciones. Eran correctas
- Deseo hacerme un chequeo de mis órganos más importantes de esta zona, de esta y de esta otra-. Le señalé todas las partes de mi estómago.
- Ok. Son 47 soles.
Saqué de mi bolsillo un billete de 50 soles.
- Tenga su vuelto. Espere un momento hasta que lo llame.
- Ya.
Nos sentamos juntos, él miró por un momento el televisor: 2 niños jugando, escondiéndose y tratándose de hallar después.
- Lo que podrías hacer es tomar algunas yerbas que a mí me han hecho muy bien, porque ya no sufro de esas continuas molestias gástricas. SÁVILA, hijo, toma sávila, para calmar ese ardor. También aliméntate a las horas indicadas, no comas cualquier porquería de esas que hay por allí. Deja de comer ají como imbécil y deja de tomar licor.
- Ya.
- Pase Joven.
- Gracias.
Avancé hacia una habitación colindante a la sala. Entré y me saludó un joven médico
- Hola, cómo estás?
- Preocupado.
- ¿Por qué?. – El joven movió lenta pero sincronizadamente el cuello, hacia la izquierda y luego hacia la derecha, en un gesto de primate, y me recordó la unión inseparable con nuestros ancestros los simios. Pensé por un momento en el mono que todos llevamos dentro, obviamente unos más que otros (ja).
- Porque me duele mucho la zona derecha del estómago; pienso que talvez mi hígado está inflamado o tengo algún problema con el apéndice. También siento un dolor en el costado derecho, debe ser el bazo que también está comprometido.
- Por favor échate, y pon la cabeza aquí.- Señaló con un dedo un punto en el diván.
- Me saco los zapatos.- Pregunté.
- No, no es necesario.- Dijo. – ¿Y desde cuándo estás con estas molestias?
- Desde que caí enfermo.
- ¿Hace cuánto?.
- Pues serán 5 meses.
- ¿Y de qué estuviste enfermo?.
- Fiebre de Malta.
- Ah. Por favor levántate el polo.
Cogió un chisguete y presionó su estructura, apuntando su punta hacia mi panza descubierta, y de su interior salió un gel pegajoso. Calibró unos datos en la computadora, y empezó a mover y dejar que rotara sobre mis costillas, rollos y vellos aquel aparato en forma de rodillo.
Una pantalla pequeña mostraba en su centro un fondo oscuro y algunas manchas de estructura conocida: Era mi hígado, allí estaba yo en una división irremisible hacia el origen de la vida.
“La vida o los organismos, según la teoría evolutiva, se enmarcan en un proceso de orden y cambio continuo y progresivo; estos elementos o organismos se hacen cada vez más complejos por diferenciación de sus partes y por los cambios en las características de las poblaciones a través de generaciones sucesivas.”
Allí estaba mi Hígado, y todos los órganos que fueron un Yo primitivo, esencial y básico, allí estaba mi origen en la pantalla de un monitor. Allí esta el yo inicial, que se esconde detrás de la piel, de la cotidianidad de absurdos materiales, de esferas filosóficas o ideológicas. Allí esta la realidad del ser, oscura, silente casi vergonzosa en sus actos, pero vital y dinámica. Somos una un conjunto de cosas ordenadas en un silencio y un velo. No nos vemos por dentro, porque si lo hiciéramos ya la vida dejaría de ser esa conjunción de aciertos y fracasos, de dudas y meditaciones. Ya la vida dejaría de ser una bruma para convertirse en un mar pleno y visible.

- Bueno, tu hígado y vesícula están bien. Sus dimensiones son las adecuadas. El Bazo, por otro lado, presenta los mismos resultados: Está normal. Solo la pared intestinal presenta un engrosamiento de 5 milímetros. Lo cual es un indicador de una leve gastritis. Te recomiendo hacerte una endoscopía para saber la causa de esa irritación.
- Pero esa prueba duele, no?.
- Sí, pero te cedan.
- Ah.
- Bueno John, eso es todo, cuídate y no comas cosas irritantes. Ok.
- Ok.
Salí de la sala. Los ojos de mi padre estaban cerrados, estaba durmiendo el sueño que yo no había perdido por leer hasta tarde.
- Papi, papi. – Le di un suave golpe en la nariz.
- Hijo!. ¿Qué tal te fue?.
- Bien. Parece que me gané una gastritis por tantas pastillas (ja). Tengo una leve irritación en la pared estomacal.
- Ah, mira.
- Y deben hacerme una endoscopía.
- ¡Asu. Eso sí que duele¡.
- Sí.
- Bueno. ¿Que quieres hacer ahora?. Quieres almorzar, yo invito.
- Ya, me parece genial.
- ¿Qué quieres comer?. Ah! Ya sé Pescado.
- Claro, es lo que más me gusta.
- Vamos a comer, pues.
Llegamos a una linda cebichería, adornada de redes y toda la parafernalia hiperbólica que envuelve la culinaria marina.
Pedí un Cebiche salvaje, y mi padre un sudado de tramboyo.
Comimos en silencio, es decir, trabajamos para conseguir las fuerzas o los nutrientes que la vida necesita en medio de un espacio virgen de sonidos.
Terminamos, él pidió la cuenta, y pagó con un billete de cien soles.
- Gracias Papá estuvo rico.
- No te preocupes.- Dio una mirada por última vez al local, suspiró- Bueno, nos vamos?.
- Sí.
Salimos a otra avenida, más verde que la anterior.
- Aquí no más tomo mi carro para mi casa, hijo.
- Ya papi. Nuevamente gracias por todo, en serio. Gracias.
- De nada hijo. A ver si el domingo me comunico contigo y tus hermanos.
- Ya papi.
A lo lejos una combi se acercaba
- Chau hijito- Me dio un abrazo.
- Cuídate mucho papito.
Cruce la ancha pista hacia el otro extremo de la ciudad, en la mitad del camino giro para ver por última vez a mi padre en el mes, pero el ya no estaba en la pista, desde una ventana abierta unos dedos arrugados dibujaban en la atmósfera un adiós.









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