El olor de los arrayanes
Fecha Friday, 09 May a las 19:47:58
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Transcribo estas páginas en plena noche africana. Es 21 de marzo de 2003 y estoy recostado contra la pared de mi choza sin poder dormir. Me pregunto si puedo enturbiar el rumor que llega de la sabana para escuchar la grabadora...

Llegamos aquí ayer por la tarde cuando el sol mordía con avidez el perfil infinito del horizonte, envolviéndolo en tonos granates. Imposible transmitir el olor inconfundible de África que empieza al norte con gusto a vainilla y luego sigue con el aroma inconfundible de los arrayanes.
Vine acompañado de Anne que iba a hacer fotos para una revista de viajes, para que acudan visitantes extraños, de esos que se acercan pero nunca están. Ella traía su equipo fotográfico y yo mi grabadora y mis cintas magnetofónicas. Cuando el todoterreno daba media vuelta envuelto en una nube de polvo, nuestros amigos nos recibieron con la noticia de la muerte de Enwei, el viejo sabio de la aldea vecina cuyo funeral se ha celebrado hoy.
Excepto dos que se quedaron en el poblado cuidando el pequeño rebaño de cabras, todos salimos de madrugada, primero en medio del silencio, como escuchando los gritos de la naturaleza alible, hasta que alguien se puso a cantar con los primeros rayos tibios del alba.
No pude registrar el comienzo de esas voces interminables y acompasadas que coreaban alternativamente todos los viajeros. Sólo recuerdo que hablaban de los ciclos lentos de la vida que se apagan y vuelven a encender, igual que la luna se escondía a nuestra espalda para que el sol emergiera ante nuestros ojos.
Yo iba al lado de Sidibe y cuando pude sacar el micrófono y ponérselo junto a la boca, quedó grabada esta canción, que os traduzco:


El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.


Las primeras luces rebotaban ya sobre el echarpe de nieve del Kilimanjaro que se alzaba majestuoso frente a nosotros para que, lentamente, el paisaje fuera saliendo de entre las sombras. Entonces ví que todo el grupo movía sus hombros y doblaba la espalda hacia adelante ligeramente para acompañar la melodía sincopada, mientras una manada de antílopes detenía momentáneamente sus quehaceres para mirarnos en silencio.
Al llegar a la aldea, nuestros vecinos rodeaban un túmulo de ramas secas sobre el que dormía plácidamente Enwei mirando fijamente la lejana bóveda azul del cielo. Yo había apagado la gabadora porque nuestra canción se había interrumpido al divisar a lo lejos la litera que alzaba para siempre al viejo sabio por encima de la glauca alfombra de hierba que tantas veces habría acariciado con las agrietadas palmas de sus manos.
Fueron esas manos ya frías las que cogí entre las mías cuando me acerqué para ver por última vez sus cabellos grises, sus ojos de marfil, su ancha nariz y los surcos de su frente, en cuyo interior cobijaba tantas leyendas enigmáticas.
Después me senté y volví a poner en funcionamiento la grabadora para captar las canciones que glosaban la biografía de Enwei, convertido él mismo en una leyenda que empezaba ahí mismo. A mi lado, Sidibe se había desprendido de su instrumento musical, una especie de mesa tejida con maderas de ébano de distintos tamaños que golpeaba con dos baquetas cilíndricas. Pronto todos cantaban y bailaban alrededor del lecho fúnebre cogidos de la mano, mirando hacia abajo la alfombra glauca de hierba o hacia arriba la bóveda azul del cielo:


Si, la tierra está sola; a solas canta, habla,
con una voz tan débil que no alcanza el cielo;
canta risas o plumas atravesando el espacio
bajo un sol calcinante reflejado en la arena.
Es íntima esa voz, sólo para ella misma;
al exterior la sombra presta asilo inseguro.
Un grito acaso pasa disfrazado con luces,
luchando vanamente contra el miedo y el frío.


Esta estrofa coral acompasaba la voz de un mujer que narraba la leyenda de Enwei, el viejo sabio del poblado cuya esposa había sido devorada por un leopardo hacía ya muchos años, cuando aún era joven, y que, desesperado, recorrió durante años la sabana con su lanza en busca del leopardo y de una venganza que saciara su desesperación. La canción contaba cómo sus amigos siguieron sus huellas durante un tiempo, un reguero de sangre y de destrucción que Enwei iba dejando en su loca carrera. Por la noche oían sus lamentos, gritos roncos que rebotaban en la bóveda del cielo y volvían para amedrentar a las fieras, que llegaron a temerle y se alejaban ante su presencia, desnudo, con la cara pintada de blanco y el pecho manchado de sangre. Después de buscarle inútilmemnte, sus amigos volvieron a la aldea y, al cabo de mucho tiempo, él volvió también. Entró una tarde caminando despacio y sonriendo. Los más viejos aún se acordaban de su relato de vagabundo, de cómo había encontrado finalmente al leopardo asesino y de que cuando iba a clavarle el cuchillo en la garganta vio que llevaba el collar de huesecillos que él mismo había anudado al cuello de su esposa la noche de bodas. Dijo que se había sentado llorando frente a él y que hablaron largo rato hasta que ya no pudo llorar más.
Sin dejar de baquetear los trozos de caoba, Sidibe me miró exhibiendo su sonrisa cuando el estribillo afirmaba que el viejo Enwei era el intérprete de la naturaleza, el traductor de sus mensajes, el que tenía la llave de todos sus misterios. Entonces comenzó a cantar él también a coro con los demás para que yo comprendiera que se había apercibido de mi escepticismo y demostrarme su total complicidad con el mensaje de la canción.
No tuve que preguntarle nada porque inmediatamente Nisha, la joven maestra, se sentó junto a él con las mismas dudas que dejó en mi grabadora y que ahora yo transcribo:


-Sidibe- le dijo -Tú conocías muy bien a Enwei, ¿creiste alguna vez lo que él contaba?
-Sin duda- le respondió secamente Sidibe, que dejó de cantar pero seguía martilleando las tablas de caoba.
-Pero tú no eres un viejo ignorante como éstos. Tú has estudiado en la capital ¿no te das cuenta de que todo eso es imposible?
-Yo soy otro ignorante más de esos que tú desprecias y por eso sé que Enwei decía la verdad. Nunca lo necesité porque nunca dudé, pero te aseguro que, además, yo he visto con mis propios ojos al leopardo con el collar de huesecillos abrochado a su cuello.
-¿Y también crees que hablaba con los leopardos, con los arrayanes y con el viento?
-Sin duda- repitió Sidibe- Aprendió todo eso para luego contarlo a todo el que quisiera escucharle.

Incrédula y contrariada, Nisha negaba con la cabeza:

-No creo que tú puedas creer que este lago está vivo y que pudiera contar historias que sólo Enwei era capaz de oir.
-¿No crees que el lago está vivo? ¿Crees que esos marabúes abrevarían en unas aguas muertas? ¿Por qué hay olas en su superficie?
-¡Por favor, sabes de sobra que es el viento el que agita las olas del lago!
-¿Y quién trae el viento hasta aquí más que el agua fresca del lago? Enwei era ciego y veía, pero tú Nisha, tú tienes ojos y no quieres ver.

De repente se abrió un vacío entre nosotros que entonces me pareció prolongado y oscuro pero que en la grabadora no es más que un instante lleno por la música de fondo. Sidibe prosiguió:

-No sé qué puedes enseñar a los niños si nada eres capaz de aprender.
-Es que aquí no encuentro nada que me interese. La vida se ha detenido hace mucho tiempo. Llevo tiempo pensando en marcharme... ¿No se marchó también Enwei?
-Enwei se marchó en busca de su leopardo pero tú sólo huyes. Huyes tan rápido que la vida resbala por encima de tus hombros sin dejarte nada. Tu maleta está tan vacía que nada puedes entregar tampoco a los demás, ni siquiera los maravillosos cuentos que Enwei arrancaba de todas partes, hasta de lugares donde parecía que no había nada.
-Yo nunca los entendí- murmuró Nisha-. Y eso que intenté hablar con él. Te lo aseguro. Pasamos tardes enteras a la puerta de su choza, pero sus historias me parecían inverosímiles; nada tenían que ver conmigo.
-Pues no te quepa que tenían que ver contigo. Contigo y con todos nosotros. Por eso nos ha reunido aquí otra vez, para seguir hablándonos y para que nosotros hablemos de él, le recordemos y recordemos sus historias. Así lo haremos inmortal. Vivirá entre nosotros como su esposa en el leopardo. Por eso no le clavó el cuchillo.

Entonces no me apercibí claramente, pero al escuchar la grabación me doy cuenta de que justo entonces Sidibe había comenzado a picar con rabia sobre la caoba y que al terminar de hablar comenzó a recitar en voz alta monótonamente que los dioses estaban llorando un sol de sangre, momento en el que un niño acercó una antorcha encendida al lecho de Enwei, que comenzó a arder despidiendo largas llamaradas azules y una columna de humo que el viento llevaba hacia la otra orilla del lago.
Nisha comenzó a dejar caer sus lágrimas lentamente hasta que, vencida, repetía que ella también había querido a Enwei, que lo había querido pero nunca lo había entendido y, con las dos palmas de las manos cubriendo sus ojos, rompió al fin a sollozar amargamente. Confieso que también a mí se me enturbió la mirada y que ví desplomarse el túmulo de Enwei como a través del fondo de cristal de un vaso. Mientras el viento empujó sus últimas cenizas, Sidibe siguió golpeando enfurecido las tablas de caoba.
Regresamos a nuestro poblado cantando a la lluvia que regaría de nuevo la sabana para que los arrayanes florecieran y el viento pudiera llevar a todos un aroma que era el espíritu mismo de Enwei errando por los senderos. De reojo observaba la cara redonda y tostada de Nisha, sus labios biselados, sus pómulos como dos soles crepusculares y unos ojos de plata que apenas las nubes negras de sus pupilas podían ocultar. Jadeaba y se estremecía como si la palma de una mano fría recorriera su espalda hasta enredarse en el pelo de la nuca.
La grabación termina justo aquí. Se acabó la cinta. Salgo fuera de la cabaña, donde el aire sigue impregnado del olor de los arrayanes...





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