NUNCA JAMAS
Fecha Monday, 24 March a las 19:59:10
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Fue un solo grito, único, desgarrador, desde sus entrañas hacia el universo. Después se quedó callada, para siempre.

Lo profundo del dolor, que le salía desde el centro de su ser, desde el útero partido, y se le desparramaba por el cuerpo y el alma, ni siquiera le permitía llorar.


Dos horas antes le había gritado –jamás lo olvidaría- como tantos otros días, como siempre, como toda madre de un hijo adolescente. Por alguna nimiedad, por un par de zapatillas fuera de lugar o el desorden del cuarto, ni siquiera lo recordaba. Lo había dejado irse a regañadientes, sin decirle te adoro –jamás se lo perdonaría- como otras veces y sin las recomendaciones de rigor.

Se había quedado un poco rencorosa, pero tranquila. Sabía que iba al club a jugar un rato a la pelota, como todos los días. El ya no le pedía que fuera a verlo. Ella igual iba a escondidas –él jamás se enteraría- , lo veía gambetear con sus piernas flacas pero bien formadas, y agradecía que no le hubiera dado por el fútbol y hubiera estudiado como Dios manda. Pero ese día no fue –jamás se exculparía-, estaba demasiado enojada.

Se levantó tormenta. Seguro que no se llevó campera, pensó, y se lo imaginó tiritando y estornudando. En ese momento hubiera querido que él tuviera de nuevo 5 o 6 años, correr la cuadra que separaba la casa del club, con un paraguas y un piloto, y traerlo –no sin esfuerzo- de vuelta al calorcito de la estufa del comedor. Pero ya no podía. El no se lo permitía.

Sonó el teléfono. Don Carlos le pedía que fuera cuanto antes para la canchita. Ella no preguntó nada. No era necesario. Ya sentía el dolor de lo inexorable, la presión en el pecho de lo que ya no se puede volver atrás.

Llegó empapada, corriendo, con el delantal puesto, sin saco y en chinelas. Y lo vio, tendido en la canchita, amoratado y con la lluvia pegando en los ojos marrones oscuros, que nadie se había atrevido a cerrar.

Ni siquiera podía culpar a otro, no podía agarrar a golpes de puños a nadie, no tenía contra quien protestar, no podía pedir justicia a la Justicia Divina.

Cayó de rodillas a su lado. Levantó sus ojos al cielo, y dio un solo grito, mientras deseaba que otro rayo, menos maldito y más misericordioso, la partiera al medio a ella y la dejara yacer junto a su bebé.

Y no habló nunca más. Ya no tenía nada que decir, nada que contar, nada que pedir, nada que esperar, nada que soñar... nunca jamás.
















Querida Colorete: para este cuento, también correcto, podrías considerar alguno de los comentarios al cuento anterior. Otras sugerencias: ¿Se podría evitar el hecho de anticipar tan explícitamente el final? Un contraste: entre el siguiente cliché (dolor) que le salía desde el centro de su ser (trivializa el sentido y no agrega contenido a comunicar -el dolor siempre parece parece fluir a partir del núcleo de la zona dolorida-); y esta excelente frase desde el útero partido (que connota muchísimo más de lo que en el fondo denota): ¿Por qué no quedarse con la segunda y descartar radicalmente el primero? Poner énfasis en este último recurso, es un modo de trabajo con el que el texto ganaría relieve. Abrazos.



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