Tiernos pesares.
Fecha Thursday, 06 March a las 15:26:56
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




La luz de aquella chica era de una inmensidad incontrolable.

El color de sus ojos, el gesto indiferente y extraño de su sonrisa, el color de aquella piel suave y tomada por el sol, el tacto de su sombra contra la pared. Gestos amables y seductores, enigmáticos y empapados de sensualidad que estaban alegrando y perturbando, a partes iguales, al pobre Adrián.

Débora, con dieciseis y un año mayor, se sentía atrapada en aquella pequeña villa de Tres Arroyos y sujeta a un pesar irreal pero intrínseco a su persona al sentirse morir y nacer cada día. Sus hormonas delataban que era ya toda una atractiva joven que llamaba la atención en el barrio pero, especialmente, al joven Adrián. Éste, en cambio, estaba confundido por otras razones. No podía comprender, como le habían empezado a comentar sus padres, que tuviera que amar a una sola chica de por vida al antojársele tan larga su futura existencia. ¿Por qué había de reducir, mezquinamente, tantas experiencias por vivir en una sola amante?. Había llegado, a su pesar, a la absurda conclusión de que entonces su amor sería uno solamente. Débora, en cambio, buscaba el momento en que pudiera otorgarle un detalle explícito de sus intenciones y pasar de jugar, como adolescentes en medio de la calle a media noche, a beneficiarse de unas apasionadas caricias y suaves besos .
A pesar de la incipiente resistencia de Adrián, a medida que transcurría el verano se sentía más y más atraído por aquel ángel bajado de algún cielo. Un cielo que solía observar con detenimiento ya que, hasta hacía escasamente cuatro o cinco años, había creído ciegamente en los ángeles -incluso aún persistía en la creencia de haberse topado con uno en cierta ocasión-. Servía tambien como refugio apropiado ante la tentación que significaba ver pasar a Débora con tan escasa ropa por delante de su casa.
Las bicicletas del verano sirvieron para pedalear con ánimo entre barrio y barrio, en compañía de amigos caniculares, aquella villa que, años después, pasaría al recuerdo. Una tarde se rasgó profusamente su rodilla y caderas cuando dio al traste en una curva junto a la casa de Débora. Como un ángel, le pareció a Adrián, al oír las exclamaciones de quienes lo acompañaban en aquel instante, surgió de entre los visillos de plásticos colores, aquella chica que tanto le gustaba y tanto intentaba no demostrar. La sangrante maniobra no pasó desapercibida por Débora como una opción, instándole a entrar un momento en su patio, ante las disimuladas sonrisas de los quinceañeros amigos. Se sentó en una silla de madera vieja, a escasos metros de la calle, antes de ser atendido por ella. “Deberíais tener más cuidado con la curva, ¿no?”. “Sí...si. Pero la culpa ha sido de un coche que venía embalado. Adrede no me he caído, ¿sabes?”. “Quizás sí”. En verdad, Adrián estuvo de acuerdo con la última apreciación; pero no era cierta. Una vez curada su rodilla, su corazón se lastimó aún más, así como el de Débora. ¿Hasta cuándo?.
Mediada la estación acabó aceptando una cita con aquella chica para acompañarla al cine de la villa en lo que era el pabellón de deportes. No le hacía mucha gracia pero algo le decía que, tarde o temprano, tenía que ocurrir. ¿Por qué no podía ser con ella? Taciturno frente al espejo, agasajándose antes del encuentro, concluyó reconociendo que con quién mejor, que con Débora. La cita no era solo un hecho nuevo en su vida, sino un precedente que sentaba para con sus padres; pensó. Propiciaría un crecimiento como persona, ¿no? Pero su error fue inmediatamente atajado. Aquella misma tarde, paseando por vez primera con una chica, fue reprendido por sus padres en medio del parque, escasamente media hora antes de la película. Arrastrado a tres metros de aquella joven y hermosa mujer, serena herencia de unos padres más liberales y, por ello, sagaz, prudente y sensata ante los acontecimientos, quedó a la espera. “¿Quién te crees que eres para salir con esa chica? ¡Dile que te vas a casa a cenar con nosotros!” “Ya he cenado, ¡con ella!”. “¡Qué desvergüenza! Tú mismo: te queremos ver en casa antes de media hora”.
La impresión de que había hecho algo realmente mal, al volver frente ante ella, no le dejó margen más que para dilucidar a través del error y la incoherencia. Así pues, balbuceó: “Lo siento Débora. No puedo estar contigo. Mis padres no me dejan. No volveremos a vernos. Lo siento y...te digo adiós”. Ella aceptó con profunda emoción aquellas resignadas palabras que marcaron sus futuras relaciones; las cuales, hasta la fecha y, a diferencia de Adrián, no fueron sólo una sino muchas y todas placenteras y extensas.
En la actualidad, sin la inquisidora sombra paterna y recién divorciado, Adrián piensa un minuto en aquella joven que encendió su pequeña alma veinte años antes. Siempre la recordará extrañamente seductora, como quien sabe que será siempre así recordada pero jamás amada.

JFE.-





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