Pasión en Sitges.
Fecha Saturday, 22 February a las 06:25:27
Tema Cuentos, Relatos, Literatura


Ana tiene un futuro prometedor en el departamento comercial de una multinacional instalada en Barcelona. Es atractiva, extrovertida y con una ingenua y preciosa sonrisa. Recién casada e instalada en un enorme apartamento junto a la playa, no ha terminado de encontrarse a gusto con su nuevo status. Cada noche al acostarse junto a su aburrido marido, que duerme plácidamente tras los breves manjares servidos en la mesa y en la cama, rememora las libidinosas miradas otorgadas a su figura por mas de un cliente durante la jornada.

 



Como jefe del departamento de publicidad de una empresa asociada, Miguel acaba coincidiendo con frecuencia con Ana a solas. Acaban contándose confidencias varias en un café al azar. Su larga melena azabache fue lo primero que lo cautivó de ella. Para luego pasar a sus ojos, sus pómulos, sus pecas, sus labios, su barbilla, sus hombros, sus pechos, su molde y su generosa y altruista idiosincrasia. Ana ríe con Miguel como no lo había hecho nunca. Con él, a diferencia del resto, se siente a gusto siendo deseada y en ningún momento violentada. Al contrario, fue ella quien se le insinuó claramente el mes pasado pero el rehusó veladamente, lo cual la terminó de enamorar.

Juntos han ido sobrepasando, día a día, los convencionalismos que separan la amistad de lo que puede suponer a poco que se lo propongan; y esta noche han quedado para cenar, por iniciativa de Ana, como deferencia a Miguel por su santo.

Ella ha conminado a su esposo que cene solo pues quedado con una amiga, mientras que la mujer de Miguel, mas suspicaz ante lo que vienen siendo unos inequívocos signos desde hace un tiempo, no acaba de creerse lo de la cena con unos compañeros del trabajo que le cuenta por teléfono. Le aconseja que coma con su madre, a lo que le contesta que lo hará con la suya y cuelga.

A las ocho de la tarde Miguel esta esperando a Ana junto a una parada de metro, pues viene de casa de su madre. Cuando la ve surgir subiendo las escaleras queda ofuscado ante el porte para tal ocasión, no saliendo del asombro ni siquiera cuando ha llegado a su altura. Saca del bolso un obsequio envuelto en papel dorado que presto desenvuelve Miguel, apenas balbuceando unas dolorosas gracias al ver la cartera de piel. "Es muy bonita", acierta a decir, todavía perplejo en su interior. La acompaña hasta su utilitario, que ha estrenado hace dos meses, en donde el aroma de la tapicería nueva se confunde con Carolina Herrera. La embriaguez de su sexo se alimenta ante las doradas, esbeltas y alargadas piernas de Ana que, bajo su minifalda, intentan acomodarse en el asiento. Nota un hormigueo y una tensión en su bajo vientre cuando arranca dirección a la costa. Atraviesan túneles y curvas en dirección a un pequeño pueblo junto a la costa, como telón de fondo a la romántica velada. Se sienten como dos adolescentes en una primera cita. La excitación de ambos aumenta ante la letra de "la auto-radio canta" que Miguel Bosé reverbera desde el mini-disc. Aparcan cerca del restaurante pero, debido a la hora, deciden dar un paseo por el paseo marítimo. Con la excusa de mostrarle un rincón del siglo diecisiete, entre las paredes de un antiguo convento restaurado y una casa señorial, Miguel le coge la mano a Ana. Y ella, al sentir su calor, opta por apretarla con fervor. El buen humor les acompaña en el recorrido por estrechas calles y aceras que, ante el paso de algún coche, en mas de una ocasión se ven obligados a juntarse entre risas y caricias. La licencia de insinuaciones va creciendo a medida que la noche va cayendo. Las camufladas indirectas de la cena bajo miradas, palabras y gestos de seducción servidos entre copa y copa de vino han hecho defenestrar toda restricción sentimental. En los escalones de salida del restaurante, ella vuelve a reposar su mano en la de Miguel, fijada entre emociones que desbordan el afecto mutuo al roce de alianzas extrañas entre ellas. Cuando Miguel presiona el mando a distancia que cede los testigos de seguridad de las puertas del auto, toda represión cede a la sensualidad a flor de piel una vez en el interior. Sólo una luna alegre, testigo a esas horas de la noche sobre la villa mediterránea, está expectante de quién dará el primer paso.

"¿Verdad que entre tú y yo nunca ha habido ningún problema?". "Si". "¿Que estamos muy bien?", Ana no contesta. Aún sin encender el motor, mira el salpicadero iluminado de verde fosforescente. Cuando alza la vista, la mirada de Miguel no deja lugar a dudas. Acercan sus labios deleitándose del momento que aún los separan. Siente su boca y siente su lengua, que cede a la minuciosidad de un beso espaciado y tranquilo. Acompasan sus hálitos, olvidando respirar, en un paulatino derretir. Suavemente se separan y se observan sin complejos ni tabúes. Parsimoniosamente vuelven a juntar sus labios cuando ella pasa su mano por la nuca, acariciándosela con suavidad. Miguel posa su mano en la cintura y la desliza sobre la falda hacia aquellas piernas, tan codiciadas horas antes, topando con la suave licra que quema con caricias extremas hasta separar con dulzura sus muslos. Un gemido se escapa cuando el tacto de las yemas de los dedos ruedan por debajo del tanga hacia su sexo mojado. Lo agradece con un lametón en la mejilla y se detiene en su oreja, que inunda igualmente. Ante unos pechos que desbordan ardientes contra los botones de la blusa, Miguel traza con igual cadencia un sensual masaje que hace desbordar a Ana su libido, que baja sus manos hacia la cremallera de los pantalones. La tensa maniobra acaba cuando fija el duro miembro, impulsándolo de un lado a otro con voluptuosidad, apretando y desapretando, estirando y encogiendo pero poseyéndolo firmemente. Por su parte, él acrecienta el ritmo de fricción, entrelazando doblemente aquel sexo con firmeza e intensificando la presión de sus labios. El ansia que produce un sexo excitado hasta el extremo obliga a Ana a descender, ante la emoción de Miguel, comenzando a lubricar la erección con la comparsa de unos plateados pendientes. Miguel sujeta la melena que yace sobre sus piernas, abandonándose al vital fervor erótico que le produce la continuada e intensa felación. Parecen horas y son segundos los que deja discurrir cuando se emborracha ante el éxtasis que impulsa complaciente. Ana no cede a la presión que desborda toda expectativa bajo la firmeza de unos labios rojo carmín.

El júbilo de Miguel se traduce en un nuevo impulso de lujuria que trasladan al asiento trasero, cuando Ana queda de espaldas abatida sobre el asiento y con una sedienta lengua sobre su eje del placer, bajo la piel del manjar que nutre el paladar de su amante. Separa aquellos labios, deseslabonando hasta desglosar la última dicha que traspasa y arrebata, privándola de tiento, chupando, lamiendo, sustrayendo y sorbiendo. Satisface y arranca orgasmo tras orgasmo, deleitándose en el gozo carnal como jamás lo había hecho. Su firmeza no tiene freno, empachándose de rocío en medio de la noche. Ana le obliga a levantarse, atesorando de nuevo aquella rigidez entre sus manos que fija ya sin contemplaciones. La atrae hacia ella, contra su sexo, amortajándolo hasta el extremo sin escapatoria para júbilo concupiscente, mutuo e infinito. Vuelven a derrochar saliva en sus bocas, intercambio de flujos que sellan una noche de amor sin precedente ni consecuente. Será única en sus recuerdos, reales o imaginarios, ciertos o inciertos, pero siempre presentes. Entrechocan sus sexos bajo una sintonía purificadora, abrasadora, calcinando sus conciencias, vibrando e ilimitando, inagotable y eterno, este momento.

Miguel acaricia sus pechos e introduce los pezones, que libera de la blonda con los dientes, sorbidos con exótico deseo. Son pezones erectos y duros que atraviesan su paladar, añadiendo un nuevo condimento a la confundida mezcolanza. La confusión bajo los entelados cristales acalora los incandescentes testigos conforme se agitan con mayor vehemencia, desenfreno y pasión. Comienzan a jadear ante el consenso de las últimas sensaciones, colmadas las postreras perspectivas, ampliando hasta el límite un medida calculada. Miguel siente como arde su sexo bajo la turgente, pulimentada y febril sexualidad de Ana. Sopesando insostenible ya su ritmo, imagina ver brillar sus pecas resplandecientes sobre el semblante y el torso. Es cuando el último aliento es cedido al capricho de ella, que marca los últimos compases a su antojo vital, capitulación servida, ante las desbocadas miradas que se fijan como prolegómeno. Escasamente mantenidas, desaparecen bajo unos párpados desgarrados, desmayados ante la abrumadora, desenfrenada, abundante e infiel fecundación servida, cuando juntan sus bocas para no volver a separarlas.

El hecho descrito pudo haber ocurrido, o no, a mediados de abril de 1.999 en la villa de Sitges.

JFE.-







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