La apuesta
Fecha Saturday, 15 February a las 16:49:35
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Era la enésima mano y nada, ni un méndigo parecito de dos. Traía la suerte de canto.

Antonio jugaba en su propio domicilio con dos de sus compañeros habituales de partida, Jaime y Esteban. En el transcurso de la velada había perdido no solo todo el efectivo de que disponía; su reloj, un juego de plumas, la hebilla del cinturón y aun la factura de su vocho estaban ya en poder de Jaime.

Todos estos descalabros no bastaban para desanimarlo, había seguido jugando animado por la esperanza de todo jugador, la de recuperar con un golpe de fortuna todo lo perdido en la jornada.

Pero nada, la baraja seguía obstinada en no presentarle ni una sola combinación prometedora.

Una vez entregada la factura del cochecito, no le quedaba nada por apostar.

—Pues tu depa está bueno, Toñito. Te lo acepto a una mano contra todo lo que has perdido en la noche, más veintemil de mi bolsa ¿quíubo? ¿vas? —propuso Jaime, el ganador de la noche.

"No se puede perder de todas, todas. Eso no pasa" se dijo el dueño de la casa. "Se me hace que ésta es la buena, recupero lo perdido y me lo chingo con veintemil".

—Sale, baraja nueva.

El ganador abrió el paquete, ejecutó el moroso rito del barajeo y repartió las cartas. El anfitrión fue descubriendo su juego con un aplomo que no se justificaba con toda una noche de derrota tras derrota. A medida que fue descubriendo sus cartas y muy a su pesar, su rostro se fue desencajando. Tuvo que decir "no voy"

Con aire contrito entregó las escrituras del departamento y —aunque ustedes no lo crean— su mayor pesar era el no poder seguir jugando.

—Eres reata, Toño. Mira: ya perdiste el departamento, vas a tener gran bronca con tu esposa, así de que te voy a dar chance de recuperarlo, pero nomás el depa...

—¡Apuesto a mi vieja!

Jaime y Esteban se quedaron de una pieza, ambos eran jugadores a muerte, pero nunca se imaginaron que Antonio fuera más que ellos.

—Pero..¿aceptará? —preguntó Jaime

—Yo me encargo —Antonio hizo la apuesta amparado en la misma lógica que lo llevó a apostar el departamento—nomás va a ser un rato.

—Pero con los dos —intervino presuroso y nada pendejo el Esteban.

Pues nada, no le llegó absolutamente, nada. Así que se vio obligado a darle la noticia a Susana, su esposa, quien acostumbrada a las desveladas de juego, dormía tranquila en su cama sin imaginar que ya estaba en recámara ajena.

—¿Perdiste qué?

—El vocho, ... el departamento y ... a ti

—¡…!

—Y tengo que pagar

—¡Claro que tienes que pagar! Y bastante caro... ¿con quién es la deuda?

—Con Jaime y su amigo Esteban

—¡Vaya! Por lo menos están potables...

—¿Qué dices?

—Lo que oíste y no te hagas el espantado ¿Yo fui la que apostó?. No: fuiste tú.

—Pero es que aceptas … así … como ...

—Como lo que es: las deudas de juego son de honor ¿no? ¿cómo voy a dejar que duden del honor de mi marido? No, señor aquí se paga lo que se debe.

Momentos después, Jaime y Esteban, sentados en el sofá, miraban intimidados a la mujer; quien con un liguero, medias negras y zapatos de tacón por todo atuendo se plantaba frente a ellos.

—¿Cómo quieren cobrar? ¿juntos o por separado?

Los ganadores se vieron entre ellos azorados. La mujer de Antonio media más de un metro setenta y era poseedora de una cintura que contrastaba más que pasaderamente con sus caderas amplias y unos pechos de copa C, que la cruel morena puso a la vista recogiendo el sedoso y negro cabello que los cubría.

—J..juntos —dijo Jaime sobreponiéndose y metiendo la mano entre una de las ligas que surcaban las voluminosas nalgas de Susana.

—Bueno, pues a pagar.

Con un sentido cabal de lo que es una deuda, la mujer de Antonio se esmeró en cubrir lo que se debía. Ahí mismo, sobre el sofá, se sometió dócilmente —y con evidente agrado— a todas las exigencias de los dos jugadores, adoptando las posiciones que le pedían y realizando mediante múltiples combinaciones, algunas prácticas que hasta el momento su marido no conocía o no se había atrevido a pedirle.

Antonio presenció la escena estoicamente hasta el momento en que ella, su mujer, su recatada esposa, su discreta compañera, ella misma, de su propia voz, con todas sus letras, sin lugar a equivocación, expresamente, solicitó a los dos acreedores:

—Ahora los dos al mismo tiempo.

Fue demasiado. Antonio se llenó de indignación y no dudo ni un solo instante: tomó la heroica determinación de encerrase en la recámara.

Para su desgracia, hasta ahí llegaban las voces de su esposa proclamando a los cuatro vientos —entre suspiros y gemidos— los más atroces detalles de la redención de la deuda.

Después de una eternidad, cuando al fin se hizo el silencio, su mujer entró a la recámara.

—Te desconozco, Susana.

—Sí ¿verdad?. Debo confesar que a mí me pasa lo mismo: no me conocía.

—Pero es que hiciste cosas...

—La deuda, mi amor, la deuda. No hagas drama y ven para acá.

Jaime y Esteban se encontraban desnudos y despatarrados en el sofá. Susana, ataviada con el mismo traje, se acomodó entre sus piernas y mientras restregaba melosamente su cuerpo contra las piernas de ellos, propuso:

—¿Qué les parece otra apuesta?

—Ofrece —dijo Jaime.

—Una lotería, todo o nada: el departamento y el vocho contra cinco noches completitas con ustedes o con las personas que ustedes digan. Pero cuando mucho de tres en tres ¿eh?.

—¡Juega! —Aceptó de inmediato Jaime— baraja nueva.

—Susi...Susi, pero es que.... He perdido toda la noche, estoy salado.

—¿No has ganado ni una sola mano?

—Ni una sola

—¡Ay vidita! Pues más a mi favor. Tú mismo me has dicho que eso no pasa, que nunca se puede perder de todas, todas.

Con un ojo atento al juego y con el otro recorriendo el cuerpo de Susana, Esteban repartió las cartas.

—¡Ful: reyes y jotas! —Exclamó Jaime con aire de triunfo

Fue magnífico. Al ver que la multicitada ley por fin se cumplía, Antonio no solo se desencorvó, sino que creció hasta casi el doble de su tamaño, o al menos fue lo que les pareció a Jaime y Esteban al momento en que, colocando sobre la mesa un esplendoroso y cinematográfico pokar de ases, exigió:

—Denme las escrituras, la factura del vocho, agarren sus trapos y sáquense a chingar a su madre. Y si se sabe algo de ésto, se van a acordar de mí.

Una vez que los jugadores salieron del departamento, Antonio se volvió hacía su mujer seguro de que iba a impresionarla como a los otros, pero se encontró con una risita de burla y de despreció que le bajó los humos de inmediato.

—Susana...

—Antonio, Antonio, —le atajó la mujer con un tono inesperadamente conciliatorio—no seas pendejo. Si nomás le hice al teatro: estaba que me moría del asco. Además, son un par de patanes que no tienen ni idea de lo que es una mujer. Ni loca volvería a hacerlo. Hice la apuesta porque era la única manera de recuperar el coche y el departamento, pero Antonio, si hacer esas porquerías con dos fue un suplicio ¿Te imaginas con tres? Ni pensarlo. Si me atreví a pagar y comportarme como lo hice, fue para que se te quite lo pocamadre y lo empedernido. Vaya y pase apostar a la mujer, pero ... ¿el departamento, Antonio?

Antonio hizo el propósito de olvidar este suceso y ya no averiguar si los suspiros y gemidos de Susana habían sido fingidos. Aprendió su lección: hasta el día de hoy no ha vuelto a jugar y trata de no contrariar para nada a su esposa.

Jaime y Esteban no guardaron el secreto. Ellos me contaron la primera parte.

La segunda, nos la contó a los tres la misma Susana, quien acaba de salir de la regadera. Ella me pidió que al narrar esta ejemplar historia, lo hiciera sin cambiar nombres ni situaciones. Ahora me despido, porque el tubo del lubricante ya está en manos de Susi y en este momento, señores, no somos más que esclavos de sus caprichos.







Este artículo proviene de ARTNOVELA Portal de Cultura
https://www.artnovela.com.ar/

La dirección de esta noticia es:
https://www.artnovela.com.ar//modules.php?name=News&file=article&sid=697