¿Y si Dios fuera mujer?
Fecha Sunday, 02 February a las 21:07:46
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




¿Crees en dios? Fue lo primero que me dijo después de que nos presentaron, pues pronto advirtió mi indiferencia por estar ahí.



Desde luego que yo iba en un plan de fastidiar al primer religioso o religiosa que tratara de convencerme de que Jesús es mi salvador, pero, algo me sorprendió en ella; ni siquiera la conocía. Así que lo primero que se me ocurrió fue decirle:
- “ No lo sé, pero de lo que sí estoy seguro; es que si dios fuera mujer, es posible que ateos no dijéramos no con la cabeza y dijéramos sí con las entrañas, tal vez; nos acercáramos a su divina desnudez para besar sus pies no de bronce, su pubis no de piedra, sus pechos no de mármol, sus labios no de yeso”. Y comencé a reír. Lo hacía para molestarla y pensé que me condenaría por blasfemo. Sin embargo, se rió conmigo y eso fue lo que me molestó, que ella no se incomodara; y añadió: – Mario Benedetti, “¿ Y si dios fuera mujer?”

De un sólo golpe borró mi sonrisa.
A pesar de mi conducta, aquella charla fue apasionante, como la de dos viejos amigos: hablamos de religión, de poesía, de nuestras vidas, de mi relación tormentosa con mis padres que me obligaron, entre otras cosas, a asistir a ese retiro espiritual donde la conocí. Por eso nunca les echaré en cara el haberme hecho a participar en aquel encuentro juvenil. Ella lo valía: no lo niego, aquella silueta risueña que se imponía ante mí. Me excitaba.
Desde luego noté que no le era indiferente, aunque más tarde, me di cuenta que su posición de líder juvenil y su entrega a dios eran más fuertes que sus sentimientos hacia mí. Comprendí que para ella hacer el amor era el más grande de todos los pecados. Así que los dos días restantes de aquel retiro me resigné a sólo observarla: su piel morena, sus ojos lánguidos, sus piernas largas, sus pechos bien torneados, toda ella me motivaba a escuchar aquel sermón que impartían a esos jóvenes.

Nunca me lo imaginé, ahora sufría por una cristiana.

Al principio, cuando la conocí, adopté la postura de todos; muy interesado en sus charlas, haciéndole saber que amaba al señor Jesús y que, de ahora en adelante, acompañaría a mis padres a la iglesia todos los domingos, que trataría de leer la Biblia y que me daría la oportunidad de conocer más de dios. Ella me lo creyó todo. Yo no sabía ni qué pensar, no estaba siendo sincero con ella ni conmigo mismo.

Era media noche, cantamos unas alabanzas con el resto del grupo, bajo el calor de la fogata en medio de aquel bosque. Me senté frente a ella, de modo que pudiera verme; tan pronto lo hizo, sonreímos e inmediatamente, fui a sentarme a su lado. Aquella reunión llegó a su fin, fue emocionante, cantamos hasta el cansancio y, como ya era costumbre, nos quedamos a platicar un rato más. Así que nos integramos por un momento a la plática de un grupo de cinco chavos que hablaban de fútbol, lo cual la aburrió fulminantemente, y me pidió que camináramos hacia su cabaña . En el trayecto, casi llegando, la tomé de la mano, ella reaccionó como si no pasará nada, estaba un poco nerviosa. Sabía que me gustaba y yo no le era indiferente. La tomé de las manos, la miré directo a los ojos, me acerqué, nuestros labios apenas y rozaron, y después se apartó de mí. No aceptaba que yo le gustara, pero me había besado; la tuve entre mis brazos. Caminamos sin decir palabra hasta llegar a su habitación; quedé mirándola, asombrado por aquellos ojos lánguidos. Le dije que amar a dios era amarla a ella; al fin y al cabo él es amor, y nos mandó a eso, a amarnos. Y volví a besarla: esta vez cedió: la abracé, nos besamos apasionadamente, hicimos el amor.
Al otro día , todo cambió; se acabó la magia.
La veía como a cualquier otra de las chicas que se encontraba en aquel campamento, había perdido su encanto, su gracia. Me preguntaba cómo era posible confiar en una persona que se traicionaba a sí misma, a sus principios; como lo hizo con un inquebrantable mandamiento: no fornicarás.

Pronto me di cuenta que, en realidad, lo que me atraía de ella era su seguridad, su compromiso hacia algo, sin importar si estaba en lo correcto. Todo lo contrario a mí. Quizá por eso, esté condenado a nunca creer en nada.






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