Punto y Raya
Fecha Sunday, 26 January a las 22:33:54
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Ahora que Crispín es un adulto hecho y derecho (bueno, no tan derecho por la escoliosis que sufre desde su niñez, pero adulto al fin) ya sabe que la vida está hecha, en gran medida, de puntos y rayas. Sí. Todo perfectamente engranado como en un gran mensaje en clave Morse. Sin esa comunión entre esos dos básicos elementos no habría mundo.

Entiende que las rayas de la vida son todas aquellas continuidades. Por ejemplo: una inspiración (entiéndase tomar aire por la nariz) o viceversa, una palabra dicha de principio a fin, un todos vamos en el carro y él rodando, el perfecto e ininterrumpido balanceo de unas caderas femeninas que flotan en el aire... En fin, cero pausas o interrupciones. En cuanto a los puntos, sabe que son tan necesarios como sus complementarias compañeras. Así, tendríamos un cállate que el otro quiere hablar también, un duerme porque sino llegas tarde al trabajo en la mañana, unas caderas que se paran porque su dueña tiene que pulsar el botón del ascensor, etc, etc, etc.

Él sabe que la vida armada por los seres humanos se basa en un perfecto equilibrio entre esas rayas y puntos. Incluso presiente que en la vida de una raya deben haber infinidad de micro puntos actuando en forma subrepticia. Reconoce que debido a esta correspondencia el mundo aparenta ser lo que en apariencia es.

Pero, ¿cómo llegó Crispín a tal conclusión? Hace unos días él venía sufriendo mucho. El motivo eran las continuas riñas y malestares que se producían en casi todas sus conversaciones con amigos y conocidos. El pobre Crispín no podía contenerse en casi ningún diálogo. Simplemente irrumpía sin dejar terminar a los demás. A veces intentaba adivinar lo que el otro quería decir (y el otro tantas veces callaba para no darle el ansiado gusto a Crispín de saber si adivinó o no); otras veces blandía su verbo para resaltar sus puntos de vista, que consideraba (y no sin razón las más de las veces) superiores o al menos más interesantes; y a veces acallaba con tajantes argumentos a sus ‘victimas’, pobres e infelices, carente de la chispa de Crispín.

En una de esas solitarias noches en donde ya tuvo Crispín que ‘puntualizarse’, por así decirlo, le llegó una revelación donde lo vio todo. Danzantes rayas alrededor de puntos formaban las más diversas figuras geométricas en dos y en tres planos. Los círculos y esferas eran unas de las más bellas y atraían fuertemente su atención, pero había paraboloides impresionantes, así como unas elipses que simulaban sistemas planetarios, etc, etc, etc.

La noción de tiempo se desvaneció hasta que a lo lejos se oyó el canto de un gallo. “¿Qué hora es? ¿Acaso las tres, las cuatro? ¡Qué importa! Ahora sí sé de qué está hecho el mundo”. Y en ese instante recordó algo que representó el intríngulis que despejó el misterio. “Aquellas campanas... ¿Qué edad tendría? ¿Once? ¿Doce? Creo que doce”. Se transportó a la Plaza Bolívar de su ciudad –y su iglesia, por supuesto. Se vio tocando con su hermano en un acto público (Crispín fue un músico precoz y desde niño tocaba para auditorios variados). “Esas campanas eran puntos ondulantes. Sí. Yo tocaba la mandolina y Diógenes el cuatro, y en mitad de presentación: ¡suas! Las campanas empezaron a tocar, a tocar y a tocar.”.

Recordó que se negaba a empezar la siguiente pieza porque, en su inocencia infantil, sabía que no debía traspasar el flujo natural de aquel río de puntos ‘acampanados’, que a su vez se expandían por el aire como queriendo ser orgullosas rayas. Un conocimiento interno le decía que no debía romper ese equilibrio, la magia de la plaza llena de invisibles figuras danzantes, esa majestad que se abría en tan ‘puntorrayano’ espectáculo. Pero... Siempre hay un pero, y éste fue tan desgraciado; nunca había sido un pero tan terrible. El público ya se estaba desesperando y empezaron a oírse voces: “No importa. Esas campanas van a tocar toda la tarde. Dale con la música, etcétera, etcétera, et-cé-te-ra...”.

Crispín ahora supo que una trasgresión puede marcar de por vida, que atravesársele a la naturaleza te puede convertir en un delincuente por ciclos y ciclos de tiempo, que no puede uno engañar a la vida, que la pena más horrible es quedar atrapado en la cárcel que uno mismo ha creado a fuerza de repeticiones que bien pueden empezar con un trivial comienzo, quedar atrapado en ese ethos que aludían los griegos, y que nada, nada queda impune debajo del sol. Lloró amargamente al saber que estaba condenado a reincidir en la violación a la que un día, alcahuetamente, fue empujado.


Valencia, 15 de enero del 2003






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