Epitafio de una neurona
Fecha Sunday, 26 January a las 22:15:52
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




No me avergüenzo de mi condición, siempre hay cosas peores, podría haber sido una célula cualquiera dentro del mugriento intestino delgado o del ruidoso y horrible riñón, sin contar con las partes más pecaminosas del individuo que constituyo.


Debo por ello estar orgullosa de mi destino y agradecer a aquella célula madre que poco a poco fuera compartiendo su vida con la mía y la de mis hermanas, pues no somos más que pedazos individuales de aquel soplo de vida de no más de un milímetro.
Además de alardear de mis orígenes, bien podría hacerlo de mi situación respecto al resto del organismo. Siempre por encima, a la cabeza y nunca mejor dicho.
Tenemos también una serie de privilegios natos los cuales me gustaría citar sólo con la finalidad de que ustedes se hagan a la idea de nuestra superioridad dentro de este gran sistema de coordinación. Así, por ejemplo, no podemos estar expuestas ni un solo momento a la conocida enfermedad de la soledad. Por ello circulan sin cesar, con gráciles movimientos para nuestro disfrute, una corriente de células rojizas cuyo nombre no alcanzo a recordar.
Su paso está también justificado por la aportación nutritiva, ya que gracias a sus ofrendas podemos seguir actuando, conformando las maravillosas imágenes del sueño, transformando un roce en sensación, dándole significado a una lágrima…
En cualquier caso, estas pequeñas criaturas bermejas, que incluso llegan a carecer de núcleo, no deben ser más que espectadoras de nuestro gran banquete y actividad, manteniéndose distantes, evitando cualquier posible contacto físico que provocaría la inmediata muerte de la afectada y de no se sabe cuántas hermanas más.
Los motivos de esta delicadeza los desconozco, aunque la característica es sabida por todos, que procuran organizarse, realizar sus funciones, tratando de interferir lo menos posible en las nuestras, pues saben que, en realidad, son éstas las que dominan a las suyas y temen que al carecer de finalidad se vean destinadas al cruel destino de la muerte.
El servicio en la zona es por tanto inmejorable. Poseemos meninas para recoger los restos de nuestras digestiones o para avivar nuestros fogonazos para una nueva sensación.
Las funciones que realizamos son muy diversas ya que cada intensidad electrónica debe ser acogida como un signo diferente ante el que se reaccionará de una manera u otra y veo lógico que esta ardua tarea se vea recompensada con los mencionados caprichos que recibimos.
En mi caso, formo un pequeño circuito en uno de los miles de recovecos del cerebro, perdido en algún rincón de este gran cajón desastre y aunque esta localización puede parecer denigrante para mi condición, muy por el contrario, contribuye a que no suframos interferencias de otros pensamientos pasajeros que pueden variar nuestro continuo parpadear e incluso hacer que las conexiones cambien perdiendo la información que con tanto mimo hemos guardado durante tantos años.
Somos por tanto, parte del gran almacén de vivencias, los recuerdos, pero no de cualquiera. Nuestra reiterativa acción guarda, aunque no siempre pasa la línea del subconsciente, un amor perdido cuyo sentimiento sigue latiendo cada día desde nuestro rincón.
Quizás las formas, la voz, la sonrisa, de aquel personaje terminaran por perderse en cualquier puente entre axón y botón sináptico y sus neurotransmisores acabaran sin fuerza para realimentar el circuito de la pasión.
Sin embargo, la emoción producida por aquella experiencia luchaba por sobrevivir superando cualquier deseo consciente de su completa eliminación. Supongo que esto se debió a que conforme este circuito pasional se apagaba sus colindantes opuestos estaban cada vez más excitados y así apareció el dolor que le obligó a activar su parte más racional para salir del laberinto de sensaciones que comenzaba a desbordarse.
Tuvimos problemas con el corazón y malestar físico en general, pero logró superarse y ahora nosotros somos las secuelas de todo aquello. Podría pensarse que mi tarea está envuelta de un gran sinsentido por su reiteración y monotonía, pero soy feliz porque, aunque no sea consciente realmente de nuestro trabajo, sé que el resultado contribuirá a mantener viva una esperanza que algún día fue una realidad.
Trabajo movida por el efecto no por los motivos. El resultado individual no existe, todas estamos destinadas a formar parte de una correlación eléctrica cuya fuerza nos mantiene con vida a la vez que da sentido a nuestro esfuerzo. Somos un todo dentro de un solo individuo y cada neurona por separado no sería más que la nada dentro de ese gran compendio de interacciones.
Ayer transmitimos con energía nueva lo que ya parecía muerto. Estuvo viendo fotos y el ajetreo interior fue considerable. Las hermanas trabajaron duro uniendo conexiones visuales y del recuerdo, las lágrimas con los sentimientos y nosotras, apartadas desde nuestro rincón, mirábamos, no sin envidia, su continuo procesar hasta que llegó a la cuarta página del viejo álbum.
Allí estaba aquel amor. En aquel momento las intermitencias se multiplicaron llegando a rozar el colapso emocional. Así al principio se consideró esbozar una sonrisa para contrarrestarla con un torrente de lágrimas al reactivar ciertos circuitos olvidados del recuerdo sobre aquella etapa. Las manos comenzaron a temblar mientras recorrían la foto, nerviosas, y nuestros parpadeos se acrecentaron a la vez que los ayudantes en nutrición rotaban sin parar. Recibíamos mensajes de urgencia ante la proximidad de un paro funcional en ciertas zonas corporales y se dispararon los servicios de emergencia.
Los años no contribuían además a este proceso de reestablecimiento de los factores normales de presión arterial, cantidad de oxígeno… ante lo cual, mis compañeras más racionales optaron por cerrar rápidamente aquel objeto y enterrarlo de nuevo entre la oscuridad del armario de donde minutos antes había caído al intentar extraer una caja de zapatos.
Entre tanto se intentaba volver a la normalidad consiguiendo todos los valores neutros habituales, nosotras seguimos latiendo con fuerza. Aquel fuego que parecía apagado había vuelto a reavivarse ¡y de qué manera! Pasamos gracias a esto, a la parte consciente donde nuestra sensación fue analizada varias veces sin aparentemente encontrar solución para su desactivación y ocultación definitiva en un lugar semejante al del álbum.
Me estremecí ante la idea de desaparecer para siempre ¿cómo iba a ser eso posible para una neurona? Sabía que no podía tener descendencia. Cualquier esbozo de vida que surgiera de mí estaba condenado a la esterilidad. Pero el incesante minutero interno corría sin parar, ajeno a esta carencia que es mi talón de Aquiles, la debilidad obsesiva cuya no aceptación nos hace caer en la espiral de la desesperación mientras nos martillea y corroe poco a poco. Esta angustia de la perpetuidad me impidió por tanto no disfrutar como debiera de mi categoría.
Quizás se deba a que, ante la monotonía de mi vida, me entretuviera el buscar ocupaciones que me mantuvieran entretenida y no sé cómo caí en estas precisamente…
Hoy nos levantamos temprano, más que de costumbre, a hurtadillas, transmitiendo como chiquillas traviesas nuestro electrizante flashear al resto de hermanas con ayuda de las cuales conformamos una realidad que durante tanto tiempo habíamos estado ocultando en secreto.
Se conformó su pelo en dos o tres parpadeos de circuitos polvorientos. Con sus manos se siguió el mismo procedimiento y las chispas comenzaron a dispararse mientras las conexiones enloquecían y allí se vio de nuevo a aquel sujeto que jamás habría pensado que acabaría perdido entre la maraña de cables de un inmenso ordenador biológico.
Y soñó y disfrutó de su recuerdo saboreando la escena en todos con todos los detalles que creía haber ignorado incluso por aquel entonces. El ajetreo que era aún mayor que aquella vez que vio la fotografía. Ahora la imagen se había transformado en vivencia y todo parecía alimentarse de una fuerza nueva, como una vez lo hiciera en su juventud sólo que en estos momentos, el traje que, a duras penas, le permitía el contacto con la realidad era viejo, con grandes agujeros por los que se escapaba cada vez más deprisa, el tiempo.
Apenas ha pasado un mes desde aquella reverberación de la pubertad pero su viveza se ha vuelto a quedar en nada y mi sensación ha vuelto a quedar relegada entre miles de recovecos.
No hay capacidad para mantener emociones tan pisoteadas por los años y pueden ser consideradas exquisitos caprichos, pues casi no tenemos fuerzas para controlar los sistemas más elementales incluso a veces perdemos la noción de la orientación y vagamos por espacios que no llegamos a conocer.
En otras ocasiones dejamos caer vasos u objetos de nuestras manos o no conseguimos llevar una simple cuchara a su destino.
Y yo las he visto morir a todas mientras contemplaba como se iba perdiendo el control y nos sumergíamos en un mundo desconocido en el que habíamos vivido siempre.
Ahora alguien al que no llegamos a recordar pero que hace que el corazón lata con más fuerza cuando se acerca, decide por nosotros.
El otro día nos paseó en una especia de carro cuya velocidad llegó a tambalear el sistema y nos llevó a un lugar donde sólo reconocemos el blanco que se esparce como una capa de nieve por cada rincón del recinto.
Nos gusta su sonrisa. En estos momentos la está mostrando a la vez que reactiva en algún lugar del subconsciente mi circuito, quizás por la similitud entre las dos sensaciones producidas por estos dos personajes tan diferentes. Se sienta a nuestro lado, en la cama y nos mira. Intentamos devolverle la sonrisa, queremos acariciar su piel. Inútil, imposible, los parpadeos antes constantes se han transformado en pequeños hogueras esparcidas por la mayor ladera del mundo.
El bullicio se ha convertido en silencio mientras continúo viendo caer a mis compañeras que intentan seguir brillando con la débil luz de la esperanza.
La nada arrasa así todas las maravillas que un día construimos y las pulveriza esparciéndolas por el tiempo. Apenas recibimos sustento. Perecieron también la mayoría de nuestros colaboradores y el corazón bate lento, con la amarga mezcla del dolor y la vejez.
Mis miedos van a llegar a su plenitud. Transmitir por la brecha que nos separa es ahora la mayor proeza y nos apagamos en la oscuridad de la muerte. Pero yo no quiero resignarme a este final. He sobrevivido al olvido en otras ocasiones y ¿qué es la muerte si no una pérdida del recuerdo de todo lo que conocimos? ¿Qué sentido tendría entonces nuestra lucha? ¿O es que esto no ha sido más que un sueño y ahora despertamos a una verdad tan compleja incluso para nosotras que requiero de nuestra eliminación quizás como ahorro energético?
Todo esto me incita a expulsar con fuerza el débil impulso que recibo pero mis hermanas se han rendido a su destino y tiemblan con cada shock eléctrico sin llegar a invertir sus cargas para llevar a cabo su función.
Mi desesperación llega a tal extremo que colapso mi propio sistema y ahogo mi grito de dolor en un último parpadeo con el que, sin embargo, muestro con orgullo que he conseguido llegar hasta el final, sin perderme en los recovecos de la gran máquina central que ahora cierra sus últimas puertas. Dentro de poco caeré en la tumba del seso en cuyo epitafio rezará “víctima de aquella nada que pudo al todo”.






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