Por error
Fecha Sunday, 26 January a las 21:52:12
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




No dijo nada. Le descerrajó cuatro tiros, certeros, precisos, furiosos. La miró otra vez, envuelta en una sangre espesa y morada. No sintió lástima, ni remordimiento, ni nada. Miró el arma, como quien mira sus propias manos. Y se fue.

Tres días, sólo tres días duró el romance. Tres días voluptuosos, tormentosos. Tres días completos, con sus mañanas, sus tardes y sus noches.

Se conocieron por error. Esas casualidades de la vida que parecen más bien coincidencias. Ella huía de un tercer matrimonio violento y sin amor. El buscaba la mujer perfecta. Ella, atropellada, apurada como siempre, se equivocó de auto en el estacionamiento y subió al de él. Cuando quiso ponerlo en marcha no pudo. Entonces lo vio, mirándola por la ventanilla, curioso y divertido. Era claro que no era una ladrona de autos. Algo le pasaba a esa impecable morocha.

Se sentó en el asiento del acompañante, y ella, avergonzada, empezó a esbozar precipitamente explicaciones confusas de su estado alterado que la había llevado hasta ese volante. Él le dio las llaves del auto y le dijo que eligiera el bar. A ella le pareció divertido y fueron a un barcito de Palermo.

Hablaron hasta el anochecer. Pasaron del café a la cerveza, y de las presentaciones de rutina a las confesiones.

Ella se enamoró como sólo las mujeres pueden lograrlo en unas horas. El se fascinó como sólo los hombres lo hacen ante un buen par de piernas que vienen acompañadas de un cerebro simpático.

Fueron al departamento de él. Pidieron una pizza que nunca llegaron a comer. Sus cuerpos no querían separarse ni para el clásico cigarrillo del después. Ella sucumbió ante su simpatía, su caballerosidad, su ternura, su preocupación y su sensatez. Ël cayó muerto frente a sus cuerpo contorneado, casi esculpido, y su frenesí para el amor.

Durmieron juntos, desayunaron, se volvieron a besar y ella fue a trabajar. Almorzaron juntos. Ella pasó a buscar algo de ropa y volvió a la casa de su príncipe. Así, durante tres días, tres días calurosos y agitados.

El tercer día, ella lo llamó de la oficina y le dijo que iba a ver a su hermana, y que se llevaba a los sobrinos porque los tenía que cuidar. El no le creyó. Los celos y los recuerdos de una traición imperdonable empezaron a enloquecerlo. Se acordó de Mariana, semidesnuda en la oficina de Roberto, su socio, su mejor amigo, su testigo de casamiento. Se acordó de los gritos, de los golpes, de la sangre....

Y fue a buscarla. Ya no estaba en el trabajo. Bajo desesperado al estacionamiento y la vio, atropellada como siempre, tratando de abrir un auto ajeno. Se acercó casi en silencio. Ella lo vió y le dedicó la mejor sonrisa de su vida. El no le sonrió. Sólo la miró, y sus ojos destilaban odio, venganza, indiganción. Estaba tranquilo, no temblaba, no gritaba. No dijo nada. Le descerrajó cuatro tiros, certeros, precisos, furiosos. La miró otra vez, envuelta en una sangre espesa y morada. No sintió lástima, ni remordimiento, ni nada. Miró el arma, como quien mira sus propias manos. Y se fue.







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