Lágrimas de paz
Fecha Sunday, 26 January a las 21:42:31
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Está desarmando el arbolito de navidad.

-¡La puta, para armarlo está toda la familia excitada y todos quieren colgar algo. Para desarmarlo siempre me dejan sola!



Es 22 de enero. Tendría que estar desarmado desde Reyes, pero el entusiasmo para guardar las bolas doradas y los moños rojos no es el mismo que para sacarlos de las cajas. Encima, las tiras de luces siempre se enredan. Los mas chiquitos duermen la siesta.

-Camila, vení a ayudarme con el arbolito.

Se oyen los piecitos de Camila que corren hacia su mamá.

-No puedo, estoy jugando a la Rayuela con la abuela María. Dijo que mañana no nos olvidemos de llamar a Sebas- y corre otra vez hacia el patio.

Marta sonríe, un poco enojada y un poco enternecida. Odia que Cami invente excusas para no ayudar, pero le divierte que siempre esté jugando con alguna amiga invisible. Bueno, por lo menos esta vez la conozco, pensó. Miró la hora, y vio que todavía era temprano para llamar a Chascomús, a ver cómo había llegado su madre. Pobre, se fue con este calor, pero quería llegar antes de la noche, para estar en el primer cumpleaños de Sebastian. A ella le hubiera gustado ir también, hacia exactamente un año que no veía a su hermana, cuando viajó para el nacimiento del nene. Pero bueno, con los chicos la cosa se complicaba un poco, y no tenía a quien dejárselos.

Pobre Camila, se ve que se quedó con las ganas de ir, por eso se acordó del cumpleaños...

No le gusta guardar los adornos de las fiestas. Es como la prueba palpable de que las ilusiones no se cumplieron. De que las fiestas no fueron tan maravillosas como ella había soñado y de que el año que empezó no es tan distinto del anterior.

Estas fiestas quería emborracharse. Desde que empezó diciembre había jurado que en algún festejo, despedida o lo que fuera se iba a emborrachar... pero no tuvo oportunidad. Ni siquiera eso, ni siquiera emborracharse pudo...

A esta altura dejó de acomodar prolijamente las bolas doradas, y empezó a tirarlas en la caja con desgano.

Una se fue rodando hasta el patio. La vio a Camila, que seguía jugando a la rayuela y hablando con la abuela invisible. Volvió a sonreir. Su mamá siempre jugaba a la rayuela con ella, pero con Camila nunca había jugado. Ya no estaba en edad de saltar en un pie. Cómo son los chicos, no... probablemente alguna de las dos le hubiera contado que ese era su juego favorito.


Encima ahora que mamá viajó, se complicó todo. Iba a tener que repartir a los chicos o anotar a las más grandes en una colonia y al más chiquito en una guardería. Por el momento se había tomado dos días de vacaciones. Un desperdicio, tomarse dos días para quedarse encerrada limpiando, guardando y ordenando.

Estaba enredada en los cables de tres juegos de luces, cuando sonó el teléfono. Era su cuñado, Norberto.

- Marta, escuchame, hubo un accidente con el micro....

Prácticamente no escuchó nada más. No hizo falta, porque Camila estaba cantando una canción que su mamá le cantaba a ella de chiquita. Y lloró, pero no de dolor. Lloró por la pérdida, porque todos somos un poco egoístas al fin y al cabo. Pero también eran lágrimas de alegría, de paz, de tranquilidad: obviamente su mamá no la estaba pasando nada mal.








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