Cara de chiquilín sin maestra
Fecha Thursday, 16 January a las 12:33:07
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Cara de chiquilín sin maestra.

Eso decía el correo que la sedujo. Como un Zitarroza mítico.

No podía creer esa frase, aún leyéndola, como una descripción de él. Y desde esas frases encriptadas se empezó a sentir contenida. Comprendida. Esa y mil frases que hasta entonces creía escritas solo para su entendimiento, se fueron acomodando en la pantalla para despertarla, obligarla, enojarla y enamorarla.

O poseerla.




Eso todavía no. O por poco no.

Porque las frases la habían llevado del ansia al gozo. Del gozo al morbo. Del no al acaso, y del susurro al grito. Siempre a través del e-mail, siempre desde las letras encendidas y del concepto hirviente.
¿La poseía? No lo sabía, o no lo sentía en la carne. El poseía su cuerpo desde un rincón virgen e inexplorado. Se veía a si misma manejada por un deseo muy profundo engendrado en su órgano más erógeno. Se dejaba llevar por ese deseo nutrido en la placenta neuronal de su cerebro.


Hubo un juego de mezquindades y recelos que bien supo definir como emoción. Y un sinnúmero de casualidades telepáticas que la precipitaron en un abismo imposible de esquivar.

De estas historias no se sale ilesa, alguna cicatriz siempre queda.

Cara de chiquilín sin maestra.

Le había visto el rostro desde aquellas fotos “sin producción”, ni muy antiguas para no parecer un chico, ni tan modernas que descubran la fatiga, el cansancio de la vida.
Pero no estaban cansados cuando esta-ban juntos. No estaban juntos sino escribían. No escribían si no se sentían. Le había gustado con la foto. Aun sin la foto le había gustado. Tenía cara de chiquilín sin maestra.


Para el era una sorpresa.

Un regalo de comunión. Una reconciliación con su torpeza en las computadoras. Un milagro. Era un milagro ese vaivén increíble de su risa y los destellos desopilantes de su humor eran claves únicas, imborrables, imprescindibles para vivir.
Una mañana se había descubierto ausente, viajero, perdido detrás de un mensaje de ella y desde esa mañana supo que no saldría ileso.
Alguna marca siempre queda.

Le tomó algunas horas aprender de sus humores pero sólo tardó segundos en conocer los tiempos y la velocidad de su explosión. Apenas le llevó un instante acompasar los ritmos secretos de su letra y menos tiempo aun le costó identificar sus códigos pasionarios.

Tuvo una duda secreta con algo de su miedo eterno al desamor, (ella lo notó intuitivamente), y debió rendirse ante la evidencia de aquel calor que le surgía al soñar.

Lo había hecho vivir del deseo y del placer, lo había llevado hasta el goce y la redención. Lo había enamorado descubriendo sus detalles infantiles. Desarmando sus tramas más geniales, deshilando su madeja de locuras imposibles.

No la conocía desde lo físico, la sabía desde adentro. Como a la lección más aprehendida.

Una foto no justificaba conocerla.
Volvió a abrir la imagen del archivo. Un poco, nada más. Sabía perfectamente que lo que quería ver no estaba ahí.


Decidieron el día.

La coincidencia telepática los ubicó, tramperos y excitados, en Paraná, en Entre Ríos. A mitad de camino entre las ciudades de ambos. Lo suficientemente lejos de indiscretos conocidos potenciales y muy cerca de ser una pareja mas entre tantas. Dejaron de ser como eran para ser como se habían soñado.

El acuerdo mutuo debió incluir el miedo al rechazo congénito de ambos. Debió cobijar la vergüenza innata en ambos y contemplar el enigma de no saber si sus cuerpos serían como efigies paganas de dioses olímpicos.
Acordaron la oscuridad. Total y absoluta. Copular incansablemente desde las palabras no evitaba el miedo escénico al primer coito real. Al primer coito no virtual.

Acordaron la música.


Llegó primero para esperarla.

Caballerosamente excitado. Al palo, vulgar y obsceno, como en los textos compartidos. Recorrió el ambiente, clausuró ventanas, cerró cortinas.
Cegó resquicios. Anuló metódicamente cada centelleo de luz, aun el más difuso. Contempló su obra, eligió el compact, encendió el reproductor y apagó la luz.

Bajó del auto algo mas tarde de lo debido. Excitada como una dama. Chorreando, procaz y lasciva, como cuando se leían on line. Siguió el pasillo hacia la habitación sin detenerse una vez ante ninguno de los espejos, (el no le creería). Respiro profundo y abrió la puerta.


Solamente fueron segundos que a los ojos agrandados en la oscuridad no le sirvieron para ver un rostro, ni siquiera para descifrar el color del pelo. La imagen entre el flash de luz recortaba un cuerpo curvoso, erguido e impecable. Y minifalda, como a el le gustaba.

Desde la luz el resultado era similar. La semipenumbra momentánea sólo alcanzó para delinear una ca-bellera entrecana sorprendida de pie en la espera. Varonil y vestido en negro. Como a ella le gustaba.


Cuando la puerta quedó cerrada lo presintió a su lado. Supo quitarle la cartera y despojarla del abrigo en la oscuridad. Se notó un rapto mínimo de lucidez y se encontró indefensa, sola, ciega y entregada. Era su última posibilidad de huir. No hubo más tiempo. Sintió sus manos en las suyas y entendió que no se iría más. Jamás.

Escuchó su voz:


 “Demasiados nervios”


Se dejó envolver por la voz. La reconocía mucho más cálida que en el auricular. Le hablaba pegado a la boca, arañándola con el aliento. Presionándole las manos y acercándola hasta él.


 "Te voy a besar"


Y detrás del beso se perdió. Hábiles y expertos jugaron con la boca el juego detallado mil veces en los textos. Probando y practicando las virtudes de secretos ya contados y teorías relatadas de antemano.

Desvistió ese cuerpo que palpaba firme y lo acercó a la cama. Sentía como las tetas se apretaban contra su camisa mientras con las manos le magreaba el culo duro, firme, redondo, orgulloso y soberano.

Ella gemía en silencio, con un ronroneo felino. A media voz.


 "No parés"


Y buscando con sus manos decididas encontró una respuesta dura y venosa, que palpitaba por ella. Estaba extraviada y con los ojos cerrados. La boca de él le recorría los pezones, humedeciéndole las areolas, y creyó entrever un flash de luz tenue y furtivo.

Fue tan rápido que lo ignoró.


Él, con la boca perdida entre aquellas tetas, consiguió convencer a su propia mano para que dejara de acariciar y encendiera una luz del tablero. Sentía el cuerpo de ella tan entero, tan propio, tan pegado a el, que necesitaba verla.

Lo habían prohibido terminantemente. Pero cuando el aceptó no sabía nada de esta necesidad. De esta desesperación. De este lujurioso estremecimiento que le producía su piel.

Fue un segundo nada más. Solo para alcanzar a ver su pecho generoso y erguido. Para deleitarse viéndola en una fracción mínima de tiempo que incluso le pareció poco.

Regresó la mano al cuerpo y la dirigió más abajo, buscando un destino de entrepierna. Cada milímetro de piel le daba más pasión. Probaba con la lengua sabores distintos en cada pliegue. Del dulce voluptuoso del pezón inflamado al salado pasional del vientre. De la agria mezcla del perfume en el cuello al acidulado sudor entre los muslos. Se movía guiado por un sensor vampiresco. Detrás de un jugo esencial, a ciegas, esquivando obstáculos entre las paredes.


Ella perdió la dureza de entre sus manos cuando él fue mas al sur. Quedó mordiendo su propia palma izquierda mientras él reptaba, bebiéndola. Comiéndola. Lo notó apasionado, entregado en darle placer, lo imaginó con los ojos cerrados y la tentación pudo más.
En un segundo de luz le conoció la espalda dura, los hombros anchos y la melena abundante. Creyó notar que él había visto el reflejo pero, como no dejó su actividad, lo desestimó y decidió dedicarse a sentir el placer. Más placer. Le tomó la cabeza con ambas manos y lo apretó contra su vientre forzándolo a cumplir con la promesa virtual de beber todo aquél jugo, su propio mosto sexual.

Se inundó entre espasmos que la recorrían obligándola a gritar. A gemir. A agradecer. A buscar más.


Subió a besarla para llevarle el sabor.
Las promesas cumplidas generan confianza y se perdieron de nuevo en el juego boca a boca, con las manos deambulando colas ajenas.

Con poco esfuerzo se ubicó contra la entrada caliente, rozando el clítoris, y la escuchó pedir.


 "¡No me hagas sufrir! ¡Vos ya sabés lo que me gusta!"


Se empujó despacio buscando el rumbo, ella lo acomodó para no perder mas tiempo. Entendió el camino libre y se perdió hasta el fondo. Sentía que cada milímetro de su ser abriéndose paso entre los mismos pliegues húmedos que recorriera con la lengua. Y las manos de ella investigando todos y cada uno de los puntos que él había confesado sensibles. Lo acariciaba con la displicencia justa, con la violencia exacta y con el morbo preciso.
Con la seguridad de saber la causa y el efecto de cada gemido que soltaba.

Empezó a bombear urgido. Necesitado de acabar.
De dar su simiente, entregarle el orgasmo más tremendo y la vehemencia mas sentida. Apoyó las manos en el tablero de luces por casualidad.


Unos segundos nada más. Verla gozando.

Encendió.

El pelo oscuro, enrulado, se pegaba en el sudor. La boca abierta gimiendo y los ojos cerrados. Una cara extrañamente hermosa, alucinante, en un estado de colapso pasional.

Apagó. Era ella, como en la foto pero no la de la foto. No vio los ojos pero era ella. Las cejas marcadas, la frente limpia, los labios perfectos, la piel esperada.


 "¡Por fin, mi amor! ¡Por fin!"


Ella dijo "mi amor" y el se perdió. Se desbandó en convulsiones aguerridas contorneándose dentro de un ser que lo sentía vibrar para ahogarse en un mismo grito. En un mismo orgasmo. Sin luz, sólo con el tacto tibio de la pasión desencajada, ella lo sintió venir y volcarse. Lo aceptó feliz y agradecida mientras sentía escapar su universo en jugos y calambres.


Hablarse. Comunicarse. Detallarse en un reducto sutil de palabras, era la siguiente prueba. El siguiente paso del acuerdo virtual que los encerró en esa habitación.


 "¿Será normal sentir tan propia tu piel? Tan exactamente hecha para mi placer. Tan íntimamente deseada y permitida."


Él conocía de antemano esa facilidad de ella para poner en palabras sentimientos complicados. Esa inteligencia afectiva lo seducía tanto o más que las palabras calientes o los recursos morbosos que estrenaran en la Red. La escuchaba embobado.
Embelesado y absorto. Incapaz de sustraerse a la necesidad que lo mantenía amarrado a su cuerpo, enredado entre sus piernas.


Pensó en llorar, pero la felicidad tiene sus límites. Creyó entender, aunque no tuviera dudas. En esos dieciséis metros cuadrados, a oscuras, lejos de sus vidas y de sus rutinas. Lejos de sus otros amores y de sus mezquindades, lejos de los cielos y de las tierras. Lejos de la realidad, aún ocurría la esperanza.







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