Sex. Free.
Fecha Thursday, 16 January a las 12:14:35
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Amé a Elisa.

La amé como se aman las necesidades. Como se ama el deporte. Aún más.

La amé sin ningún criterio ni celo. La amé indistintamente, de izquierda o derecha, de arriba o de abajo. De día o de noche. Sin preocuparme por nada, y por nadie.



Simplemente sentí que podía amarla a pesar de no ser el único. Amarla sin la esperanza, ni el deseo, de ser el definitivo. Amarla, quizás, por ser ninguno y el que quisiéramos.

Nos vimos por primera vez el día en que aquél no se animó a desflorarla. Este hecho, a todas luces estúpido, habla de nuestra infantil adolescencia, Elisa era demasiado buena para ser cierta. Para ser alcanzable. Para ser posible.
Era demasiada mujer para cualquiera de nuestros diecisiete años. Y nuestra presencia testicular, testimonial, jugó en contra del coito anunciado.

Esa tarde no me reí, (creo que fui el único), por su imposibilidad de consumar. Sus ojos llorosos y la cara, roja en vergüenza, del amigo me pusieron de su lado. No cambiamos más de cuatro palabras, entre las que dijo que yo era el único “caballero”.

Actor, tendría que hacerme actor, pensé.

En otro tiempo nos conocimos. Después hablamos. Después bailamos. Después ella se enamoró. Después se casó. Después no la vi más.

Y no la extrañé. Ni la quise.

Nos cruzamos, una vez más, en un malecón olvidado en la costa Bonaerense. El viento terminó de alejarnos, como zombies, programados, tras una mirada furtiva y un reconocimiento anónimo. Nada más de ese verano.
Las historias, mis historias, empiezan en invierno. Cuando su voz desconocida me felicitó desde el teléfono.

La razón, primero, impuso una autocrítica.
Muy pocas mujeres pueden tener ganas de saludar por mi nacimiento. En todo caso más recordarían ese hecho para poder deshonrar la memoria de mi madre, así que mi sorpresa inicial ahora era franco sarcasmo. Y valentía.

Negociamos una cita en el frío de Buenos Aires, alrededor de las 1900 hs, cuando sin decir noche, la tarde es oscura. Elisa trajo su novela matrimonial de sexo irreprimido e irreflexivo. De celos violentos. De pasión primitiva. De revólveres bajo la almohada. De cópula obscena. De embarazo extrauterino y temor. De miedo y operaciones.
Desentrañaba un relato donde el policía seductor y valiente concluía ruin, soez e iracundo, sometiéndola. Vejándola. Donde el amor se trocaba en un terror nocturno de soledades y súplicas, de besos calibre 38, corto. Y de lengua lamiendo el cargador.

Mi alma quijote no necesitó más. Antes que sus lágrimas afloraran, yo tenía un nudo en el pecho que únicamente podría desatar si la besaba.

Sería injusto decir que ella se apoyó en mi para sostenerse y vivir. Mi vida no era más que un trabajo mal pago, la ausencia tanguera de mi vieja, algunos días de estudio, las viejas amigas que iban y venían, (más iban), y sesiones más o menos continuadas y adolescentes de paja en funciones vermú, matiné y trasnoche.

Entre los pedazos de los dos no armábamos uno.

No hubo acuerdos tácitos, ni pactos. No eran épocas de declaraciones, o seducciones trabajadas. Un ascensor lento, una parada, un beso.
Y el gusto de su sexo palpitándome en la boca. El regreso, su boca, la mía y el sonido último de su boca sorbiendo.
Sólo eso para empezar.

Y no mucho más.

Nos buscábamos cada vez que el dolor se volvía insoportable, (morfinas previas a la extremaunción), sin otra consulta que saber si aún nos teníamos. Por arriba de las relaciones que tuviéramos, por encima de otro deseo y otra voz. Después de nuestras citas formales y antes de nuestra próxima obligación.

Una madrugada dijo que me amaba. Y que se iba a España.

Me besó. La besé.

Y fue.







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