EL REFUGIO
Fecha Tuesday, 07 January a las 01:08:12
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




A su timidez no le es fácil encontrar en esta ciudad un refugio que la ampare del frío de agosto. Debe protegerse además, de los equívocos que despierta en los hombres una mujer sola que entra a un bar. De esos como hay en los barrios, con mesas sin mantel y luces amarillas.

Tiene que hacer todo un esfuerzo gestual para demostrar sin dudas que no hay mercadería en oferta, sino que lo único que pretende es un pedacito del lugar, con la mesa, la silla y la privacidad que le corresponde. Y la atención imprescindible del mozo, claro.
Hoy su intención es, tan sólo, perder el tiempo, aunque suela aprovechar al máximo cada minuto. Pero hay circunstancias, como el espantoso frío afuera, que prevalecen sobre sus hábitos. Si tiene que derrochar sus preciosas horas, por lo menos que sea en la tibieza de un lugar anónimo, que no exija de ella la hipocresía de la sociabilidad.

La tarde hostilizaba con sus ráfagas de viento la calle poblada. Una de ellas dio en la puerta del bar y la abrió con fuerza. En el umbral apareció una figura que, luego de pasar, cerró con esfuerzo la puerta rebelde.
Sólo su cara estaba al descubierto y (¡por Dios!) unos ojos increíbles barrieron el salón buscando una mesa vacía. Asomó otra vez su timidez. Se escudó en su libro y pudo así observar ese rostro de rasgos fuertes cuyos ojos no se detuvieron en nadie (ni siquiera en ella, por suerte!). La meta del recién llegado fue una mesa vecina al lado de una ventana. Gran ventana de vidrio espejado por fuera. Muy buen lugar –pensó ella- para ver enseguida a quien, seguramente, estaba esperando.

Cuando el hombre entró en calor se sacó el abrigo y lo dejó sobre una silla. Al cabo de una eternidad llegó a su mesa uno de los mozos con el característico desgano en los gestos. Esos bares fuera de moda gozan de la falta de apuro de quienes trabajan en ellos, y los mozos presuponen que los clientes comparten ese gozo. Por eso, para tomar un segundo café, es necesario impostar una seria e insistente mirada y dirigirla hacia la caja, para obtener así el ansiado segundo servicio o la cuenta. Muy conveniente cuando no se quiere ser molestada.

El hombre obtuvo por fin una copa de algo que parecía whisky, y sacó luego un anotador y un paquete de cigarrillos. No dejaba de mirar por la ventana y le dio la sensación de que no esperaba. Era nada más que un observador observado. Anotaba y levantaba la vista hacia las personas que, en infinitas situaciones, pasaban frente a la enorme ventana disimulada como espejo. Algunas veces movía los labios y pensó que hablaba solo, pero de pronto se hizo silencio en el bar y notó que canturreaba, ensimismado y borrándose en el humo de su cigarrillo.

En un momento lo vio reírse. Siguió su mirada a través del vidrio buscando el motivo y se topó entonces con un hombre que arreglaba su bufanda frente al observador y pasaba una mano por sus escasos mechones, ignorando por completo a quien estaba del otro lado. Bajó la vista para disimular la sonrisa que se le escapaba, pero él reía sin disimulo. Parecía divertirse mucho.

No se había dado cuenta de la vida que tiene una ciudad. ¡Tanta vida!. Nunca fue espectadora, hasta que este viajero (qué otra cosa podía ser sino un viajero sin más cámara de fotos que un anotador, y esos divagantes ojos transparentes y esquivos como el mar Caribe) este viajero, le manipuló la atención con sus manos intangibles, como si la tomara de los hombros y poco a poco la enfrentara con la vida exterior.

Cada tanto volvía a la orilla de esos ojos para sentirse segura y confirmar las sensaciones que le despertaba aquel nuevo mundo tan desconocido. Él, ajeno y volviendo a sus propias orillas, nadaba absorto en ese pedacito de ciudad, que también desconocía. Entonces, con otra fuerza, ella era otra vez devuelta al mundo.

Comenzó a llover. Era una lluvia mansa y abundante, y anochecía. Aparecieron imperceptiblemente las primeras luces en la calle. La claridad se replegaba y entonces surgía otra vida. Habitantes nocturnos cobraban sus dominios a esa hora.
A través del humo del cigarrillo, vio el rostro serio y triste del observador. Tenía la vista fija en una mujer joven que se ofrecía a los hombres que pasaban. Siempre consideró a esas mujeres como algo abyecto y sin embargo, esa noche sintió que las comprendía mientras acompañaba sus intentos desde lejos, como si fuese ella misma quien se ofreciera. Niños pidiendo frente a los autos que paraban y grupos de personas, tal vez familias, hurgando en las bolsas de basura. Todos ellos habían pasado siempre a su lado sin rozarla. Ésta era la primera vez que tomaba conciencia de que estaban y eran reales.

Su viajero observaba y anotaba. Sacaba sus propias fotos de una realidad que no era la suya, y la analizaba desde su trinchera. Parecía tan sereno...

Se hizo tarde. Casi no había gente en la calle y el bar estaba silencioso. Las luces del salón se hicieron más tenues, y recién entonces vio que alrededor había sólo mesas con sillas encima y un par de apáticos mozos barriendo. No hizo falta más. Ya no encontró excusas. Se abrigó todo lo que pudo, salió al frío y miró a la ciudad con otros ojos. Se dio cuenta de que si era su ciudad, debía enfrentarse a ella y dejar de ser observadora de segunda mano para salir a tomar parte en la escena.






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