Presentación espontánea (pm16)
Fecha Monday, 02 December a las 22:10:10
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Me presenté en forma espontánea. Estaba de guardia la oficial Pantano. Aún me goteaba de sangre la camisa, no podía mover el hombro. Pude haber aducido locura, emoción violenta. Algunos antecedentes familiares me habrían justificado. Pero no lo hice, ya había cruzado el portal del infierno.



Me senté, me convidó un cigarrillo que le pidió prestado al suboficial Martínez. A medida que aterrizaba, me comenzaba a temblar la barbilla, faltar el aire, trabar la lengua, brotar las lágrimas. Alcé las muñecas para que me calcen las esposas, le entregué el arma homicida envuelta en una toalla. Llamó al subcomisario y al juez de turno; colocó una hoja foliada en la vetusta máquina de escribir; puso cara de piedra y empezó a transcribir mi declaración completa:

 

"La conocí en un chat. Me invitó a conocerla. Nos encontramos en un bar. Yo fui con el único pantalón que tenía, ella bajó con su abrigo de piel de leopardo de un Mercedes. Intenté levantarme para irme; no tendría para pagar el café que ella pediría. Me miró con sus enormes ojos negros. Me puso una mano en el hombro y me empujó nuevamente hacia la silla. Era bastante más joven que yo. Llevaba un grueso anillo de oro en el anular izquierdo que no escondía. No era el personaje azul del salón virtual. Pidió algo en francés que no entendí. Ya la conocían.

Bebí mi gaseosa, me transpiraban las manos, me venían eructos indeseados. Ella bebía su café lentamente, mientras se pasaba la lengua por el rojo labio inferior. Me guiño un ojo. Alzó la mano izquierda, pagó las cuentas. Donó el vuelto. Subimos al auto sin habernos saludado.

Me acurruqué contra la puerta buscando la grampa del cinturón de seguridad. El parabrisas se comía los semáforos rojos de las avenidas. Buscó un pañuelo de papel de la guantera, sin dejar de apretar el acelerador. Entramos al Acceso Oeste. Estabamos a punto de Match 1. Se levantó el vestido, abrió las piernas, se secó la vagina y me lo regaló. Yo esperaba, desde la lona, el sonido de la campana.

El portón del country se abrió solo. Le abrieron la puerta del auto, le tomaron el sacón y el bolso. Me sentí un chico mendigo. La taquicardia no me descendía. Le seguí el rastro de perfume como un perro callejero. Despidió al valet, llamó a la mucama. Una rubiecita de unos 16 años, ojos claros, piel muy blanca, muy delgada pero estilizada, pechos casi desapercibidos. La saludó amablemente. La acercó asiéndola de la cintura, le tomó el cuello y la nuca, clavándole los dedos de la mano izquierda. Con la otra le levantó la pollera del uniforme, se la deslizó entre los glúteos, mientras le daba profundos y frenéticos besos en la boca. Hasta que la hizo ponerse de puntas de pies, tratando de aliviar el placentero dolor que le provocaba el dedo mayor con el que trataba alzarla como una res. Hasta que la niña pronunció una palabra clave, que no entendí. La hora referee.

La dejó, le volvió a dar un beso en la mejilla, la miró alejarse, mientras se lamía el dedo como un chupetín. La niña, acusando un dolor agudo, pero riéndose, caminaba con un poco de dificultad. Desapareció por una puerta y reapareció vestida de cofrade de vestal, antes de que yo pudiera entender la escena. Le preparó la habitación, más grande que mi departamento. Podía aspirar los vapores aromáticos de las sales del sauna privado. Me estaba orinando encima, de ganas, de incertidumbre, de terror. Hice un gesto inequívoco de piernas. Alzó una palma supina y me invitó a pasar al baño. Cerré la puerta. La ventana era demasiado pequeña como para escaparme. Tomé aire, me sacudí el prepucio. Lo miré, era la primera vez que se me quería esconder detrás de los pliegues. Siempre hay una primera vez para todo. Bueno, portate bien, le dije resignado.

Salí. Me estiré el pulóver hasta la nariz, tenía olor a cigarrillo barato. Levanté la vista y la muchacha me señalo el sauna. Pensé en Marcel Marceau. Me pidió calma poniéndome una mano sobre el pecho. Me ayudó a desvestirme. Dejé que me acariciara sólo para que no piense que era impotente, pero el enano no despertaba. Se arrodilló delante mio y me tomó examen. Al fin sonó el despertador.

  • No te preocupes a todos les pasa lo mismo al principio. Me dijo.
  • Menos mal. Le contesté, con el mismo convencimiento que tiene el penado que en lugar de horca le toca guillotina.

Me acosté sobre las tablas, el vapor me exudaba los cigarrillos de los últimos tres días. Ella descansaba en la cama de enfrente, con la toalla cruzándole un pecho y tapándole la pelvis, mientras leía Carrie. Pude observar que a pesar de algunas marcas del tiempo no había bisturí. Luego de un buen rato (a mi reloj barato se le empaño el visor y no pude saber cuanto), dejó caer la toalla al piso y arrojó el libro contra las piedras rojas, que se prendió fuego como el salón de baile. Se levantó, me tomó de la muñeca como a un chico y me llevó al Jacuzi. Me recordó el azufre ardiente del infierno del Dante. Nos sumergimos. Rompió el silencio.

  • ¿Un whisky?. Me preguntó.
  • No, gracias, no bebo. Le contesté.
  • ¿Una chala?
  • Menos.
  • Que aburrido. Mientras, me frotaba el escroto con el pie derecho.
  • Aburrido, pe... pero consciente. Le contesté, estirando la mano para levantarle el pecho derecho.

Llamó a la chica. Vino con su túnica, casi totalmente transparente, que dejaba ver su contorno adolescente. Nos trajo un par de batas blancas.

Salí del piletón un poco excitado.

  • Ahí va mejor. Me dijo ella, mientras me miraba a través del fondo del vaso.
  • ¿La chica va estar presente todo el tiempo?. Le pregunté.
  • Eso depende de tus gustos.
  • Prefiero la intimidad.

La joven se retiró mordiéndose la carcajada. Yo sabía que estaría afuera de guardia y observando cada movimiento mío.

Pasamos al dormitorio. Afuera comenzaba a llover.

Me saqué el anillo de la nariz que tenía engarzado desde su aparición en el café. Me dio la espalda. Le deslice la bata por los hombros, el estremecimiento le hizo latigar el cuello. Crucé los brazos por debajo de sus axilas, apreté sus omóplatos sobre mi pecho, le rocé suave el glande entre los glúteos, mientras le acariciaba suavemente los pechos. Quería bajar los decibeles. Llevar el vértigo a la zona de la dulzura, mi territorio, el único que conocía.

Entendió el código, se colocó la máscara de niña dulce. Se volcó sobre la cama en posición fetal, como una doncella temerosa de entregar su secreto. Le descontracturé el cuello, la espalda, la cintura, jugué con su piel blanca de leves rollos cuarentones. Le comencé a contar con la lengua cada vello que montaba guardia sobre las vértebras, desde el cuello hasta cada hueco poplíteo. Interrumpí su deseo que la hundiera en el canal de la mancha. Pasé a masticarle cada dedo del pie. A besarle planta, tobillo, empeine. Se los dejé a su tiempo, haciendo que rebotaran sobre el filo del colchón doble. Le maceré los gemelos, los cuadriceps, rescaté cada músculo de sus piernas como de un libro de anatomía. Me senté sobre sus rodillas. La mano izquierda hundiéndole el cuello suave pero firme contra la almohada, la derecha haciendo una escala de black metal sobre sus costillas, la bajé por entre las piernas buscando sintonía, abriéndose paso entre los labios, buscado con la yema del índice el promontorio de su clítoris. Se le erizó la espalda como a un gato, pero le sujeté con más fuerza el cuello y las rodillas, le apretaba la vulva como un limón que no dejaba de gotear. Hice varios replays. Cuando se agitaba volvía a contarle los pelos de la nuca.

Cuando ya no pude contener sus cabezazos contra la almohada. Me levanté de sus rodillas y la giré rápidamente con los pechos hacia el techo. Le puse los talones colgándole al nivel de las orejas, le apoyé la cintura sobre mis rodillas y comencé a libarla como un colibrí, hasta que le desaté todos los huracanes. Se quedó sin aire, se le secó la garganta y la dejé un momento.

Se volcó hacia un costado, se enroscó como un bicho bolita y terminó ella sola el último orgasmo. Respiró varias veces con la boca abierta. Se secó la frente con la bata, me hizo una falsa mirada torva y se abalanzó sobre mí.

La quise besar en la boca.

  • No me vengas con pelotudeces. Me dijo.

No me hizo ninguna caricia. Claro, yo no estaba allí para recibirlas. Me volcó sobre mis espaldas y se la tragó hasta la garganta, me mordía, me rodeaba con las dos manos, apretándomelo de manera que el glande parecía que fuera a explotar como un globo, me lo azotaba con la lengua.

Pero no me gustaba. No me gustaba la forma violenta que ella concebía hacer el amor, o eso que estábamos haciendo, pero clavé las uñas contra las sábanas. Y me bebió cada erupción de geiser, sin dejar que nada escape de su boca. Levantó la cabeza, y un hilo viscoso le cayó sobre el pecho, levantó la cara hacia el techo y se lo tragó con el último sorbo de su whisky.

Vaya novedad. Me sentí un cordero desollado. En tres minutos deshizo la magia de azúcar que yo quería imponer. Me quedé inmóvil mientras ella se dejaba caer de espaldas sobre las sábanas, con los tobillos debajo de los muslos, con la pelvis hacia arriba, abriendo y cerrando a voluntad la vagina, invitándome y relamiéndose la boca. Sabía que me costaría recomenzar. Lo supo, se levantó, puso música de saxo y me hizo una danza autoerótica de pie sobre la alfombra. Yo sólo quería que la aventura terminara. Traté de componerme pero no pude.

Llamó a la chica. Le trajo dos rayas sobre un espejo, las aspiró y me miró. Comenzó a reírse histéricamente.

  • ¡Traelo!. Le ordenó a la muchacha.

Yo no sabía de que hablaba. La chica trajo a un hombre inválido, desnudo en una silla de ruedas, que lloraba y suplicaba. Se trepó, apoyó las plantas sobre el apoyabrazos, se acuclilló, se levantó la túnica y lo orinó. A pesar que parecía una nena frágil, lo levantó y lo arrojó violentamente contra la cama. El cuerpo mórbido rodó informe sobre las mantas y golpeó la cabeza contra el hierro del respaldar.

Ella la retira tomandola del antebrazo, se trepa a la cama, se sienta sobre el hombre, poniéndole la cara entre sus piernas. Asiéndolo del pelo, le frota la cara contra la vulva.

Así, así, papito, así me gusta. Hagámoslo como antes. Como siempre fue. Dale no seas odioso. Le decía, mientras el hombre sin poder respirar, abría los ojos en súplica.

En principio quería que todo este horror terminara e irme los más indemne posible, pero no pude contenerme.

  • Dejá a ese pobre hombre. ¿No ves que no se puede defender? Le dije.
  • Sos el primero que dice algo así. Siempre participan de la fiesta. Me responde con la cara deformada por la cocaína.

Lo toma de los tobillos y lo vuelca violentamente boca abajo, lo arrastra, le deja las rodillas colgando del colchón. Me di cuenta que yo estaba tan desnudo y tan indefenso como él. No sabía que había detrás de la puerta.

  • Mira que lindo culo, cojetelo.

El hombre berreaba de terror, haciendo súplicas sin sentido.

  • ¿Porque le hacés eso? ¿Quién es? Dejalo en paz. Le dije.
  • Es el hijo de puta de mi marido. Tuvo un ataque durante una de nuestras maratones de sexo. Y ahora, encima de no cojerme nunca mas, de puto que es nomás, se atrevió a plantearme el divorcio. Y yo soy tan buena, que aparte de no abandonarlo le consigo amantes.
  • Si querés te lo hago a vos, que es lo que estás deseando. Nunca a un hombre. Le conteste, perdido por perdido.
  • ¿No pensás hacerlo?. ¡Mirá que lo que tengo en mente es peor!
  • Nada es peor que la muerte. Le conteste, pensando más en su amenaza que en su delirio.

La chica se montó sobre la cintura del hombre, con ambas manos le abrió los glúteos. Ella, mientras la chica no dejaba de escupirle el culo, le metió primero un dedo, y sin saber como, luego toda la mano y la muñeca. El hombre no dejaba de gritar, lo más desesperado que sus débiles pulmones le permitían, pidiendo auxilio.

Dejé de pensar en mi, dejé de mirar por donde escapar y traté de ayudarlo, quitándosela de encima, que le hacía frenéticos movimientos dentro del vientre.

La tiré de los hombros. Sacó su mano sucia y ensangrentada, mientras caía sobre la alfombra. Se incorporó y se abalanzó sobre mí. Mientras yo trataba de sujetarle con fuerza las muñecas. La muchacha me golpeó la nuca y las piernas con un bastón. Caí de rodillas pero no perdí el conocimiento. Aflojé la tensión de mis dedos, se zafó y me pasó la mano por la cara.

Ahora luchaba por mí. Suspendí mi noción de que eran mujeres. Me incorporé, le clavé, furiosamente, una rodilla en las costillas, algo se quebró. La otra se me abalanzó, pero tuve más cintura, me esquivé, pegó de lleno contra el ventanal destrozándolo y cayendo contra la explanada dos pisos abajo. Ella se me escapó cuando me quedé mirando con terror el cuerpo tendido de la chica, sentí el golpe de un objeto en el hombro, que debía haber sido mi cabeza, pero reaccioné, se lo quité y sin pensar, le golpee en la sien con él matándola.

Me llamó la atención que durante todo ese tiempo nadie más acudiera. Hasta que el valet se cruza debajo de la puerta.

  • El señor ya se va. Necesita algo de él. Le dice al hombre mientras lo levanta, lo acuesta y lo arropa.
  • No. Nada. Dígale que muchas gracias. Dijo el hombre, con un hilo de voz.

Y me franqueó el paso, mientras yo trataba de recoger mis zapatos, mi único pantalón, la camisa ensangrentada y el pulóver.

A mitad de escalera, el valet me llama.

  • ¡Señor, señor... caballero!. El señor de la casa dice que le regala esto.

Era esta estatuilla de carrara con la réplica del Nacimiento de Venus, ahora ensangrentada. Es el arma del homicidio"

 

La oficial quitó la última hoja de la máquina. Pero no me las dio a firmar.

El comisario con el hombro apoyado en el marco de la puerta, con la corbata desanudada y fumando tranquilamente; me miraba con desconfianza, indulgencia y una cierta incredulidad. Hace un largo silencio y reacciona.

  • Esperemos primero, a ver si hay denuncia. Le dice a la oficial.
  • La oficial lo miró, asintió con la cabeza, guardó las hojas encarpetadas dentro de un cajón, lo cerró con llave. Hizo una pausa y me miró.
  • Venus y cocaína. Una muy mala combinación. Me dijo.






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