Paula del pilar Azconzábal
Fecha Monday, 25 November a las 16:24:07
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




¿Cómo había llegado a ese departamento de la calle Arroyo aquella noche de calor degradante? ¿Para qué engañarme con falsos rodeos? Fue siguiendo la sonrisa de una morocha llamada Paula. Los amigos de unos amigos me la presentaron en el cumpleaños de Diego Iñaqui, quien hasta entonces era un perfecto ausente entre mis conocidos.

Paula me impactó de inmediato -ahora me pregunto cómo pudo hacerlo en tan grande medida-. Su cara, hermosamente salpicada en sus apenas asomadas mejillas por algunas pecas que se resistían a abandonarla, reflejaba la despreocupación de una adolescencia postrera, su cabello negro, largo y sedoso, brillaba esa noche para mí, la sonrisa era una prolongación de su boca fina, toda ella era suavidad e invitación, o así me parecía y, hasta lo que en otra pudiera ser defecto, en ella se me antojaba interesante, me refiero a ese cuerpo esbelto de alambre lustroso, solidario de rectas inoportunamente trazadas, me refiero también a su alma desocupada de pensamientos metafísicos y repleta de preocupaciones vanas. Esa mujer magra se filtró en mi fantasía ese día sin saber yo de donde extraía la fuerza de su persistencia. Imaginé tantas noches su presencia cercana y su mirada tan abierta clavada en mí como el día aquel cuando la conocí, imaginé atraparla y rodear ese cuerpo que se insinuaba apenas, pensé como crujiría entre mis brazos su fragilidad, como se ablandaría esa osamenta hasta hacerse cartílago en mi hoguera. La imaginé a mi lado en todas las temporadas, en verano evaporándose al sol, dejándome el recuerdo de sus prendas más íntimas, en invierno desaparecida en pulóveres y abrigos oscuros, mimetizándose en un otoño grisáceo entre las ramas caídas de árboles callejeros, o, sosteniendo flores blancas primaverales junto a su cara angulosa e igualmente pálida. Hoy, lejos ya de ese cumpleaños y de los meses posteriores en que mi pesar fuera su falta compensada en mi soledad con el favor de su sonrisa retenida, no alcanzo a descifrar su misterio ¿Cómo podía con tan poco perturbarme? Quizás, con el secreto de toda mujer que, por extraño que parezca, es percibido sólo en algunas que se presentan inexplicablemente únicas, el secreto de su promesa. Toda mujer reduce su encanto a una promesa que, por supuesto, jamás ha de cumplir, de eso se trata el amor, buscar algo sospechado y oscuro, insistir en correr una capa sutil con la osadía del aventurero, desear lo imposible; toda mujer debe defender esa impostura que es su derecho natural, la de presentarse como el remedio a todo mal, sagrada y perfecta ¿Cómo llega a constituirse tal o cual en tan sublime impostora a los ojos de un hombre? Ese es el misterio del hombre. Más discernible es, en cambio, como tras los primeros fulgores, precoces de alientos nuevos y denso en fantasías y ocurrencias, ese monumento a la esperanza comienza un proceso, a veces lento y otras abrupto, de declinación irreparable, de corrupción sin punto límite.

La huella de Paula me obligó a encontrarme con ella, presentida debajo de su vestido azabache que la espigaba a más no poder, esa noche de verano, en lo que era, según creo, el departamento de su tío Juan Antonio, en una fiesta cuyo motivo -nimio de seguro comparado con el de mi presencia en ella- decidí olvidar o nunca saber con certeza.

Me encontraba en medio de extraños, entre conversaciones ajenas, frente a una exposición de prendas elegantes de mujeres estiradas y finas -expresiones válidas en varios sentidos- y de hombres arrogantes ensobrados, algunos, en trajes que bien valían el salario de un empleado bancario o luciendo pañuelitos de seda al cuello cubriendo papadas indecentes. La juventud presente participaba de esa ambición de elegancia que decora a cierta élite, las chicas como Paula no dudaban, en aquella reunión, en menear su escualidez con indisimulado aspaviento, como si desfilaran por una pasarela, bajo vestidos largos que permitían conjeturar su armazón de agujas.

El champán era lo que hacía más llevadera mi estancia, pues a esa altura ni siquiera podía retener el andar de Paula en mi retina, desaparecida entre canapés y entusiasmados familiares y conocidos que se dignaban ignorarme. Junto con esa especie de desprecio al extranjero creí percibir la sinrazón de mi presencia, principalmente por el descuido que de mí hacía gala ese mimbre que me estremecía al acercarse y que ahora se agitaba tan lejos como el bambú de oriente.

La profundidad es el privilegio de los muertos, por eso pronto preferí compartir con ellos -al menos parcialmente- el derecho a ser ignorado por los vivos, todo lo enhiesto atrae y para no absorber más miradas despiadadas, salvajemente compasivas apuntando a ese blanco fácil que era la inocuidad de mi figura, decidí que un solitario sillón, momentáneamente, me cobijaría como en una trinchera debajo de la línea de la cintura, en el prohibido territorio de la indiscreción. Estuve así un largo rato, inoperante y vacuo -como todos los presentes- con la licencia que otorga la observación desinteresada ¿Por dónde andaría Paula? Ese pensamiento me invadía de a ratos, cuando no me dejaba distraer por el grito pasajero de algunos niños -los cuales, constaté con horror, se encontraban, para mi desesperación, a mi altura-, o la inspección del piso de madera pulida salpicado por algunos huidizos mendrugos o encerado con crema por esos mismos niños.

Y entonces sucedió lo fantástico, casi cuando el sopor se llevaba los últimos restos de mi conciencia, una mano fría y huesuda me tomó la diestra y oí a nivel de mi oído como un susurro: “¿Salimos al balcón?”. Cuando reconocí la voz y la imagen de Paula a mi lado creí que mi corazón reventaba y que recalentaba mis venas hasta hacer que mis ojos se expandieran peligrosamente en sus órbitas. Luego de un torpe silencio, ese silencio de estupor frente a lo inesperado, me incorporé diciéndole amablemente: “Por supuesto, vamos”. Debí reaccionar con una frase más imaginativa y aguda, las oportunidades son únicas en el amor, igual que en el juego, una frase ambigua y cautivante en ese momento podría haber disparado resortes contenidos o insospechados en el corazón de Paula, de todas formas, mi inocente ineptitud, lo más probable que hubiera logrado, al intentar cautivarla, habría sido una expresión digna de un baboso merodeador de fáciles conquistas e indigno de Paula, la prudencia se me imponía como un freno, más que a mis pretensiones, a mi propia ineficacia. La mano de Paula, larga zarpa de ave cazadora, contenía la mía que empezaba a humedecerse con un sudor delator. Por suerte el balcón estaba cercano y al llegar a él un cielo leonardesco, brumoso y sugestivo, empañaba una luna redonda, remota y turbia que parecía flamear entre nubes cual estandarte de guerra. Solos los dos, ya acodados en la baranda o mirándonos a corta distancia, parecíamos, a mi ver, los destinatarios exclusivos de un canto, de una poesía tal vez, intuida y aún no descifrada. Paula dejaba caer su cabeza hacia un lado o hacia el otro como si sus sienes le pesaran y así permanecía mirándome con esa languidez estática de una Venus cautivante, llamándome desde otra dimensión. Su cabello oscuro y sedoso caía en cada movimiento perpendicularmente a un horizonte imaginario que la tenue claridad lunar destacaba en una escena que me impresionó por lo impúdica ¿Qué podía importarle de mí? A esa altura un hombre no puede hacerse tales preguntas porque pueden ser fatales. La duda, la incertidumbre acerca del pensamiento femenino, es una invitación al desaliento. Debía yo en esos momentos evitar tales cavilaciones, ella estaba ahí, conmigo, había elegido ese momento para gastarlo con este advenedizo en su mundo, en la economía de sus días. De pronto todas mis sensaciones anteriores habían cedido lugar a sus opuestas, poco antes me sentía ignorado por su bello descuido, ahora, a mi lado, sentía que sólo vivía para mí y no era esta una exagerada idea ¿Qué es la vida sino un instante? Yo podía estar seguro de que el plan eterno fijado para Paula había concedido, al menos por ese momento, que compartiéramos un cielo nocturno, que me regalara solamente a mí su sonrisa cautivante, que únicamente mis ojos vieran el pliegue de su estampa bajo el negro vestido, que por un mágico momento toda su voz fuera mía ¿Qué podía ofrecerle yo a cambio? Apenas palabras sueltas, sin gracia, interrogantes e informaciones, nivel comunicacional, nada más: “¿De quién es la casa?”. “¿Quién era aquél o aquella?”. “Yo estuve en Viedma”. “Trabajo en un comercio, no estudio” ¿Cuál es el puente que conecta con artística y delicada gracia, sin violencia alguna, un nivel puramente informativo con el otro, más profundo, el de los afectos, el verdadero, el que realmente nos une o separa? Tal vez las palabras sean más obstáculos que puentes, tal vez las miradas son las puertas que abran las intenciones, tal vez el paso al frente estrechando inútiles distancias alcance a ser toda una declaración, tal vez el atrevimiento de un roce denuncie más que el discurso ¿Por qué no? ¿Después de todo no había sido ella quien había elegido el lenguaje del cuerpo, tomando la iniciativa, atrapando mi mano exánime para conducirla hacia un paraje solitario e impensado en esa reunión absurda? Estas ideas revoloteaban sobre mí, en tanto, me avergonzaba como si Paula pudiera leerlas en mi mente ¡Atrevimiento! Esa es la medida por la cual se diferencian los hombres. Cuando uno se pregunta cómo ha sido posible que tantos locos, fanáticos, ignorantes e inservibles hayan decidido el rumbo de la humanidad torciendo el más racional de los planes para desesperación de quienes confían en el sentido del universo, la única explicación es que la exclusiva ventaja que estos infames han ofrecido sobre los más capaces y honestos ha sido simplemente su desvergüenza y temeridad. Es la pasividad de los buenos y los capaces la que ha hecho de la tierra un mundo de calamidades e injusticias, por desconfiar de sus propias ideas y fuerzas, por no prever el desastre que augura su indolencia han dejado calles desiertas para que cualquier tunante las embandere. Pecados de omisión, ventaja mezquina del anonimato, comodidad disfrazada de cinismo, asepsia jactanciosa e ineficaz ¡El mundo es de los que se atreven! Ambiciosos que eliminan el incómodo sempiterno deseo para convertirlo en hecho, posesión, dominio. Ahí estaba Paula, para mí, en ese tiempo de gloria que me estaba reservado, esperando el lenguaje imposible del sentimiento que yo no podía más contener. Me alié al silencio para que mis ojos le hablaran y en ese apareamiento imperceptible quise descargar mi pasión idólatra recién nacida. Una voz interrumpió mi prematuro acto de seducción, solicitándola en forma clara por su nombre, Paula desvió su mirada de la mía para siempre tras un sonido varonil que la reclamaba como un llamado de otro universo profano que imprimía su huella de propiedad privada. Se disculpó y su educada excusa fue una daga fría que estremeció mi ánimo y retuvo mi aliento. Llamado a descubrirme en soledad, pintado -si no muerto- en un balcón ridículo de la calle Arroyo me vi reflejado en un espejo de la habitación como arlequín triste al que le han robado su laúd. Volví mi mirada hacia esa luna desdibujada e irreal y vislumbré que el horror y la poesía podrían ser tan cercanos huéspedes de esos paisajes como ahora lo eran de mi alma.

Me mezclé nuevamente entre los invitados, esta vez buscando la salida, ciertamente eso precisaba más que nada, atravesé cuerpos desprovistos de almas, aunque fragantes. Mientras esperaba mi abrigo volví la vista por última vez sobre el balcón y su cielo, no había más que borrosidad y tinieblas. Por su parte, Paula, como una imprecisa sombra en mi memoria, se desdibujó en la noche como un clavel negro.

Juan Brunetti







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