La lluvia
Fecha Friday, 15 November a las 23:52:56
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




La inclinación de la llovizna era sorprendente, se suponía que era el viento fuerte lo que la torcía y era más asombroso aun por lo copiosa tanto así que golpeaba vigorosamente al caer. Mirtha sentía frío y pensaba que podría estar en su casa tomándose una taza de té muy caliente, sin embargo el deber le imponía continuar su ruta previamente establecida. Por fin llegó al edificio y de inmediato se dirigió al ascensor. Tenía mojada su ropa una blusa roja que mostraba candorosamente las líneas convexas de la unión de sus senos.

El ascensor completó su capacidad máxima en pocos instantes y ella con el fin de evitar el frío del agua que goteaba de la ropa empapada de los vecinos instintivamente llevó su cuerpo hacia la pared posterior del cubículo y he ahí que se había ubicado de antemano un caballero cuyo rostro nunca lo olvidaría: Una persona muy seria, rostro blanco, cara ovalada, cejas pobladas un poco acarameladas que tenían una sensación lastimera. Aquel hombrecito pidió perdón en un tono muy quedo cuando sintió el apretón de la mujer. Ella lo miró de soslayo por varios segundos y de allí no se movió. El ascensor continuaba su marcha piso a piso sin disminuir el número de personas, pues así como bajaban también subían. Se le veía molesta cuando los pasajeros por efecto del viaje se movían de un lado para otro y gesticulaban palabras irreconocibles por lo que el hombrecito demostraba su cortesía arrimándose contra la pared procurando darle más espacio. Pero, enseguida, la mujer hacía un movimiento de vaivén y se presionaba, siempre de espaldas, contra la parte anterior del caballero. Así anduvieron durante seis u ocho pisos y el color de la piel del hombrecito fue cambiando de tonos rosado común a rosado intenso y luego casi enrojecido cuando tomó la iniciativa de voltear haciéndose a un lado pero mirándola directamente. De inmediato ella reaccionó haciendo lo mismo de modo que esta vez los dos estaban frente a frente. No obstante esta posición no se miraban fijamente, preferían mirar cada uno al otro lado y sus cuerpos siguiendo el vaivén del ascensor se rozaban a un ritmo cada vez más acompasado. Al rato se les notaba como dormidos tanto así que a cualquiera observador podría hacer pensar que la rutina los hacía adormilar.
Ambos llegaron al piso 33 en el cual bajaron. El hombrecito con disimulo acomodó su saco estirándolo por delante y por detrás, se fijó hacia donde se dirigía la mujer y se decidió por el camino contrario. Más bien Mirtha, se cerró el primer botón de su blusa roja, se estiró la misma, se sacudió la cabeza con un movimiento rápido a los dos lados y siguió caminando presurosa en dirección al departamento de su jefe sin dejar de apretar en su mano la tarjeta con el número telefónico de aquel hombrecito.






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