Veinte Segundos
Fecha Friday, 15 November a las 23:43:44
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




A mamá la habían enterrado ayer. A esta misma hora. O casi.

La pelota me llega recta desde mitad de la cancha, bombeada, llovida. Desganada. Cinco o seis metros afuera de la medialuna del área rival. Yo miraba hacia nuestro arco. El defensor contrario, el número 2, de casaca verde, está pegándose a mi espalda y con la mano se toma de mi camiseta número 11. La número 10 se la damos al Rulo, que es zurdo y eso impone condiciones. Además, él nos contaba que había entrenado dos veces con el Boca de Lorenzo en La Candela, Pero él jugaba para él.

El equipo jugaba conmigo.

En junio todo estaba bien; o casi. Cumplía veintiún años. Mama se reponía. Papa confiaba en repuntar con el trabajo. La facultad me salía fácil. Pero ahora es setiembre. Todo mal.

Retrocedo dos metros más para acercarme a la pelota. Le vi los ojos a Edu y se los leí, “No hiciste una hoy, la puta que te parió”. Y ese insulto a mí nunca me dolía.

A mi derecha Ze Sergio se desprende otra vez corriendo la cancha hacia delante, en busca de un imposible pase. Pero su fe en mi lo lleva igual. El Polaco, (Zsarmach); parado en posición de centrodelantero, como indica su número 9, me la pide. Ya le ganó la cuerda al otro defensor verde, (el 6), y se muestra. Anotó el empate. Va por la gloria del último minuto. Ruccu viene por su callejón de número 8 de frente a mí, de cara al arco para tratar de clavar la pelota en un ángulo.

Papá esta del otro lado del alambre. Callado.

Raro. No lo escuché decir ni una sola vez el “Corré Martín, destapate. Pedila. ¡Corre!”. Su frase de cabecera como Director Técnico. Ayer tampoco lo vi llorar.

Mi hermano esta en el auto, escuchando uno de mis cassettes. De los que a él no le gustan. Aburrido. Pero en casa, solo, no se quería quedar. La ausencia duele.

Él si que lloró.

Tocó de primera. Mi pié tocó de primera. O era mi intención. No lo sé. El toque, seco, preciso y precioso me llena el pie. Va exacto a la pierna derecha de Ruccu. Exacto de exactitud, velocidad, efecto, altura y cadencia. El defensor me suelta y retrocede para tapar el tiro. Tal cual pensé.

Giro y me acomodo mirando ahora el arco rival. Zé Sergio dejó de correr sorprendido en su buena fe. El Polaco sale del offside. Me mira mal. “La de goles que te hice hacer”, cartel luminoso en mis ojos. Entendió. Ya no lo veo a Edu, está a mi espalda, detrás del referí.

Metástasis en el lóbulo temporal derecho. Blastoma del tamaño de una naranja.

Eso decía el diagnóstico en la tomografía computada. Papá no sabe que quiere decir computada y se tuvo que enfrentar con los médicos. Menos mal que yo era mayor de edad y estudiaba. Yo entendía qué decían los médicos. Yo sabía qué era bomba de cobalto, quimioterapia, un coma leve, sopor. Pero no sabía qué era el dolor. No lo había aprendido en ningún libro. Papá no lo podía entender. Ni sabía qué hacer.

Ruccu vio que el defensor lo iba a tapar, amagó, y en el primer toque me la devolvió. Otro al que su fe en mi lo ciega. Un poco larga, lejos de mi pie, pero la alcanzo. A dos metros del área, mirando al grandote número 6 que dejó al Polaco y viene por mí. Inmenso el 6.

Zé Sergio reinicia su carrera pero se cruza en diagonal de izquierda a derecha. Le pasa por delante al 4 verde y lo va a pasar, por detrás, al 6 que se distrae. Un segundo. Solamente es un segundo.

La veía rapada. Estoica. Asistiendo a su propio dolor sin importarle otra cosa que mi gripe tradicional de julio. Hablando de mí, de los libros, de la facultad, de los cuentos leídos y por leer, del último año en la secundaria de mi hermano. De Papá y del trabajo.

Y de la fe. ¡De la fe!. ¿Fe en qué? ¿En qué puedo tener fe ahora? ¿De dónde puedo sacar ganas para tener fe? ¿A que Dios le puedo creer? ¿Quién decidió el final de mi adolescencia y me llevó, de los pelos, a esta adultez?

El costado externo de mi pie siente el contacto manso y entregado de la pelota. Levanté la cabeza y conté el segundo de distracción al 6. Mientras mi pie izquierdo se afirma en el piso, la cara interna justo al borde de la redonda, y se despliega la pierna derecha juntando la fuerza necesaria, pero ausente, para el pase en diagonal. En algún lugar mis ojos descubren al lineman decidido a levantar la bandera por la posición de Zé Sergio.

Se cansó de pelear. Dije.

A cualquiera que me preguntara durante el entierro. A los amigos, los compañeros, las vecinas. A los parientes. Entendí de esa manera que ella había hecho todo lo humanamente posible por resistir y aguantar. Que había estado peleándola hasta el final, pero no podía más.

Me mentía cuando recordaba qué hablábamos antes de cada sopor de 15 o 18 horas. Disimulaba cuando le preguntaba el grado del dolor en su cabeza. “¿Para aspirina Ma?” “Sí. Con la aspirina se me pasa.” Mierda se le pasaba. Después de la aspirina entraba en aquel sueño del ronquido suave, largo y tedioso. Aquel ronquido que la Negra, nuestra perra, parecía reconocer, subía a la cama y sentada, inmóvil, vigilaba el transcurso del sopor hasta el final.

Mi pié derecho decidió alcanzar el contorno de la pelota, acomodarse a su circunferencia y arrastrarla llevando y empujando el recorrido del pase. En el momento de expulsarla, justo en el punto final de contacto antes de despedirla. Justo en ese lugar, la pisó y la devolvió a mi línea. A mi carrera. El 6 trastabilló queriendo volver. El 2 tropezó con el Polaco que lo sacó a 3 metros, (sin foul), y el lineman se tuvo que meter la bandera en el culo.

El jueves me fui a trabajar y la vi vomitando.

Le grité un beso para que me oyera. Para no deprimirla viéndola débil y vencida. No podía, no quería que ella tuviera que darse por vencida delante de mí. Ella que me enseñaba que con la verdad no había porqué tener miedo, que no me callara, que no mintiera. Que fuera justo. Yo no le podía hacer eso a ella.

A las 14.00 cuando volvía del almuerzo, los chicos en la oficina me dijeron que había llamado Papá, que fuera a casa.. Que no me asustara. Que no pasó nada, pero que fuera porque había que hacer no sé que cosas con los remedios y las radiografías.

Mendacidad. Se lo había leído a un autor. Esa era la palabra. No era mentira era mendacidad.

A mamá la habían enterrado ayer, viernes. A esta misma hora.

O casi

Caído el 6, levantándose apenas el 2, y con el 5 corriéndome de atrás, entré al área. Pelota al pie, cabeza levantada. Desde el costado derecho veía a Papá abrazado al alambrado. A Zé Sergio, detrás de la línea de la pelota, haciendo fuerza como si fuera a patear él y al arquero corriendo hacia delante, hacia mí, con las manos a los costados tapando los ángulos para el tiro.

Me incliné sobre mi izquierda y abrí la cara interna del pie derecho despegándolo del piso, denunciando el remate allá, abajo, a la izquierda del arquero que se tiró a buscarla. Que se tiró a ganarse el título de héroe. A jugarse en la última salvada. A quedarse con la última pelota.

Lástima que no pateé.

La traje otra vez hasta mí, la volví a acariciar y me la quedé. Lo pasé por el costado, esquivé las piernas y caminando elegantemente por el área chica, me metí en el arco con pelota y todo.

No sé si me metí en el arco realmente, porque Edu desde atrás me levantó en el aire para llevarme erguido como el Cid Campeador en su caballo. Zé Sergio gritaba y me agradecía. El Polaco se reía con su risa polaca, tan blanca y durable. Ruccu me decía "¡Viste, viste, viste que te la di!"

El Rulo se mordía la camiseta que era mía y nunca iba a volver a tocar.

De repente, sin saber como, todos estaban arriba mío que lloraba y me reía como nunca más pude.

Lo miraba a Papá, desde abajo de aquella montaña que me aplastaba, y también lloraba.

Aunque yo solamente lloraba por saber que otras cosas se habían terminado para mí ese día.





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