Amanecí muerto esa mañana.
Fecha Wednesday, 13 November a las 11:33:01
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Amanecí muerto esa mañana. Me senté al borde de la cama. Pude ver a mi cuerpo, aún tibio, con una inusual mueca de satisfacción en el rostro. Un brazo saliendo de las colchas, rozando las uñas la alfombra. Quise cerrarme los ojos entreabiertos pero no pude.

¡El fin era esto!

Me paré mucho más ágil que de costumbre. Quise salir al balcón, pero no pude, una fuerza invisible me ataba aún a ese cuerpo.

Pasaban las horas y ya comenzaba a aburrirme. Alguien se daría alguna vez cuenta de mi ausencia. No podía levantar las sábanas, pero sabía que algo pasaba, cuando de mis antiguas comisuras comenzó a brotar una pestilencia azul. Es decir, suponía que era pestilente, aunque no lo podía percibir. Que otra cosa, que pestilente, puede ser una espuma azul de un muerto.

A la noche, sin cansancio ni sopor recordé que en mis sueños siempre solía volar con muchos esfuerzo pero a voluntad, me elevé pero tampoco pude superar el techo.

Esperé varias horas en vano, tratando de ver luces u oscuridades, suponía que alguien vendría a buscarme. Me entró el pánico cuando pensé que pasaría una eternidad como la temporalidad, aburrido, angustiado y solo.

Con un poco de esfuerzo pude ver el sol de un nuevo amanecer por la rendija de la ventana. De pronto un merodeador. El gato de doña Mariela que se asoma. Primero se abalanzó sobre mi cadáver pero me vió, se erizó y salió disparado, volcando todos los cuadros de la chimenea y rompiendo la vitrina.

El sonido a vidrio roto, atrajo a la vecina de 4ºD. Se cansó de golpear. Supuso que estaban robando y llamó a la policía.

Los "muchachos", a juzgar por el sol que caía casi vertical, llegaron antes del mediodía.

Me rompieron la puerta de roble lustrado de un tacazo. Me alegré de que no me hubieran encontrado 25 años antes.

Como siempre, haciendo gala de su fina intuición, gritaban a los cuatro vientos. Por fin a uno se le ocurrió abrir la puerta del dormitorio, y mis vapores inundaron todo el resto del departamento. Lanzó un vómito que mancho mi alfombra Peruana.

Pronto se pusieron en movimiento. Uno llamó al forense. Los otros recorrieron el depto a la caza de objetos que nunca figurarían en la pericia.

El forense no se tomó demasiado tiempo, determinó que no habría autopsia, infarto firmó. Volví a mirar mi rostro ahora hinchado y no me parecía haber muerto de eso. Pero en realidad ya no me importaba.

El oficial encargado, tomó mi agenda y comenzó a marcar números al azar, con la esperanza de encontrar a alguien que me conociera. En el edificio, los únicos que sabían mi nombre eran, el administrador y el portero; yo ni sabía el nombre de pila de la del 4ºD. No tenía mucha esperanza de que encontraran a nadie. Pero el morocho seguía dándole al tubo.

Al cabo de un rato, dieron por terminado el reconocimiento y me embolsaron en un plástico gris. Me subieron a la camilla y me sacaron del depto. Me despedí de mi cuerpo, porque pude pasar al living, pero no pude salir del departamento.

¿Qué me ataría a un lugar sin mi aprecio y gracia? Para colmo de males, mi vista empezó a fallar y comencé a no reconocer contornos. Con dificultad distinguía un ser de otro.

Una tarde, una mujer entró, supe que era mujer sólo por la pollera marrón, de su figura deduje que era una mujer muy joven. Lo que sí sabía era que no la conocía. Se paró frente a la vitrina, y a pesar que no la podía distinguir, claramente veía que los objetos que tocaba se iluminaban ya de rojo, ya de azul o verde.

Tomó el viejo retrato de Mirta, aquel viejo amor que nunca prosperó. Sólo fue una lluvia de verano. Intensa, cálida, refrescante, sofocante, vital y mortal. Se evaporó como el agua ante el sol, sin dejarme un arco iris.

 - ¿Y? ¿Te falta mucho Alejandra? Le dijo una voz que me parecía conocida, aunque algo más gastada.

- ¡Ya va... ya va... mamá!. Contestó la intrusa.

Guardó el retrato en su bolso. Sin que nadie le dijera nada. ¿Quien podría de otro modo?

 - Apurate que si tu padre se entera me mata.

Tomó el cenicero, pero lo volvió a apoyar exactamente como estaba. Tomó un viejo álbum más lleno de tierra y nostalgia que fotos, lo apretó junto a su pecho y lo guardó. Pude escuchar su llanto retenido.

No se como, pero comencé a sentir un torbellino que me arrastraba, pero aún le pude escuchar.

 - Bueno... vamos, mamá. No te hagas más problemas, mi padre no se va enojar.

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Nota: No tengo internet propia puedo tardar en recontestar. Gracias







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