Debajo del árbol
Fecha Wednesday, 13 November a las 11:15:22
Tema Cuentos, Relatos, Literatura






Pasaba sus días al sol y yo siempre la observaba cruzar debajo de la sombra del árbol.



Con curiosidad científica miré cómo se enamoraba de sombras fugaces, cómo sonreía cuando su felicidad era casi absoluta, la simpleza de sus alegrías, la fragilidad de sus sueños. Sí, la vi mientras se enamoraba. Por eso también conocí parte de sus miedos, un trozo de complejos que siempre cargaba consigo y hasta la vi llorar de tristeza mientras leía un poema que la hizo recordar que una vez había amado a alguien. Recuerdo que fue la primera vez que quise secar sus lágrimas por que yo había escrito lo que la hizo llorar.

El observarla de esa manera me llevo a conocerla aun antes de tocarla y creo que eso de alguna forma hizo que ella se fuese acercando a mi guarida de la manera más inocente e inconsciente que se pueda imaginar hasta que se produjo la corriente magnética que toda pareja crea y destruye de acuerdo a los caprichos del tiempo.

Ella como siempre suele suceder en las trampas de los sueños no estaba sola y yo me encontraba sin nada que amarrara mis instintos de aventuras.

La invité a salir sin creer que aceptara y aceptó. Pero yo no fui, no quise. Preferí especular como siempre hacía. Ni siquiera la llamé.

Y la reacción fue más o menos la esperada. La invité a salir una segunda vez en la que ella también aceptó y que yo tampoco fui. Por supuesto ella se molestó. Todo iba bien.

Mis disculpas fueron aceptables y fue entonces que sentí por primera vez un correntazo eléctrico cuando su mano tocó mi hombro. Me hizo estremecer y ahora tiempo después ya pensando fríamente estoy seguro que desde ese día pude estar seguro que esa mujer “Mi esperanza de invierno” se iba a convertir en el amor de mi vida y entonces el viento me susurró al oído que mis pasos estaban puestos en la tierra mientras miraba el cielo.

Hubo entonces una tercera invitación planeada, estudiada y cronometrada. No podía fallar.

Se iba a disponer de todos los elementos necesarios para realizar una conquista loable, del estilo del cine americano con actores italianos habría de todo hasta extraños y parientes incluidos para así evitar la evidencia de mis evidentes intenciones aunque estaban más que sabidas por que yo siempre cometía la torpeza o la franqueza de mostrar mis cartas.

Pero ahora la mala suerte se dispuso a no abandonarme. No pude presentarme, ni disponía de un teléfono para explicarle mi tercera ausencia y terminé por asesinar el tiempo a través de los vidrios de una botella mientras escuchaba “Mujeres Divinas” en la casa de un amigo. Canción que se estiró y mezcló con otras hasta volverse la tarde noche en un concierto de copas y humo de cigarro, acoplándose desde un corrido mexicano hasta un tango argentino.

Y corrimos sobre el tiempo alegre y melancólico del alcohol. Recordando futuros que ya habíamos olvidado y reconstruyendo pasados para volver a vestir sus olores de satisfacción, pues la memoria tiene la habilidad de olvidar. En ese momento lo que nos frustró fue hablar de nosotros sin llegar a hablar de quien somos.

Esta vez mi habilidad para pedir disculpas tenía un reto: una tercera falla sin excusas, ni razón. Me tenía que justificar con la habilidad de Mandrake y la desfachatez de un niño. Inventé que los teléfonos por alguna extraña razón habían desaparecido y suponía por todas las pistas del caso que pudieran ser víctimas del Capitán Garfio que andaba a sus anchas por que el Hombre Araña estaba volviéndose loco tratando de atrapara a Gatúbela y no pude llamar para decirle que la ciudad estaba en alerta pues se encontraba a punto de sufrir una lluvia de granizo de mil libras cada trozo y que el Salón de la Justicia me había enviado la ineludible invitación de asesorar a sus más ilustres científicos en la creación y diseño de un cristal que aumentaría los rayos del sol para que el granizo se derritiera en el aire y se convirtiera en lluvia. Y que si ella recordaba un poco, esa tarde cayó un aguacero con sabor a diluvio, sino apareció en las noticias fue para no alarmar a los ciudadanos que se entretenían en una actividad religiosamente hípica. Y aunque con toda seguridad no me creyó su sonrisa aseguró mis disculpas por tercera ocasión.

El cuarto movimiento fue brusco, repentino, ni siquiera yo lo esperaba y eso le dio un sabor de aventura que emocionó el ambiente romántico y loco de mis poesías.

Empezó en una conversación con un grupo de amigos sobre un viaje al mar a dormir en “La Casa de la Playa” que era de uno de ellos. Fue automático pensar en ella, me decidí a invitarla y sobretodo a que debía aceptar.

No pude encontrarla en su casa y entonces recurrí a su prima que era mi amiga (y por supuesto también tenía que invitarla) y me prometió encontrarla por mí, decirle del viaje, que era para el día siguiente y tratar de convencerla si ponía algún pretexto. O sea hasta ese momento tenía tres reinas y dos cartas de cambio.

Ella aceptó, me lo dijo el teléfono y yo no pude disimular mi alegría. Ahora mi plan había cambiado a no tener ninguno que era lo mismo que tenerlo pero con menos presión, sólo había una advertencia para el resto de la tropa que acompañaba la excursión: El que ose fijar los ojos en ella tiene entrevista fija con Rubén Darío esa misma noche.

La estuve esperando con la paciencia de un viejo que enniñece y para cuando ya mi paciencia estaba en pañales quería ver a mi juguete. Ella llegó dos horas tarde, el hola tenía cara de urgencia por que había que correr para tomar el bus hacia la playa.

Nos sentamos uno al lado del otro en medio de la mezcla de sonidos y olores que ese bus tenía y que aun recuerdo. Una niña vendiendo elote cocido, otra vendiendo melcocha, alguien gritó atol desde afuera del bus. Por dentro la fiesta era diferente habían sacos de arroz, maíz y azúcar arpillados uno encima del otro. En una cesta había un hermoso ramo de cebollas que se mezclaba entre otras verduras. El olor que producía confundido con los dos baldes de aceite era inconfundible.

Por ser el último bus estaba lleno. Todos regresaban al hogar después de una jornada corriente, para ellos a diferencia de nosotros era el viaje de todos los días uno podía notar el cansancio dibujado en sus ojos. Las pobres personas que tuvieron que hacer el viaje de pie no pudieron darse el lujo de una siesta.

Cuando llegamos a la casa se había creado una atmósfera bonita entre todos. Limpiamos la casa y empezó la cesión de cocina pero como hubieron voluntarios los que no cocinamos nos concentramos en alcanzar la espiritualidad que el estar ebrio te permite. Después de la tortura de la cena caminamos por la playa hablando de todo sin hablar de nada. Todos nos sentamos sobre la arena formando nuestro círculo de caballeros de la arena redonda. Yo había tenido la osadía de tomar su mano, sin consultarle, para recorrer la playa que de todas maneras quedaba en mi territorio.

Cuando volvimos a la casa ya el licor había soltado un par de demonios reprimidos y poco a poco cada cual fue buscando su rincón para quedar en el olvido de los ojos de todos. Yo me quedé conversando con ella en la sala. Yo tenía el espíritu suelto y juguetón. Aun recuerdo que estaba sentado en una silla que quedaba al lado de la cama donde ella pensaba pasar la noche lo que no recuerdo es como fue que empezó la magia del beso. Creo que cuando nos dimos cuenta ya nos estábamos besando. Aunque eso lo sabe mejor ella que yo que estaba tan lleno de felicidades que no me importaba recordar u olvidar detalles. Tampoco supe cuando me quedé dormido al lado de ella ni cuando el sol anunció que el día comenzaba y ella dejó mi lado para ir a caminar a la playa mientras rayaba el alba.

Al día siguiente fue una despedida sin decirnos nada pero sin olvidar todo.

La volví a ver días después en el lugar de siempre donde yo solía pasar el tiempo entre amigos, historias, cigarros, licores, libros, estudios, mi lugar de las tardes y ella cantó la canción del compromiso que yo ya conocía, así que me limité a aceptar sus términos de olvidar lo ocurrido, pensar que estaba incorrecto. Yo me iba a sentar a esperar otra oportunidad que estaba seguro se iba a dar lo que no sabía era cuando la tendría.

Se dio días después, era un caer de tarde maravilloso. Ella llegó buscándome en el lugar de siempre, como habrán notado soy un animal de costumbres. Hablamos de lo que ella estaba haciendo, de sus trabajos, de sus deseos de alcanzar metas y olvidando su canción regresaron los besos que estaban esperando como espera la tierra el agua de invierno. Esa tarde hubo confirmación de instintos. Y hablamos un lenguaje que no tenía palabras sino tiernas y tímidas caricias de amantes.

Los días fueron pasando siempre debajo del árbol y creo que nadie supo, ni ella ni yo, como el hilo de los deseos y las pasiones fue cambiado por un hilo nuevo, un hilo más fuerte y desconocido, el hilo del amor.

Nos enrolló sin preguntar si queríamos ser enrollados e hizo brotar poesías nuevas y colores y sabores que estaban escondidos en alguna parte del alma por que realmente el sol era el mismo así que no puedo culpar al ambiente por tan bello clima.

Creo que ella también soñó conmigo y olvidó que estaba atada por un momento o sea yo también creo que estaba enamorada y que le gustaba estarlo. Por que yo vi en sus ojos el mismo brillo que poblaban los míos. Sino estaba enamorada la única explicación que puedo darles es que yo estaba tan baboso que hasta creí que lo estaba. Pero no creo que la autoidiotización del amor llegue tan lejos.

Pero como nunca el cielo puede ser totalmente azul y las nubes grises son parte de la naturaleza hubo peros, paredes y perros. Hubieron demasiados graznidos y ladridos para un amor tan tímido y tan mal nacido que desbarató todo lo que se estaba formando aun no encuentro la forma de explicar como por que no he podido explicármelo ni a mí mismo, pero pasó.

El huracán arrasó con sembrados y casas. Inundó ciudades y campos…se perdió todo y sin chances de recoger entre los escombros algún fósil que permitiera reconstruir el pasado o entender el presente.

Las historias de los amantes deben ser contadas por otros. Deben ser contadas por aquellos que estuvieron cerca y que las vieron. Yo sentí que me quede sin alma cuando ella desapareció, lo cierto es que no sabía dónde estaba y me costó muchos pensares y tiempo reencontrarla.

Hace tiempo ya que ella no pasa debajo de la sombra del árbol, del mismo árbol en el que escribo lo que escribo, ahora ya con sabores distintos y olores llamados no cargados. Hace tiempo ya que tampoco sé de ella imagino que en algún lugar de lo que llamamos tierra estará pensando en el árbol que un día cobijo sus sueños prohibidos y sus pesadillas o talvez ya no piensa en éste árbol y este construyendo otras ideas y escuchando otros cuentos. Lo cierto es que yo siempre veo la forma en que el viento mece sus hojas y me produce una tranquilidad tan tranquila que a veces sonrío.







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