Torreón
Fecha Thursday, 24 October a las 15:07:05
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




La Revolución en México tuvo las características de un conflicto muy violento, con batallas en las que el número de bajas difícilmente puede ser igualado por cualquier otro conflicto en latinoamérica. Triste record.



Por Salvador García Lima

Yo no soy de aquí… llegué luego de la toma de Torreón. Entonces ya estaba fastidiado de la guerra. Los combates para entrar a Torreón habían sido muy duros. Momentos hubo en que se combatía a ciegas, disparando sobre la bola de gente que se movía al otro extremo de la calle. Sabíamos que era gente por los destellos de los fogonazos y porque de allá para acá caía un carambal de jodidazos como los que nosotros les echábamos a ellos.

Yo crioque ellos nos veían igual y también a lo ciego nos echaban plomo. Ni ellos ni nosotros dejábamos de hacer fuego. Las carabinas y los máuseres se contestaban los estampidos. Y sobre todo este borlote de muerte, se imponían los truenos de las artillerías. Nosotros escuchábamos silbar los proyectiles por encima de nuestras cabezas, pero ya no importaba nada, el miedo se había empalmado, los jefes nos azuzaban y nosotros respondíamos haciéndonos más rápidos en la carga y descarga de nuestras armas, disparando sin apuntar. Así fue que comenzamos a avanzar. Gritábamos que muriera el ejercito federal y que viviera Pancho Villa. Ellos ya no gritaban, se iban retirando lentamente. De vez en cuando uno de ellos se quedaba rodilla a tierra y continuaba haciendo fuego, quizá con la idea de detener nuestro propio avance.

Yo lo distinguí a uno de ellos en la penumbra, por un instante se iluminó su rostro inclinado sobre el arma. Y decidí acabarlo. En ese momento el fuego sobre nosotros fue menos graneado y entonces aproveché para disparar con cuidado. Un último fogonazo de su arma me sirvió de maravilla. Centré la mira de mi arma justo en el lugar donde vi brillar su disparo y tiré del gatillo. Un grito ahogado y el ruido de su máuser al rodar, me dijeron que había acertado.

–¡En la mera chapa, vale! –Me dijo alguien a un lado. Yo no hice caso y seguí disparando sobre esa gente que era el el enemigo y que poco a poco se retiraba.

Cuando nuestras fuerzas llegaron al lugar desde donde disparaba el tirador que yo había tirado, la curiosidad me llevó a examinarlo. Era un muchachillo. No tendría más de 17 años. Y yo lo había matado.

Su cara estaba apacible, no mostraba dolor o sufrimiento alguno. Estaba hermosote, era un bonito muchacho… y no estaba vestido de militar.

–Ni te aflijas, vale, estaba tirando para allá, sobre nosotros… Era el enemigo. –Dijo el mismo que había festejado mi acierto. Al mismo tiempo se apresuraba a despojar al muchacho del arma, la cartucheras y las botas. Terminada su rapiña se retiró disparando. Esa noche tomamos Torreón.

Al otro día levantamos el campo. En las lomas que rodean Torreón colocamos uno junto a otro a 5000 cadaveres. 5000 cuerpos muertos de uno y de otro lado… de mexicanos pobres como nosotros. Un compañero me dijo que había escuchado al general decirle a un periodista gringo:

–La única justificación para esto, mister, es que lo hicimos para que no tuvieran que hacerlo nuestros hijos o nuestros nietos.

Eso dicen que dijo. A mí me pareció una pendejada, pero me callé la boca.

Una semana despues dejamos Torreón para avanzar hacia el sur. Decían que no parábamos hasta México, pero yo ya semblanteaba la forma de desertarme y regresar a Durango, a buscar a mi gente: mis papás y mis hermanas.

Cruzamos por un rancho desolado. Las casa de adobe se miraban como puestas así nomás, a lo pendejo en el llano, varias mujeres nos miraban desde las puertas. Cuando pasé frente a una de ellas, una vieja se me atravesó en el camino y mirándome a los ojos me preguntó:

–¿No lo vido a mi muchacho? Es un muchacho asina de alto –y hacía una seña indicadora con el índice– es guapote y muy fornido. Me lo llevaron los federales para desfender Torríón. El no era guacho, me lo llevaron… ¿no lo vido?

El recuerdo del muchacho muerto por mi bala, me asaltó de pronto, me turbé, quise apartar a la vieja, pero en lugar de eso le contesté:

–No lo vide, madre. Había mucha gente allá en Torreón, pero… si quere, me quedo para acompañarla a que lo busquemos.

Nunca supe si el muerto y su hijo eran el mismo, pero yo dejé de ser villista en ese momento y me quedé en el rancho, con la vieja. Fuimos a Torreón, para no encontrar a nadie. Regresamos a su rancho, este mismo, donde ora vivo. Aquí me estuve con ella trabajando para darle de comer, hasta que Dios la recogió. Buscando de esa forma, si usted quiere estúpida, borrar de mi memoria el crimen que cometí, ese y los otros, en medio de cien batallas. Cuando al fin volví a Durango, naiden me dio razón de mi gente, que si andaban por Canatlán, que si Nombre de Dios… Nunca más los encontré.

Haya sido o no el hijo de la viejita el muchacho aquél que yo maté, su mama nunca volvió a verlo… pero tampoco la mía me vio regresar.

Yo por eso digo: nunca la guerra es buena, señor. .. Yo no soy de aquí, llegué luego de la toma de Torreón.

Noviembre, 2000





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