Cristina
Fecha Sunday, 13 October a las 17:39:54
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




Por Salvador García Lima

El sol va en ascenso. Las sombras se van encogiendo, poniendo en aprietos a perros y transeúntes, quienes huyen del calor y se retiran dejando las calles desiertas. Pero Cristina es indiferente a nada que no sea un punto más allá de la arboleda. Un sol pequeñito vibra en cada una de las gotas de agua salada que adornan sus ojos negros de niña abandonada.

—Esta escuincla está pasmada, carajo —Dice con voz bronca la tía de Cristina, doña Hortensia. Juvencio su marido la mira impasible y sigue afilando la hoja de su hoz.



—Pero ¿Qué te digo a tí, caramba? Estas igual de pendejo que la chamaca. Sube y dile que baje. Ponla a hacer algo, chingao. 'Ora hasta parezco su criada ¡Bonita cosa! —Buscando las palabras precisas para no acrecentar su ira, Juvencio le responde:

—Hortensia, es tu sobrina. Déjala... nomás otros días, verás que se compone. Mira: tiene nomás nueve años y a cualquiera le puede lo que...

—No le busques, por 'ai, Juvencio. No le busques. La vida no se acaba y a lo que salga, tenemos que brincarle, que carajo. No me gusta verla así, subes o subo por ella.

Hasta los oídos de Cristina llegan los ecos de la discusión. Ella sabe de qué se trata. Se muerde los labios y deja escurrir las gotas de sus ojos. Los solecitos se van alargando y le trazan una raya dorada sobre las mejillas, recorren su piel y se van a posar en los pequeños charcos de tristeza que se acumulan sobre los brazos cruzados.

Juvencio se arma de paciencia y comienza a subir la escalera. "¿Porqué tendrá el alma tan cabrona, la Hortensia? digo: es su sangre, siquiera por eso. Yo quisiera... ¡que va!, Chulo me iba a ver haciendo dengues. No es de hombres, ya sé, pero bien que quisiera..."

Cristina escucha los pasos que se dirigen a la habitación. Sabe que vendrá, seguro, un regaño, pero no se quita del balcón. Con más ansias clava la mirada al otro lado de la arboleda y sigue con sus pucheros.

—Cristina —dice el Juvencio con el cogote apretado— m'ija, quítese del balcón, ya'sta muina su tía y me le vaya a poner la mano encima, quítese.

La niña no despega la mirada de su objetivo. Juvencio se acerca y la toma por el hombro.

—M'ija, le hablo. Ande allá abajo con su tía y mire: no le haga caso, ya ve que es muy bronca la Hortensia, pero es gente, ande, vaya.

La niña se deja conducir hacia la puerta y baja dócilmente por la escalera, entonces Juvencio se para en el balcón y va doblando las rodillas, calculando la estatura de Cristina. Cuando estima que la ha alcanzado, deja ir la mirada hacia el punto en que se obstina la niña, y lo que descubre le da un golpe a su corazón macizo de serrano.

Cristina ayuda a los deberes de la casa, las horas de la tarde se estiran y el sopor de las tres de la tarde vence a Hortensia, que se derrumba en la hamaca, bajo el portal. Cristina, en silencio, se acerca y coloca un taburete al alcance de su tía, luego pone encima una jarra de agua de tamarindo, junto con un vaso y se dirige a la escalera. Hortensia abre los ojos y se incorpora para gritarle que no suba, pero Juvencio, con una energía desusada en él, estira la mano y hace un ademán que desconcierta a la mujer y la obliga a callar. Cristina desaparece de su vista y entonces Juvencio se dirige a la hamaca de la Hortensia y se acuclilla.

—Esa niña, Hortensia, no está pendeja ni pasmada. Mira pues lo que te trajo —le señala la jarra y el vaso sobre el taburete— Esa niña te quiere bien, Hortensia pues, no la eches a perder. No la hagas como tú.

—Ay, Juvencio, mira...

—¡'Ora me dejas hablar, Hortensia del carajo! Tú eres la que debe mirar. ¿Sabes porqué se pasa la Cristina en el balcón? No lo sabes, porque a puro grito la traes. Sube, ponte atrás de ella y verás que lo que esa niña tiene es cariño por su madre, tu hermana, la difunta. Sube, para que veas que esa niña te está pues pidiendo que la abraces o que la acurruques siquiera un ratito en el día. —Hortensia calla porque sabe que es cierto lo que dice Juvencio, pero qué dificil es aprender a manifestar cariño cuando la vida ha exigido una actitud firme y agresiva a modo no solo de sobrevivir, sino de hacerse de una huerta y de la mejor casa del pueblo.

—Siempre pues renegaste de que Dios no quiso darnos hijos ¿Y cómo sabes si no por fin te hizo caso y por eso tenemos a la Cristina? No pues la raspes, Hortensia, y no le corras desaire.

Con una humildad que conmueve al exaltado Juvencio, Hortensia se levanta de la hamaca y sube las escaleras. Ya en el cuarto, se pone detrás de Cristina y poniendo su cara junto a la de la niña, comprueba lo que ya sospechaba: desde el balcón se distingue, a través de un hueco en el follaje de la arboleda, la lápida sobre la tumba reciente de su hermana. Aprieta los hombros de la niña y con voz áspera le dice:

—Tráigase un butaquito, míja. Aquí en el balcón le voy a escarmenar su pelo —Cristina abre mucho los ojos y baja corriendo por la silla que le pide su tía. Juvencio la ve bajar apresurada y luego subir sonriente, cargando el pequeño mueble. El hombre escupe hacia afuera del portal y le da un trago largo a su cerveza, se seca el sudor con el paliacate y de pasada se arranca dos lágrimas pendejas, sintiéndose orgulloso de su familia. Cristina también está feliz, siente sobre su cabeza los movimientos del peine y los disfruta como lo que son: torpes pero tiernas caricias. Presiente que esa nostalgia de abrazos que la oprime y la hace sentir tan huérfana, está a punto de quedar en el olvido. Nomás es cosa de tiempo.






Este artículo proviene de ARTNOVELA Portal de Cultura
https://www.artnovela.com.ar/

La dirección de esta noticia es:
https://www.artnovela.com.ar//modules.php?name=News&file=article&sid=394