La misteriosa mujer de las valijas
Fecha Tuesday, 14 December a las 21:01:21
Tema Cuentos, Relatos, Literatura


Hace varios días que mi amiga Max publica unos comentarios acompañados de fotos en el grupo de spinning de Whatsapp, sobre la que dio en llamar “La misteriosa mujer de las valijas”, una lumpen en situación de calle que con dos valijas anda por la zona de Avda. Cabildo, entre Sucre y Juramento. Le intriga sobremanera el contenido de las mismas.
El caso es que hoy, impulsado más por mi deseo de escapar del encierro al que me tiene confinado esta cuarentena, que por la necesidad de una compra que bien podía postergar, fui a la veterinaria La Trinidad, sobre Vuelta de Obligado, casi Sucre. Y mientras esperaba a que Javier terminara de atender a la dueña de una Brichón Frisé que lucía medio tristona, recibí un nuevo mensaje sobre el extraño personaje: había sido avistado minutos antes cerca del Banco Nación. Sin algo mejor que hacer y por simple curiosidad, decidí ir a ver con mis propios ojos a la misteriosa mujer.
Ya desde la vereda de enfrente percibí el bulto de lo que parecían ser las valijas y una bolsa negra de consorcio; y al costado una persona voceando a intervalos algo que a medida que cruzaba la avenida entendí como “nena argentina muerta”. Al acercarme más vi que se trataba de una mujer alta y robusta, vestida con un faldón y una blusa, cubierta por un tapado sucio y gastado por la intemperie que, como reza el dicho, habían visto tiempos mejores. Me detuve a cierta distancia. La mujer, que cada tanto repetía su cantinela, ahora se había puesto de pie y comenzado a dar vueltas. En una de esas se me acercó; cuando se paró frente a mi, vi esa mirada extraviada de aquellos que han perdido la razón y confieso que tuve miedo. Pero de pronto noté en sus ojos como un atisbo de reconocimiento. Lo mismo me pasó a mi.


Emma- dije.
Nos sentamos en las escalinatas del Banco Nación, a la vista de sus bultos.
Esta es la historia que nos fuimos contando. Emma, hija de una alemana del Volga y de un criollo, había sido en su época una rubia bien bonita. Llegó a Buenos Aires conchabada como empleada doméstica en la casa de unas personas que apreciaban su domino del alemán, que si bien antiguo, su comunidad había conservado a través del tiempo y las migraciones. Aquí conoció al que había de ser su compañero. Luis había nacido en Mataderos. En el viejo Frigorífico Lisandro de la Torre aprendió el oficio de cuerear un novillo y trocearlo. Con el tiempo y su trabajo, Luis consiguió poner un puesto de carnicería en el Mercadito del barrio de Belgrano, que funcionaba donde hoy se alza el edificio Sucre Plaza. Es entonces cuando se lleva a Emma a vivir y trabajar con él. Supe que tuvieron una hija. Nos conocimos a fines de los 70’, ella como la puestera y yo como cliente. Entre los recuerdos que desgrana hay uno que elude, y que yo no puedo dejar de mencionar. Seré breve. Hubo un altercado feo entre Luis y otro puestero, del que el carnicero salió mal parado. Para vengar la humillación de su hombre, Emma lo encaró al fulano y le cruzó la cara de una cuchillada. En aquel entonces el episodio causó gran revuelo, tanto que la noticia salió publicada en policiales de la 5ta edición del diario Crónica. A partir de entonces a Emma se la conoció como “La Cuchillera”. Cuando le recuerdo la historia, le noto una mezcla de orgullo y de tristeza. A partir de entonces las cosas empezaron a andar mal entre nosotros- me dice.
Un tiempo más tarde se demuele el mercadito y en su lugar se erige una torre importante. Si bien las tenencias de los puesteros eran precarias, son indemnizados por la constructora, y Emma y su pareja reciben un monto importante en dólares. Me cuenta que se instalan en Moreno, donde él abre un almacén en el frente de la casa que habitan. La relación ya se había deteriorado al punto que él finalmente la abandona. No soportó que su mujer lo defendiera- me dice. Pero yo lo quería.
Siguió algunos años más con el almacén. Yo no le pregunté y ella no me lo dijo, cómo llegó a esta situación. Intuyo que empezó a perder la razón (quizá la reacción desaforada de la cuchillada fuera el vislumbre de lo que más tarde ocurriría) y que también con el tiempo la debe haber abandonado su única hija.
Quedamos en silencio. Me atrevo a preguntarle por el contenido de las valijas; me siento mal por hurgar en ese último refugio de su intimidad, pero recuerdo tu curiosidad, Max. Sin pronunciar palabra abre una. Prolijamente dobladas hay unas camisas de hombre y lo que parece ser una chaqueta, pantalón y delantal blancos de carnicero. De un bolsillo interno de la valija asoman las puntas de lo que se me hace es un grueso fajo de billetes. Verdes. Unos trastos viejos y algún dinero es la huella que sobrevive de aquel pasado, que atesora en su locura.
Cae la noche, se levanta un viento helado y empiezo a sentir frío. Le anuncio que me voy a ir. Vuelve esa mirada descarriada. Me alejo despacio y la oigo entonar la cantinela Nena argentina muerta. Otro abandono, el mío.
Ésta, amiga Max, es la historia que encontré persiguiendo una curiosidad banal. No sé si te sirve, pero es lo que hay.

Hace varios días que mi amiga Max publica unos comentarios acompañados de fotos en el grupo de spinning de Whatsapp, sobre la que dio en llamar “La misteriosa mujer de las valijas”, una lumpen en situación de calle que con dos valijas anda por la zona de Avda. Cabildo, entre Sucre y Juramento. Le intriga sobremanera el contenido de las mismas.
El caso es que hoy, impulsado más por mi deseo de escapar del encierro al que me tiene confinado esta cuarentena, que por la necesidad de una compra que bien podía postergar, fui a la veterinaria La Trinidad, sobre Vuelta de Obligado, casi Sucre. Y mientras esperaba a que Javier terminara de atender a la dueña de una Brichón Frisé que lucía medio tristona, recibí un nuevo mensaje sobre el extraño personaje: había sido avistado minutos antes cerca del Banco Nación. Sin algo mejor que hacer y por simple curiosidad, decidí ir a ver con mis propios ojos a la misteriosa mujer.
Ya desde la vereda de enfrente percibí el bulto de lo que parecían ser las valijas y una bolsa negra de consorcio; y al costado una persona voceando a intervalos algo que a medida que cruzaba la avenida entendí como “nena argentina muerta”. Al acercarme más vi que se trataba de una mujer alta y robusta, vestida con un faldón y una blusa, cubierta por un tapado sucio y gastado por la intemperie que, como reza el dicho, habían visto tiempos mejores. Me detuve a cierta distancia. La mujer, que cada tanto repetía su cantinela, ahora se había puesto de pie y comenzado a dar vueltas. En una de esas se me acercó; cuando se paró frente a mi, vi esa mirada extraviada de aquellos que han perdido la razón y confieso que tuve miedo. Pero de pronto noté en sus ojos como un atisbo de reconocimiento. Lo mismo me pasó a mi.
Emma- dije.
Nos sentamos en las escalinatas del Banco Nación, a la vista de sus bultos.
Esta es la historia que nos fuimos contando. Emma, hija de una alemana del Volga y de un criollo, había sido en su época una rubia bien bonita. Llegó a Buenos Aires conchabada como empleada doméstica en la casa de unas personas que apreciaban su domino del alemán, que si bien antiguo, su comunidad había conservado a través del tiempo y las migraciones. Aquí conoció al que había de ser su compañero. Luis había nacido en Mataderos. En el viejo Frigorífico Lisandro de la Torre aprendió el oficio de cuerear un novillo y trocearlo. Con el tiempo y su trabajo, Luis consiguió poner un puesto de carnicería en el Mercadito del barrio de Belgrano, que funcionaba donde hoy se alza el edificio Sucre Plaza. Es entonces cuando se lleva a Emma a vivir y trabajar con él. Supe que tuvieron una hija. Nos conocimos a fines de los 70’, ella como la puestera y yo como cliente. Entre los recuerdos que desgrana hay uno que elude, y que yo no puedo dejar de mencionar. Seré breve. Hubo un altercado feo entre Luis y otro puestero, del que el carnicero salió mal parado. Para vengar la humillación de su hombre, Emma lo encaró al fulano y le cruzó la cara de una cuchillada. En aquel entonces el episodio causó gran revuelo, tanto que la noticia salió publicada en policiales de la 5ta edición del diario Crónica. A partir de entonces a Emma se la conoció como “La Cuchillera”. Cuando le recuerdo la historia, le noto una mezcla de orgullo y de tristeza. A partir de entonces las cosas empezaron a andar mal entre nosotros- me dice.
Un tiempo más tarde se demuele el mercadito y en su lugar se erige una torre importante. Si bien las tenencias de los puesteros eran precarias, son indemnizados por la constructora, y Emma y su pareja reciben un monto importante en dólares. Me cuenta que se instalan en Moreno, donde él abre un almacén en el frente de la casa que habitan. La relación ya se había deteriorado al punto que él finalmente la abandona. No soportó que su mujer lo defendiera- me dice. Pero yo lo quería.
Siguió algunos años más con el almacén. Yo no le pregunté y ella no me lo dijo, cómo llegó a esta situación. Intuyo que empezó a perder la razón (quizá la reacción desaforada de la cuchillada fuera el vislumbre de lo que más tarde ocurriría) y que también con el tiempo la debe haber abandonado su única hija.
Quedamos en silencio. Me atrevo a preguntarle por el contenido de las valijas; me siento mal por hurgar en ese último refugio de su intimidad, pero recuerdo tu curiosidad, Max. Sin pronunciar palabra abre una. Prolijamente dobladas hay unas camisas de hombre y lo que parece ser una chaqueta, pantalón y delantal blancos de carnicero. De un bolsillo interno de la valija asoman las puntas de lo que se me hace es un grueso fajo de billetes. Verdes. Unos trastos viejos y algún dinero es la huella que sobrevive de aquel pasado, que atesora en su locura.
Cae la noche, se levanta un viento helado y empiezo a sentir frío. Le anuncio que me voy a ir. Vuelve esa mirada descarriada. Me alejo despacio y la oigo entonar la cantinela Nena argentina muerta. Otro abandono, el mío.
Ésta, amiga Max, es la historia que encontré persiguiendo una curiosidad banal. No sé si te sirve, pero es lo que hay.









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