Sin Retorno
Fecha Friday, 12 December a las 10:37:26
Tema Cuentos, Relatos, Literatura


(compilado por www.artnovela.com.ar)

Me deslicé pegado a la pared. Era miércoles, y los dos enfermeros del turno de la noche estarían mirando el partido en el televisor grande del comedor.

Empujé la puerta del Laucha Méndez. Las cortinas descorridas dejaban entrar los haces amarillentos del farol de la calle. El Laucha, sentado encima de la cama, parecía un Buda flaco.


—¿Ya es la hora? —preguntó.

—Todavía es temprano —dije—, pero no levantes la voz.

El Laucha me señaló la mesa de luz. La corrí un poco y metí la mano por detrás, hasta tocar la cajita metálica. La abrí, saqué el único cigarrillo y los fósforos.

—¿Qué es?

—Un Marlboro —dijo—. Se lo robé al doctor Imbert.

Lo fumamos acodados en el marco de la ventana. Desde el jardín nos llegaban aromas de magnolia florecida.

—¿Vendrán los demás?

—Tienen que venir —dije, aunque yo me hacía la misma pregunta.

—Sí —dijo—. Pero, ¿y si no vienen?

Abaniqué el aire con una mano para dispersar el humo.

—Entonces lo dejamos.

—¿Estás loco? —me tironeó de la manga del pijama—. Si los otros no aparecen, lo hacemos vos y yo. Laura se lo merece.

Un resplandor blanco nos sobresaltó, y nos volvimos como dos chicos sorprendidos en medio de una travesura: Zunilda nos miraba desde la puerta entreabierta.

Le hicimos señas. El camisón le llegaba al piso, se acercó a nosotros flotando.

—¿No estarás descalza, no? —le dijo el Laucha—. A ver si tomás frío y te enfermás.

Zuni se arremangó el camisón, y vimos las pantorrillas descarnadas y las zapatillas de fieltro.

—Bueno, bueno —le dije—. Tampoco hagás un estriptís, che.

Zunilda contuvo una risita y dijo:

—Estoy más nerviosa que una pendeja en el debut.

—No le veo la gracia —dijo el Laucha.

—Yo tampoco —dijo Zuni—. Pero, cuando me pongo así, me da risa y digo cualquier cosa.

—¡Shhhh!

Carmen se escurrió dentro de la habitación. Llevaba subidas las solapas de la robe, haciéndose la Greta Garbo.

—Marcelo —me dijo agitada—, la Lady no quiere venir.

—¿Cómo? —dije—. Traidora, ella dio su palabra. Lo mismo que nosotros.

—Andá a buscarla —Zunilda se sentó en el borde de la cama.

—Dale —dijo el Laucha—. Andá y convencela.

—No voy un carajo —me defendí.

—Yo no vuelvo a preguntarle —dijo Carmen—. No me sorprende que esa nos deje en banda.

—A vos te hace caso —Zuni me agarró con una mano seca y caliente—. Para mí que tiene miedo.

—¿Miedo esa loca? —dije—. Si se la pasa cacareando y peleándose con todo el mundo. Y nunca, escucharon, nunca me hizo caso.

Discutimos. Carmen callaba, fruncía los labios. Al rato, accedí a ir por la Lady: el tiempo pasaba, el partido iba a terminar y debíamos volver a las habitaciones antes de la recorrida de los enfermeros.

Salí al pasillo y espié el comedor. Desde la penumbra observé las espaldas de Iturbe y Gómez. La camisa verde agua de Gómez aparecía manchada de sudor en los sobacos y en la espalda. Iturbe, con los pies cruzados encima de una silla, se rascaba la cabeza. Le habían sacado el sonido al televisor, y escuchaban el partido por la radio. Veinte minutos del primer tiempo. En el intervalo irían al baño o estirarían las piernas pero no mirarían ninguna cama. En la mesa había unas latas de Seven Up, una caja con media pizza, y dos paquetes de Chesterfield. Dos paquetes de Chesterfield... me pasé la lengua por los labios, y retrocedí.





La habitación era un entrevero de sombras.

—Pst.

—No enciendas la luz.

Apreté los párpados, y al abrirlos distinguí la mancha de la cama y el contorno de la Lady bajo las sábanas.

Oí un susurro afuera y entorné la puerta. Ordóñez caminaba hacia lo del Laucha, la pelada le relumbraba como un faro.

Suspiré y quise acercarme a la cama.

—Esperá.

Sospeché, más que vi, el movimiento de los brazos. El tintineo del vaso, un sonido ahogado.

—Yo también —dije— uso dientes postizos.

—Podrán verme de muchas maneras —dijo la Lady—, pero nunca sin mi dentadura.

Me senté en el borde de su cama.

—Ya nos juntamos casi todos —dije—. Te estamos esperando.

—No.

—¿No, qué? ¿Ya te olvidaste de lo que nos prometimos?

Se incorporó y recibí su aliento en mi cara.

—Es una locura, Marcelo.

—¡Juramos, Silvia! —dije—. ¡Juramos! ¡Vos juraste también! Todos para uno y uno para todos. La pobre Laura ya no da más.

—Pero, ¿y si reacciona? ¿Si sale del coma y se recupera? ¿Cuántas veces pasan cosas así?

—Vos sabés muy bien que no sucederá. No vive, Lady; la hacen durar, que no es lo mismo. ¿Me entendés? Respirador, marcapasos... pueden sostener la mentira durante meses. Pero Laura está muerta. Yo lo escuché a Imbert hablando con los parientes: “Estado vegetativo”, dijo.

—“Estado vegetativo” —repitió la Lady. Se acurrucó en mi pecho y sollozó.

Era la primera vez que lo hacía, sólo atiné a abrazarla. Me gustó la calidez de su cuerpo contra el mío. Aspiré la colonia que subía de su pelo. Apreté los labios para no soltar una risita: el viejo demonio redivivo me hacía cosquillas en la ingle. Quizá los nervios me atacaran como a Zuni.

Cuando la Lady se calmó, la separé un poco y, conteniendo su cara entre las manos, le pasé los dedos por las mejillas.

La besé con suavidad.

—Sos un viejo verde —dijo. Pero me había devuelto el beso.

—Vamos.

—Un momento.

Salió de la cama, y tanteó la bata. Se la puso y se ajustó el lazo del cinturón a la cintura. Me crujieron las articulaciones cuando me agaché para calzarle las pantuflas con caras de conejito.

—Qué elegantes —dije.

—Callate, bobo. Son un regalo de mi nieta.

Abrí la puerta y espié. Lejana, me llegaba la voz del relator: quince minutos para el entretiempo. Nos quedaba menos de una hora.

—Dame la mano, Marce —me pidió la Lady—. Si me soltás, voy a salir corriendo a encerrame en el baño a gritar.

En medio del corredor me volví para mirarla.

—¿Te diste cuenta? —dije— Hoy es la primera vez que me llamás por mi nombre. Incluso “Marce”, me acabás de llamar. Siempre fui “Ramírez” o “cállese maleducado”.

—Y si te la pasás discutiendo con todo el mundo, vos. Nada de lo que yo digo te parece bien. Y hace un rato, lo que nunca, me llamaste “Silvia”.

—¡Ay, la Lady! —dije—. Cada vez que hablás, parece que das cátedra, como Ordóñez cuando empieza con la termodinámica.

—El tipo es ingeniero.

—Un loco, eso es lo que es. Y a ver si no lo defendés tanto, a ése.

—¿Ves? —dijo—. Ya empezaste. ¡Caminá, querés!

Al entrar en la pieza del Laucha Méndez, advertí que Regina ya había llegado. Como si rezara, cruzaba las manos contra el esternón huesudo. Ordóñez susurraba las leyes de Newton, debía encontrarse al borde del colapso. Zuni le dio una tableta de las que toma ella, y el pelado la tragó en seco.

Carmen hizo ese gesto de reprobación que tan bien le conozco, y solté a la Lady: lo que menos quería era una escenita de celos; además, nunca le di esperanzas.

—Cartón lleno —dije—. ¿El frasco?

El Laucha se paró encima de la cama y rebuscó en la punta del taparrollo. El frasco de insulina relumbró entre sus dedos.

Regina dejó caer el sobre con la jeringa y la aguja. Nos quedamos contemplando el envoltorio plástico.

—Ahora —dijo Ordóñez, y empezó a gesticular— nos falta decidir quiénes serán los emisarios. Un dilema bien difícil, damas y caballeros aquí presentes… si se me permite el término “dilema”. ¿Quién? ¿Quiénes pondrán coto a tan dolorosa situación, eh? ¿Quiénes modificarán la inercia de un cuerpo que se desplaza con velocidad uniforme?

Todavía la pastilla no le había hecho efecto, deduje.

—Pare, ingeniero —dijo el Laucha, y sacó un mazo de naipes del armario—. Acá tengo la solución. Los dos primeros reyes son los elegidos.

Se sentó arriba de la almohada, volvió a adoptar la posición de Buda y mezcló las barajas. Carmen cortó.

Rodeamos la cama.

El Laucha empezó a repartir.

—Los reyes ganan —murmuraba—. Los reyes pierden. Los reyes ganan… Los reyes…

Un tres.

Una sota.

El dos de copas.

Los naipes revoloteaban y caían como sentencias. El caballo de oros. Un cinco. Otro dos. Una gota de transpiración me bajó por la espalda.

Cuando le tocó a él, el Laucha se quedó mirando su carta.

Nos mostró el rey de bastos.

Alguien suspiró, y sentí la mano de la Lady buscando la mía. Se la oprimí con fuerza.

—Los reyes… ganan —continuó murmurando el Laucha, y le temblaba la voz—. El Laucha pierde.

Otra sota.

El as de espadas.

—Se dividieron sus vestidos —dijo Regina—. Y echaron a suertes su manto.

Un seis cayó frente a Ordóñez, y otra sota ante la Lady. Contuve la respiración hasta descubrir el siete de bastos que me había tocado, y sentí una alegría mezquina. Un ocho para Carmen, un tres para Regina.

Una carta más.

Zunilda se tapó la boca y empezó a llorar: el rey de espadas era suyo.

El Laucha recogió las barajas y las mezcló con gesto mecánico. Lo miré y me guiñó un ojo.

—No puedo —dijo Zuni—. Yo no puedo.

Carmen la abrazó.

El momento de una resultante —recitó Ordóñez, mientras daba vueltas por la pieza— es igual a la suma de momentos de las fuerzas que la componen.

—Cuando vivía en el sur —lo interrumpió el Laucha—, las avutardas eran una plaga.

Lo observé: quizás él también necesitara una tableta o dos. La mano de la Lady era una garra estrujándome los dedos.

—¿Las avutardas?

—Las avutardas —continuó el Laucha, ausente—. Unos pajarracos de vuelto corto; como nosotros. Se comen el pasto de las ovejas. Entonces hay que arriar las bandadas de avutardas. Con una avioneta, se hace. Las asustan y empiezan a volar. Las van persiguiendo mar adentro, hasta el punto de no retorno.

—Qué punto —preguntó Regina, que torcía la cabeza.

Zunilda seguía llorando en los brazos de Carmen.

—El punto de no retorno —repitió el Laucha—. El punto en que ya no pueden volver de tan cansadas que están. Vuelan hacia la costa y van cayendo al agua. Desde la playa, son una nube disgregándose. Parece como que lloviera. Y llueve, sí, llueven avutardas...

La Lady le manoteó las cartas y empezó a buscar.

—Dame eso acá —dije, y se las arrebaté—. Voy yo. Zuni, tranquilizate: voy yo.





—Nos queda menos de media hora —el Laucha se apoyó en la puerta vaivén y me miró—. Marce...

—¿Qué?

—Gracias.

—¿Por?

—Con la Zunilda no hubiera podido...

—Movete, viejo choto —dije—, o te empujo adentro.

Bajo los tubos fluorescentes, Laura ocupaba la cama de la derecha. La otra permanecía vacía. El clac-pufff del respirador era el único sonido. El Laucha se acercó a ese bulto minúsculo que había sido Laura Ríos. La alegre, la dulce Laura Ríos.

Clac-pufff, clac-pufff.

—Adiós, hermosa —dijo, y le pasó los dedos temblorosos por el pelo húmedo—. Adiós.

Le apreté el brazo al Laucha: lo vi tragar con dificultad, mientras llenaba la jeringa.

—Cuánto —pregunté.

—Todo —dijo, y noté su rabia, su furia—. Todo el frasco, no sea cosa que...

Hizo dos intentos por atravesar la ampolleta plástica de la cánula, y falló. La aguja resbalaba en la superficie curva.

—Puta madre —rezongó—. No se deja. Pero no te vamos a fallar, Laurita.

Le arrebaté la jeringa.

—Sostené el tubo —dije.

Lo agarró como estrangulándolo.

Clavé la aguja y empujé con el pulgar. La insulina cayó en un chorro incoloro. Se me nubló la vista, sentí el tope del émbolo.

Tiramos la jeringa y el frasquito en la bolsa de los residuos patológicos, a nadie le llamarían la atención. Por si acaso, tapamos todo con un buen pedazo de algodón mojado.

Nos despedimos en silencio; acariciándole los brazos estragados por las hipodérmicas, palmeándole esas piernas como palitos.

—Ya está hecho —dijo el Laucha, y me arrastró hacia afuera (aunque él tampoco podía caminar con soltura).

Me sentí más viejo y más inútil que nunca. Las piernas y el corazón me pesaban, el pijama se me pegaba al cuerpo.





En la pieza del Laucha sólo quedaban Regina y la Lady. Nos contaron que Carmen se había llevado a la Zuni. Y que Ordóñez, finalmente alcanzado por el rayo del Valium, se había ido tanteando las paredes y haciendo eses.

Nos quedamos en silencio, aguardando.

En algún momento sonó el pitido de la alarma. Y, aunque lo esperábamos, nos dio impresión.

Escuchamos el arrastrar violento de las sillas y las corridas en el pasillo. La voz ronca de Iturbe, puteando y reclamando a gritos el desfibrilador. Los movimientos pesados de Gómez, que también gritaba. El zumbido me taladraba los nervios. ¿Por qué no la apagaban de una buena vez a la alarma esa?

Cuando se alejaron nos dispersamos. Le di un abrazo al pobre Laucha antes de salir.

Noté que Regina rezaba en voz baja cuando entró en su pieza,
Escuché a Gómez: desde la centralita intentaba comunicarse con el doctor Imbert.

Me detuve frente a la puerta de la Lady, que la empujó y se mantuvo allí, sosteniéndola.

—Si me quedo sola, no voy a poder dormir.

—Yo tampoco —dije.

Cuando nos acostamos, entrelazó sus piernas con las mías.

—Nos van a descubrir —dijo con los labios pegados a mi pecho—. A la primera de cambio, Ordóñez o Zuni van a contar lo que hicimos, Marcelo. Y de ahí, derecho al manicomio.

—No creo —dije, acariciándola—. Pero, llegado el caso de que alguno se vaya de boca, los capos se callarán muy bien callados. ¿Te imaginás los titulares, los noticieros? No, Silvia: van a cerrar el pico, y a seguir cobrando por cada día que mantengan con aliento a un viejo.

Me besó y dijo:

—¿Lo repetirías por mí?

—Vas a vivir mil años más.

—Puede que sí, pero no sé si quiero durar tanto.

—Yo tampoco.

—¿Te sentís vivo? —dijo, mientras tironeaba para sacarse el camisón—. Digo, vivo de vida, no de duración.

—Todavía sí —me sonreí en la penumbra—. Y en estos momentos siento unas partes más vivas que otras.

—Ramírez —dijo, y se estiró como una gata—, usted es un viejo verde.

Me volví para abrazarla.





Mierda, pensé, cumplimos la promesa. Laura había escapado: indiferente al punto de no retorno, volaba mar adentro.

Una joven avutarda aleteando con fuerza en el cielo azul.

Volaba.

Y la costa era una línea que se perdía en el horizonte.





Buenos Aires, octubre de 2003





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