Pies de cuello largo
Fecha Friday, 12 December a las 10:11:18
Tema Cuentos, Relatos, Literatura


(compilado por www.artnovela.com.ar)

Clarice se cayó de la cama. El sueño repetido de todos los martes, que no cesaba hacía más de dos años desde que perdió a su esposo, esta vez la tiró al suelo.

Ahora, en ocasiones compartía su intimidad con algún otro, que en vez de hacerle olvidar al marido muerto, le recordaba -aire difuso y denso- el mismo código atávico que la atormentó la mitad de su vida. El círculo de los hombres terrenales no tenía fin, ella se había vuelto una experta identificadora de hombres-mente, que la hacían caer de sus estadíos eclécticos y aferrarse al común denominador de la maquinaria racional. Pero volvamos al asunto del sueño, ya mencioné que era recurrente y que además sucedía con un orden estricto, con toda aquella disciplina que a Clarice le costaba sostener en su vida diaria, todos los martes a las once y media de la noche. Y cuando ella había querido evadir al menos la hora de ir a la cama, algo ocurría, pero siempre, párpados caídos pegados como imanes, el sueño la llevaba al mismo mundo de unos pies perseguidores. Y ¿De quien eran esos pies? Podrían ser suyos, pero no se parecían en nada a sus extremidades anchas y pequeñas, eran más bien finos y largos y el dedo índice sobresalía del pulgar, detalle que ella siempre había visto como un defecto hasta que se dio cuenta de que era la normalidad y de que ella poseía un par de ejemplares bastante heterodoxos. Su esposo siempre le decía que cómo iba a tener estabilidad con esos pies que no sabían aferrarse al suelo y pisar firme, como garras que se hunden en la tierra a cada paso. Ella era una voladora, imposible no serlo con ese dedo gordo tirado hacia un lado, que por su corta estatura había perdido el respeto de los otros, más unidos y parejos. Y su pisada hacia adentro, claro reflejo de aquel mundo interior que él nunca pudo explorar a cabalidad, le había dejado dos grandes huellas de callos amarillentos que pretendían afianzar una pisada que fuera menos anónima. Pero si casi todo el mundo tenía problemas con sus pies y sus pisadas, le decía ella, menos tú claro, hecho a la medida de alguno de esos dioses griegos, tan simétrico y equilibrado.
Había dicho que Clarice se cayó de la cama, bueno, eso sí que era una novedad, era la primera vez que le pasaba, nunca había sentido con tanta intensidad aquel sueño hasta el punto de hacerle perder el equilibrio, en el lado izquierdo del nuevo box spring tamaño king que compró para que sus nuevos amantes no se contagiaran de los espacios geométricos de su esposo. Tarea inútil en este mundo masculino en donde todo se interconecta por fórmulas matemáticas (la suma de los cuadrados de los catetos es igual a la hipotenusa al cuadrado). Y aquel par de pies, que pensó se irían con la antigua cama, la seguían persiguiendo descalzos. Ella los veía al ras del piso, de frente y la obligaban a retroceder porque aquellos talón-planta-punta se aproximaban con la tibia amenaza de aplastarla. Aquellos pies dejaban mostrar el contraste de un empeine; liso, respingado y dorado; y una planta de apariencia subordinada: pálida y casi traslúcida, con un arco pronunciado por donde el agua se colaba (estaban en una playa, olvidé mencionar ese detalle). No cabían dudas, eran la excelsa representación de la armonía hecha pies, los pies de su marido que cada vez apuraban más el paso hasta hacerla correr, y correr en retroceso (la forma más absurda del miedo: temer y no poder dejar de vigilar lo que se teme, y aún así hacerse creer que estamos huyendo. Hay cosas que uno escoge no ver). Pero el cambio significativo en el sueño de aquel martes fue que ella no despertó en esa carrera al revés, sino que siguió dormida pero detuvo su marcha y dejó que aquellos pies la embistieran y se enredaran en los suyos, y así pudo encontrar el asidero que necesitaba para llegar a la cima. Ya arriba, después de haber escalado unas piernas tubulares que no tenían fin, pudo ver a los pies de lejos, pequeñitos y se sintió poderosa, se entregó al vértigo que la llamaba y se dejó caer desde lo alto de aquellos pies que no tenían tobillos sino cuello, y un cuello que había perdido la cabeza.







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