Un hombre ajeno y desnudo
Fecha Friday, 12 December a las 10:00:43
Tema Cuentos, Relatos, Literatura


(compilado por www.artnovela.com.ar)

Estoy parada al borde de la escritura. Estoy parada allí y dejo que la mirada se distraiga, la dejo ir por el entramado de líneas y planos que forman esta especie de paisaje descarnado de la escritura. Un lugar en el que cada vez cuesta más separar la palabra del latido. No miro hacia abajo. Si lo hago corro el riesgo de ver a esa mujer sobre la que no quiero escribir. Es una mujer perdida.


Me dejo ir en la mirada, me distraigo con las líneas que se asemejan a los límites desordenados de azoteas en un barrio cruzado por los tiempos. A la izquierda se asoma la cúpula negra de una iglesia. Se escalonan las casas de una planta con edificios pretenciosos que se ocultan de la realidad con simulacros de espejos. Predomina el negro del impermeabilizante asfáltico, el herrumbre de las claraboyas. Allí alguien se ha tomado el trabajo de crear un jardín envasado en macetones de barro. No hay casi ningún tendedero con ropa. Puede ser debido a la hora, ya casi el crepúsculo. A lo lejos se ve una línea plateada de mar. O digo yo que es el mar, para ponerle frontera al entramado de líneas y planos de este paisaje de escritura. El borde de la escritura muchas veces da al mar. O a los ojos de esa mujer sobre la que no quiero escribir. Esa mujer que está allí parada detrás de la ventana, mirando como si no viera.

La mujer se cansa de mirar por la ventana. No ve nada. Deja caer la cortina y camina por la habitación. Piensa que en un hotel tan costoso los muebles debieran de ser más finos. Piensa también otras cosas en relación a ese hotel. Le gustaría por ejemplo desayunar una mañana en el comedor del hotel, poder elegir un plato de frutas, dejar el bolso olvidado en la mesa y volver a buscarlo riéndose de su tontería con el muchacho que sirve el café. Piensa esas cosas, la mujer, para distraerse mientras camina descalza por la habitación. Los sonidos del exterior se amortiguan a esa altura. En la habitación sólo se escucha el zumbido del frigobar y la respiración profunda del hombre que está en la cama. Ella no quiere pensar en ese hombre ni en lo que hablarán cuando despierte. Lo mira dormir. Eso es todo lo que quiere. Verlo mientras duerme y no es de nadie. Un hombre ajeno y desnudo tendido en la cama. Se acerca un poco, la mujer, pero no mucho. No quiere despertarlo. Si se despierta la mirará desde la pesadez del sueño y del sexo recién saboreado y la llamará otra vez a su laberinto. Sin tocar la piel, la mujer recorre con la mano todo el largo de la cicatriz que el hombre tiene en la espalda. Por esa línea tan delgada él se escurrió una vez hacia la muerte. En ese entonces la mujer no sabía nada de la vida de aquel hombre ni de la muerte que lo reclamaba. Tampoco en eso quiere pensar la mujer, pero no puede evitarlo. Pensar en la muerte es peor que pensar en todas las demás cosas que le pasan desde que empezó a amarlo. Es una mujer perdida en el temor de pensar en las cosas que pueden suceder. Piensa que si se detiene a imaginar la ausencia definitiva, física, de ese hombre que ahora contempla mientras duerme, comenzará a sentir un vacío inabarcable para siempre.
Una vez más se acerca a la ventana y mira hacia la noche. No ve nada. En un rato el hombre saldrá del sueño y harán el amor. Luego, al amanecer, dejarán el hotel, se deslizarán sin abrazos en el anonimato del lobby y al pasar la puerta giratoria irán cada uno por su lado. Pero ahora, en este momento congelado, él duerme y ella no ve nada. Ni siquiera ve las azoteas, borradas por la oscuridad. Sólo algunos globos de luz amarilla aquí y allá. Y en una ventana más alta cree ver a una mujer que escribe. Quien sabe, piensa ella, qué pueda estar escribiendo. ¿Cómo puede saber algo con tanta certeza como para escribirlo? Esas cosas piensa, para distraerse. Para no pensar. Sobre todo para no pensar que, fuere lo que fuera, lo terrible llegará por la noche.

Estoy reclinada sobre la escritura que se vuelca ahora desde esa mujer sobre la que no quería escribir. Escribo para no pensar en ti. Sin embargo escribo para ti. Lo hago también para distraer a la noche y a las cosas terribles que vienen con ella. Pero la razón primera de mi escritura es tu forma despiadada de pensar en eso, la escritura.
Están esas noches desiertas en las que escribo sin hacerlo. Y las otras, las peores, las noches habitadas de mujeres esquivas y hombres que atraviesan, audaces, la memoria. Hemos hablado, tu y yo de estas cosas. De la necesidad de escribir, de volverse un medio para que la escritura viva. Nunca hubo un momento mejor para intentarlo. Por esa razón y no por otra cualquiera, busco a esa mujer del hotel, la que flota alrededor del hombre desnudo, dormido y ajeno. Aún en la certeza de que el dolor vendrá con ella, le doy un cuerpo, un olor determinado, un gesto y una cierta tendencia a la contención. Curiosamente, no puedo darle un nombre. Tal vez cuando el hombre despierte y la llame, pueda escuchar ese sonido y asociarlo a ella. Hasta entonces, será A.

Desde que alcanzó la edad del desarrollo, A. sintió que los huesos le quedaban demasiado grandes. El resto del cuerpo de la niña no se las ingeniaba para dar la idea de armonía necesaria. Los muslos muy gruesos, los pechos muy pequeños. A pesar de esas dificultades, A. supo desde siempre que estaba hecha para el amor. Fue a los dieciséis que se arriesgó por primera vez a olvidar las dimensiones de su fémur extraordinariamente largo. Un hombre de pelo negro y guitarra blanca la inició en el camino improbable del amor. La música se instaló en ella para siempre. La música le lleva el alma de paseo por los rincones oscuros de la memoria. La música es su forma de no hablar, de no llorar lo que ha perdido. Desde entonces, desde el primer hombre, la música tiene nombre y tiempo. La música, cuando se la evoca, esconde los secretos del cuerpo y glorifica los del alma. Desde entonces la tristeza se ha hecho cargo de las noches. Ya de niña, A. se distraía para no pensar en las cosa terribles que traían las noches. En un principio las noches cargaban un saco de temores indefinidos, pesadillas y vergüenzas. Luego las noches se habitaron con las mujeres, las mujeres indefinidas que trataban de quitarle a sus hombres, llamándolos por nombres que ella no entendía. Siempre ha sido así. Llega un momento en que el amor se vuelve insoportable. Es entonces que A., muerta de amor y aturdida por las voces que llaman al hombre, retira su cuerpo largo de la escena. Cuando aconteció el milagro de la caricia primera, la niña no adivinaba que una noche estaría parada en la ventana de un hotel, sin saber el número de la habitación, conteniendo la respiración para que el hombre de la cama no se despertara, para evitar que las voces de esas otras mujeres se llevaran el deseo del hombre por caminos oscuros.

Nos sentimos poderosos. Decimos: he escrito una historia fantástica cuyos personajes viven más allá de mi voluntad. Decimos. Y leemos con ansiedad las biografías de nuestros autores preferidos y buceamos hasta el fondo para descubrir por qué dijo tal o cual. Nos encanta saber. Saber las razones que tuvo ese hombre, esa mujer, para generar una historia determinada. O cómo llegó a tan claras definiciones. Más allá de la escritura. Nos preguntamos sobre la persona. Es lo que digo. Escribir no es nada. Sin el escritor, la escritura no existe. Me dirás: la escritura pervive al que escribe. Es verdad. Sin embargo, seguimos mirando atrás, al generador de la idea. Contradicciones que nos separan, a ti y a mi. Por eso escribo. Para demostrarte no sé qué. Y por tu forma despiadada de pensar en eso, la escritura. No, te estoy confundiendo. Yo soy despiadada con la escritura cuando digo que escribir no es nada. En cambio tú eres despiadado conmigo cuando dices que la escritura es todo. Y por tanto me incluyes en el gran saco vacío de la nada. Me obligas a inventar a esta mujer, para llenar mis noches. Para no pensar en las cosa terribles que las noches traen consigo. Para no extrañar las batallas que tu cuerpo y el mío sostenían en el campo blanco de una cama. Para ponerle una sordina a mi deseo. Para que al menos tenga yo una excusa cuando vuelvo a llenar el vaso. Los escritores beben alcohol, me digo. No es la soledad, es la escritura. Es eso.

No teniendo más nada que mirar en la habitación y con el tiempo corriendo por su sangre, A. se acerca al hombre desnudo. Con un dedo solitario toca las pestañas. Entonces el hombre sale del sueño. Abre los ojos pesados y reconoce a la mujer que lo mira. El hombre deja que el placer del sexo y el descanso se escurran por el cuerpo y luego habla.

- ¿He dormido?
- Si, dice la mujer.
- ¿Qué hiciste?
- Verte.
- Te gusta verme. Me disfrutas.
- Un poco. También te extraño.
- Ven.

A. se acuesta al lado del hombre que ha despertado, abraza su desnudez, se deja embrujar por su olor . Todo lo que estaba escrito sucederá. Harán el amor una vez más y una vez más habrá otros nombres zumbando sobre los cuerpos mezclados. Las sirenas aullarán reclamando su propiedad y para cuando el cuerpo de la mujer se deje caer a un lado, la muerte habrá perdido una batalla. Eso, al menos, es lo que siente A. cada vez que se entrega a la voluntad de este hombre. Amarlo es abarcar la memoria. El registro de todos los hombres de su vida pasa por este hombre.

- Siempre te he amado, dice.
- ¿Cómo puede ser?
- Antes de conocerte sabía de ti. Tu olor me pertenece, tu sonrisa, esa manía que tienes de tocarte la boca cuando piensas. Me da un poco de risa, pero ya conocía esas cosas tuyas. En cambio tu, no me amas.
- Estoy contigo. ¿No es suficiente?
- Si lo preguntas, no. Pero no importa. Tienes esa cualidad.
- ¿Cuál?
- Eres uno de esos hombres a los que todo se les perdona. También la ausencia definitiva.

Lo dice así, como ajena. Habla de la muerte sin nombrarla. Sabe bien que por las noches no debería atraerla, pero lo hace. Forma parte de su amor, ese continuo batallar entre la vida y la muerte. Alguna vez se lo ha dicho al hombre. No le gusta a él ese movimiento absurdo de la mujer, pero lo tolera en silencio. Wolf, se llama el hombre a sí mismo y A. adora ese nombre, se regodea en el sonido que le inspira una cierta intimidad. Sólo ella conoce ese nombre, las sirenas en cambio, lo ignoran. Ese hombre es tan parecido a todo lo que siempre amó, que no puede, A., imaginar la vida sin él. Y es tan despiadado, Wolf, tan desasido de los pequeños dolores de crecimiento, de las inmediatas necesidades del alma, que ella no cree posible un mañana sin el tacto picante de su barba, sin el ardor del deseo por ese cuerpo esencial, sin la presencia inestable del hombre que no le pertenece. Porque ese vacío, ese desierto infinito que se insinúa en los pliegues de la piel del hombre, hacen de A. una cazadora. Vuelta una cazadora, ella es implacable. La muerte no podrá vencerla, ni el engaño ni la tiranía del sexo que Wolf juega a imponer, en un intento inútil de atraparla. Algo que desconocen los trasciende. Un puente dorado que cruza las palabras, los mohines, las posturas. Están allí para cumplir un papel en mi pequeña obra. Hablan como quiero que hablen.

- Una vez estuve con una mujercita que olvidaba todo, dice Wolf.
- ¿Te olvidaba a ti también?
- Jamás.
- No tiene lógica. Si olvidaba, fuiste olvidado.
- Olvidaba quien era y se entregaba a las caricias como un animal. La penetré sin piedad.
- ¿Cómo era?
- Pequeña, apenas rubia y de caderas livianas.
- ¿Lo disfrutó? ¿Disfrutó tu sexo?
- Me rogaba que volviera.
- ¿Cómo pudo hacerlo si olvidaba todo? Es una historia que inventas.
- Para ti. Todo lo invento para ti. Para que te pierdas.
- Es en ti que me pierdo, en tu boca, en tu olor.
- Ven, muéstrame.
- Dime su nombre, el nombre de la mujer sin memoria.
- Sandra.
- Ah, Sandra....Por eso te gustaba, por su nombre. No lo olvidaste.
- Ven, dame placer.

Dejo que A. cabalgue la tormenta. La dejo hacer mientras pienso en ti. Estarás ahí, detrás del ventanal, observando la noche. A esta hora seguro habrás terminado de escribir un capítulo de ese libro que preparas. Separados, hablamos aún de la escritura. He pensado en tus libros. Esos personajes tuyos son todo lo que no eres. Sin embargo, no lo ves así. Por eso me discutes. Crees que escribir es todo, cuando en realidad no es nada. Si fuera algo, no estaríamos así, separados. Por más que me cueste admitir que nunca encontraré a nadie capaz de abarcarme, por más que te eche de menos. Por más que tenga que inventar a esta mujer para hablarte a lo lejos. Lo que vivimos tu y yo se ha extinguido. Nada resultó imprescindible, después de todo. Ni siquiera las artimañas que aprendí de ti para contar, sin contar, la propia vida. ¿Ves lo que has hecho? Me has empujado al borde de la escritura y el único material con el que cuento es el que sale de mí. Y aquí estás, inevitablemente involucrado. Mudo testigo de mi descargo, de mi historia y de mi vida. No querías compromisos. Lo lamento. No soy como tu. Si tengo que admitir que la escritura es algo, entonces es el sabor de la venganza. Es la serie infinita de interrogantes que elaboramos antes de dormirnos. Es el recuento de las culpas y los silencios inmensos, abominables y húmedos que todos sentimos cuando nos hacemos la pregunta, la primera, la única pregunta. No hay respuesta. Un arpegio disuelto en el aire es todo lo que percibimos. Más allá, el vacío. De allí nace la escritura. Que no es nada. Sólo la estúpida interpretación de ese destello mortecino, nada más. Y el alcohol que funciona como lente magnificando la obscenidad del despojo. Después quedan las historias ingeniosas, cultas, emotivas, pornográficas, etcétera. Del otro lado de ese borde estoy yo. Escribiendo este diálogo autista y por supuesto, escuchando la música que la mujer de mi historia pudiera estar escuchando en el momento en que el ascensor llega al lobby del hotel justo cuando Wolf se separa de ella para escurrirse en su vida autónoma. Palillos tarabustan sobre la piel desecada de un carnero. El público del circo contiene la respiración. Esplende la ecuyere. Aplausos. Rebobinemos. Plano medio de Wolf y A. en el ascensor. ¡Arte, arte! Esa camisa no da el tono necesario. Cambio de vestuario para Wolf. Así está mejor, el tono oliva acentúa las ojeras del personaje. Rodamos. Silencio.


- Vas a encontrarte con ella, dice A.
- ¿Qué dices?
- Vas a ver a esa mujer. Mas tarde vas a buscarla y le dirás que pasaste la noche en vela, pensando en ella.
- No.
- Si, eso harás, dice A. y termina de abotonarle la camisa.
- Estás loca. Eres mi cómplice.
- Escuché eso antes, en otra vida. Es una palabra que detesto. Ser cómplice es ser la puta de alguien. No necesitas mentirme. Te conozco..
- Y te gusta.
- No, no más. Lo sabes.

La puerta del ascensor se abre y se registra el beso fugaz de Wolf., en el último instante, cuando los labios se separan y la escena deja lugar a dudas. Pudo haber sido un error, un momento equívoco. El cuerpo del hombre se fuga por el pasillo alfombrado. A. se atreve a traspasar la línea.

- Desayunemos juntos.

Wolf se detiene un instante, la mira, sonríe.

- Otro día, Ágatha. Otro día.

Ágatha se resigna. Deja las manos laxas apoyadas en los muslos demasiado largos. Por primera vez no sigue los pasos de Wolf. Se dirige al salón guiada por los aromas apetitosos. Elige una mesa, cerca de la ventana. Deja su bolso en una silla y espera al muchacho que sirve el café. Sabe que puede acercarse a la mesa y servirse ella misma, pero prefiere esperar. Dilata el momento. Mira al muchacho, tan discreto, tan elegante en su uniforme que, en otras circunstancias oficiaría de acompañante perfecto. Piensa en Wolf. Lo imagina manejando por la ciudad hasta llegar a la casa de esa otra mujer que él niega. Luego los imagina en un abrazo. A Wolf le encantaría que ella tuviera un encuentro con ese muchacho, el del café. Ágatha no sabe si esa tendencia de Wolf a llenar la cama de gente le viene de los rescoldos de su vida o si es una táctica para disolver los propios excesos. El hecho es que desde que lo ama, ella se dispone a la permeabilidad de los cuerpos. Por eso mira al muchacho del café con tal insistencia que obtiene una mirada en pago. Se acerca a ella, el muchacho. Lleva el pelo largo, prolijamente atado. Es delgado y muy blanco y tiene las orejas muy pequeñas.

- ¿Qué desea, señora?, dice el muchacho con su sonrisa perfectamente colocada.
- Café, por favor.
- ¿Azúcar o edulcorante?
- Azúcar.
- La señora se puede servir frutas o tostadas de la mesa, si gusta.
- La señora está bien así, gracias.

Se aleja, el muchacho y Ágatha imagina las cosas que hubiera podido decirle. Seguramente la próxima noche le contará a Wolf que nunca supo el nombre del muchacho y sin embargo nadie nunca le dio tanto placer como él. Inútil resistirse. El mecanismo perverso de Wolf la enreda en una madeja de fantasías. Esa manía de ella de satisfacerlo. Cualquier cosa con tal de alejar a la muerte. Ágatha es una mujer que pendula entre la oscuridad y la luz. Wolf es el hilo. Cada cosa que está a punto de suceder es definitiva. Pensando en esas cosas, ella huele el café caliente y mira por sobre el borde de la taza, las caderas delgadas del muchacho.

Siento que se delgaza el tiempo mientras escribo a esta mujer y siento también, cómo no, sus dudas. No sé si quiere seguir por este camino que le he trazado o si prefiere ser un fantasma en el hotel. Ya veremos. Por lo pronto, querido, hago una pausa para reconstruir una noche. Una noche cualquiera detrás de tu ventanal. Una noche propicia al amor. El prólogo del sexo tiene un tema. Bebemos y discutimos otra vez sobre las ventajas de escribir. Por fin hemos llegado a un acuerdo: escribir, para los que escriben, no es nada. Y me contento con eso. A pesar de que sé hasta el cansancio que sigo formando parte de la nada, esa nada que es el mundo fuera de tu escritura. Ni siquiera me has comentado cuál es el tema de tu libro, ese que escribes en la penumbra del anonimato. Y yo te desnudo mis palabras hasta el hueso. Te dejo penetrar con la mirada los secretos más secretos y a cambio recibo caricias, porque te complace que escriba. Te complace que sea yo esta mujer que escribe. Dices que la producción es el fin último de una persona. Su gracia, su talismán. La producción no es nada. Es la excrecencia del deseo. Tu y yo deseamos cosas distintas. He aquí la paradoja. Unidos por lo que nos separa. Conjugados en tiempos dispares. Tratando de atrapar la vida a ciegas. Mientras tanto, esta mujer que percibo desde mi ventana, esta pequeña existencia, se escapa y late, desprovista de futuro. Debiera yo de escribir otras cosas. Novelas de misterio, de época, surrealistas. Margarita dice que no hay que corregir. Que en cada libro hay una frase, un párrafo, un episodio que rechina. Es eso lo que hace de un libro algo vivo. El error del escritor. The failure. Lo que lo hace humano. Tal vez hoy decida dejar de lado todo lo que he escrito para empezar una historia nueva. Tal vez. ¿Qué será de Ágatha? Elijo dejarla atrapada en la habitación del hotel, acariciando a Wolf, reconquistando su deseo, batallando por la vida. Eros y Thanatos. Son las diez de la noche y no estás conmigo. Deberías. En cambio me dejas sola, haciendo equilibrio al borde de la palabra. Por eso pasan estas cosas, por la forma despiadada que tienes de pensar en la escritura.

Montevideo, durante un período negro del año 2003.






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