Muerte Sustituta
Fecha Wednesday, 08 May a las 22:57:33
Tema Cuentos, Relatos, Literatura




El pequeño monstruo de lata me sobresaltó. Ese despertador infame.
Mi frente golpeó contra el estante de la biblioteca, sobre la cama. Reboté contra la almohada. El corazón desbocado quería abandonar mi pecho. Las sábanas húmedas revelaban la intensidad de la pesadilla.
El reloj salió volando por la ventana.


Eran los años oscuros, cuando siniestros Ford Falcon recorrían las calles. A veces con un rumor apagado, otras haciendo chillar los neumáticos al doblar en una esquina, transportando su carga de asesinos y víctimas desesperadas.
A diferencia de otros sueños, en este imperaba la luz. Un sol intenso iluminaba cada rincón, sin producir sombra alguna.
Yo caminaba por una recova, parecía la de Leandro Alem. A cada paso miraba sobre mi hombro, algo o alguien me seguía.
A dos cuadras —atrás mío—, apareció la trompa de un auto negro, gigantesco. Dobló con parsimonia hacia donde me encontraba. Distinguí cada reflejo en los cromados, los cristales levemente verdosos, las tres antenas.
Hipnotizado, observé a los dos ocupantes: bestiales. Anteojos oscuros, enormes; y las sonrisas de triunfo, con demasiados dientes para ser humanas.
Mis piernas eran dos tubos de goma agujereados, por donde se escapaba un aire tibio. Perdí estatura mientras se desinflaban. Un intenso deseo de orinar golpeó mi vejiga. Los ojos a punto de reventar de puro abiertos. Más aire, escapando de mis pulmones, siseando entre los dientes.
El conductor aceleró con suavidad. El motor subió su ronroneo una octava y el auto levantó apenas el morro, olisqueando la presa. La distancia se redujo. Advertí los trajes grises, cruzados. El que viajaba de mi lado hizo un movimiento grácil: apoyó el codo en la ventanilla y sacó —como al descuido— un arma. Parecía una continuación de su propio brazo.
Supe —no sé cómo, pero supe— que era una Browning nueve milímetros. Tan opaca y muerta que absorbía toda la luz que le llegaba. Un agujero negro cargado con el horror del vacío infinito.
No contaron con que mi adrenalina —violenta, terrible, Santa Adrenalina de mis arterias— acudiría, masiva, en mi ayuda.
Dí un salto. Corrí entre los sillares de la recova. A mis espaldas, las ruedas giraron aullando de furia. El motor rugió su frustración. Ya estaban sobre mí, casi.
Zigzagueaban esquivando las columnas, para ello el auto debía ondular. De otro modo, el tamaño le hubiera impedido serpentear en ese espacio tan estrecho. Gané un poco de distancia. Los rostros de mis perseguidores —muecas demoníacas—, se contraían por la ira.
Alcancé la pendiente de Avenida de Mayo, no había un alma. Empecé a subir resbalando en el adoquinado, misteriosamente húmedo bajo el sol ardiente. La camisa se me pegaba en la espalda, y los pantalones —de hierro— me impedían los movimientos.
Caí.
Gateando —no terminaba de incorporarme—, rompiéndome las uñas, con las suelas de los mocasines resbalando en el granito de la calle, traté de avanzar un poco más.
Llegué hasta una montaña de escombros, frente a la explanada de la Casa de Gobierno.
El auto giró entre nubes blancoazuladas y olor a caucho quemado. Me desplomé tras los cascotes, sobresalían unos huesos blancos.
Tratando de embestirme, chocaron contra el amasijo de restos humanos e inhumanos. Volcaron con estruendo, arrancando chispas, haciendo volar miríadas de partículas polvorientas. El silencio se hizo denso, espeso.
Me acerqué —ya sin temor— al vehículo que yacía con las ruedas hacia arriba, como un escarabajo gigante e inmundo. Oí con nitidez el cliqueo del metal caliente, un gorgoteo al retroceder los líquidos dentro de las mangueras. El conductor no aparecía por ningún lado. Solo encontré al otro, al asesino, seguía vivo y despierto.
Nos miramos con fijeza. Él se arrastró hasta la ventanilla empujándose con los codos, aún empuñaba el arma. Persistente, otra vez me apuntó.
Solté una carcajada de alivio. La pistola era de plástico, ordinaria. Un juguete de mala calidad. Todo era una broma. Un chiste pésimo. Me habían dado un buen susto, resoplé mientras recuperaba la compostura. Apoyé las manos sobre mis rodillas, inclinándome para verlo de cerca.
—¡Animal! —Aullé. —¡No servís ni para robar monederos en la feria, infeliz! —Seguí gritándole. ¿Por qué no te dedicás a otra cosa? Mejor hacete verdulero... ¡Imbécil!
Las palabras eran un bálsamo. Chorreaban por mi espíritu alterado, lavando los últimos restos del pánico. Me sentía cada vez mejor. Aspiré hondo, hinchando el pecho. Mi oponente miraba perplejo, se achicaba a ojos vista.
Algo cambió en el aire, que se volvió ominoso. Dejé de reír, alerta.
Ahora era el asesino quien sonreía. La boca se le estiraba, casi hasta partirle la cabeza en dos. Demasiados dientes, demasiado largos.
Y el juguete...
Empezó a transformarse —no pude apartar la vista de aquel horror—. Con lentitud, como si fuera un tubo que se llena de agua, se volvió metálico, real. Era la muerte —que se puede eludir un tiempo—, pero es invencible.
Sentí un amasijo de alambre en la garganta.
Percibí cada detalle: el punto de mira, la corredera, el guardamonte, las cachas ranuradas. Noté la mano firme que la sostenía: las uñas cuidadas, el índice tirando hacia atrás el fino gatillo negro. El martillo del percutor cayendo... cayendo...

Y el pequeño monstruo de lata que me sobresalta. Ese despertador infame que ahora yace muerto en mi lugar.
Despatarrado y con las tripas al aire, en el patio.


Buenos Aires mayo de 2002






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