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Narrativa: cuentos: Espirales (cuento)
Enviado el Friday, 03 May a las 01:27:32 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura franbar escribió "-La vida es un juego-, pensó, y encendió un cigarrillo mientras esperaba el colectivo. “La vida es un juego”. Qué sé yo. Supongo que es mucho más. Supongo que es mucho menos. Y cada palabra y cada idea es parte de ese juego al que jugamos viviendo y en el que perdemos muriendo, o morimos perdiendo, o quizás ganamos, si es que alguien gana en este juego. ¿Un juego divertido? No sé. A lo mejor alguna de las caras del dado de los días es divertida. A lo mejor no. Y lo llamo dado sin saber cuántas caras tendrá el tiempo; y me pregunto quién tira el dado, porque desde luego no somos nosotros, y eso nos deja más o menos fuera del juego. Somos sólo piezas necesarias para que alguien juegue. Entonces, ¿quién juega?, ¿quién tira el dado?

Y sin haberme respondido todavía a estas preguntas que muy poco me interesan, me doy cuenta de que ya no perdemos ni ganamos muriendo. Quizás quien tira el dado pierda si yo muero. Quizás gane. Yo no sé. En todo caso no soy más que una ficha inerte que habla y hace cuando lo indica el dado. Me pregunto qué cara habrá salido. Me pregunto quién más juega, porque es estúpido pensar que hay un solo ser jugando a un juego de dados. Seamos sinceros. Se necesitan más manos para hacer girar el tiempo. Nadie pierde si no tiene quién le gane. ¿Nadie pierde? No hay victorias si no hay a quién ganarle. Seamos sinceros. Es estúpido pensar cualquier cosa después de saber que a las ideas las elige el dado.
El 34 tardó poco más de un parisién. Adentro eligió un asiento detrás de una muchacha y se puso a jugar con un mechón castaño que pendía sobre el respaldar. Lo enrollaba en un dedo, lo soltaba y le divertía observar cómo el cabello se escapaba para balancearse nuevamente sobre el respaldar. Con mucho cuidado para que no se dé cuenta. Otra vez estirar un dedo, apretar la punta del mechón con el pulgar y hacer girar el dedo en el aire sintiendo la suave presión del pelo cuando forma los espirales. Levanta el pulgar y los anillos del espiral se agrandan y lo acarician y se caen y lo miran y se balancean.
Se levantó y fue a sentarse frente a la joven. Un asiento enfrentado a ella junto a una vieja que despedía un olor abominable, mezcla de tabaco y sudor. A lo mejor era él mismo. La joven estaba sumergida en una lectura aparentemente imposible por la escasa luz del colectivo y las violentas sacudidas de las esquinas de Alta Córdoba.
Cerró el libro y los ojos. Inclinó la cabeza hacia atrás y él lamentó haberse cambiado de asiento en ese momento en que los espirales tendrían más vueltas y las caricias serían más prolongadas. Aunque sólo fuera un segundo más. No importaba. Sería cuestión de hacer un nuevo espiral y sentirla de nuevo. Debe haber estado un poco mareada. No era para menos: marea leer en el colectivo, marean los movimientos bruscos cuando la mirada intenta fijarse suavemente sobre un renglón y marean los círculos de la Divina Comedia. Su dado debe haber estado dando vueltas también y eso era malo porque en algunos instantes alguien tendría que mover. Se bajó en el centro y él con ella, siguiéndola sin saber por qué. Pero esto no le importaba porque los dados no dan lugar a la iniciativa.
En el bar había lugar para los dos y el frío tentaba un cafecito y el café tentaba un parisién y el dado tentaba el frío o algo más o menos así debió haber pensado porque desde su mesa se veía un mechón castaño que le caía sobre el hombro a través del humo del cigarrillo. Esta vez hacia adelante. Descansando en su seno. Él se imaginó haciendo un nuevo espiral y acariciando su pecho con cada vuelta que su dedo le daba al aire. Soltar después la punta del mechón con el pulgar y sentir la recíproca caricia de su pecho desnudo o desnudado y el pelo que vuelve a su lugar. El pelo que esta vez no se escapa porque su lugar es ése, su seno y su mano, y se queda acariciándolo cuando él la acaricia. Como asintiendo. Se preguntó si estaría esperando a que tiren el dado y si no le gustaría que esperasen juntos mientras se unen en una sola columna los espirales de humo de sus cigarrillos.

Se tocan, se besan, se enrollan, se buscan, ascienden, se transparentan y desaparecen. Los dos juntos como quizás debieron haber estado siempre, pero el dado cayó de culo y recién se estaban reconociendo. Las dos mirándose, bebiendo del cenicero, pero él lo toma y lo hace brillar, y ya no se besan ni se tocan pero sí se buscan, y cuando otra vez descansan juntos en su pedestal de vidrio se vuelven a abrazar, a abrasar.

Charlaron un rato de algo que no recuerdo y que no tiene mayor importancia. Charlaron un rato de lo que los dados les dictaron y que quizás hubieran querido elegir ellos mismos pero no tenía sentido intentar escaparse del juego. Sabían que si lo hacían, que si lo pensaban, era justamente porque así estaban jugando. Se levantó y le ayudó a vestirse el abrigo.
Estaba en donde quería y no estaba. O estaba en donde querían los dados y no él. O quién sabe. Creo que a lo que él quería también lo decían los dados. Como dos planos, obligando a hacer una cosa y a desear otra, o a desear la misma pero no del todo, y todo esto junto en una de las no sé cuántas caras del dado que quizás no sea dado y que acababa de ponerlos juntos en el mismo colectivo. Juntos, como ellos querían. Juntos. Con el mismo rumbo y el mismo destino que, como ellos sabían, no era otra cosa que la totalidad de las caras de los dados que todavía no fueron arrojados vaya a saber por quiénes sobre el tablero. Y él quería estar con ella y estaba, pero quería estar detrás de ella jugando con un mechón de pelo castaño que a lo mejor estaba acariciando el dedo de otro jugador. Pero los dados ya habían sido arrojados y lo único que le divertía era pensar en el destino y los dados. Esa misma cosa con dos nombres que hacía que él se divirtiera pensándola. Era algo así como convidarle un cigarrillo a su verdugo y complacerse de que éste lo acepte.
Vio la obra del Dante que se asomaba del bolso que ella sostenía sobre su falda y pensó en el infierno. No es que le haya gustado particularmente ese hemisferio sino que nunca había pasado de ahí. Se mareaba. Se imaginó frente a Minos que debía estar rompiéndose la cabeza pensando a qué círculo lo enviaría y se preguntó si allí habría dados también. Pensó en Dios, pensó en los dados, en el destino, y le divirtió esa incompatibilidad. Alguien que sabe que a sus acciones las decide un azar de desconocido rostro y número de caras, alguien que no tiene la posibilidad de ejercer iniciativa alguna, sabe que es inocente de todo y que por esa razón no podían existir cielo e infierno. Mucho menos coexistir.
Empezó a dibujarle sobre su pierna algo ininteligible que le robó una sonrisa brevísima porque debían descender en la parada siguiente y tenían que ir hacia la puerta. Se alegró al ver que sentada detrás de ella había una vieja que seguramente desconocía la delicia de las caricias de los espirales. Caricias redondas. Otro juego. Metalenguaje del juego.

Recorrerla con sus labios volviéndola al desnudo exhalando el último retazo de humo. Jugando con su pelo. Tendidos en la cama. Haciendo un espiral y sintiendo la recíproca caricia. El mechón sobre su seno acariciándole los labios. Acariciándole los besos. Consintiendo, invitándolo a recorrer lo que los dados no le habían permitido conocer antes. Olvidándose de los dados. Se besan, se tocan, se abrazan, se buscan, se encuentran, se miran... y al mirarse comprenden que nada de eso es cierto. Que están condenados a amarse o a odiarse, según le toque al jugador. Son sólo figuras inertes en un tablero que nada deciden. Lo saben, lo asumen y se aman. Cada uno piensa por su cuenta que todos los juegos terminan, y saber que ya conocían esa verdad antes de que comenzara todo, les borra todo sedimento de amargura para que hagan lo único que pueden hacer en ese momento y que es amarse.
Cuando fumaban sin conocerse todavía, en la parada del 34, ya sabían que el juego de sus cigarrillos iba a terminar sin que éstos pudieran hacer nada. Sabían que iban a quedar muertos en el cenicero después de haberse buscado y abrazado con sus espirales incorpóreos. Sabían que los cigarrillos siempre quedan así, muertos en un cenicero o en la calle o en donde sea, sin que hayan podido hacer nada más que buscar otro espiral al que aferrarse mientras conservaban su brasa incandescente. Sabían que todas las brasas se apagan sin que nadie las recuerde y sabían que iba a llegar el momento en que los dados se tiraran por última vez, giraran dibujando un último espiral sobre el tablero para finalmente caer mostrando la última cara.

11/04/2002"

 
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