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Narrativa: cuentos: YOLANDA
Enviado el Friday, 26 April a las 14:50:02 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Anónimo escribió "

La ciudad se desgaja en suburbios hacia el norte. Los ranchos de paja y adobe, se agrupan uno con otro como resistiéndose al progreso que desde el centro, avanza (o lo intenta) avasallante e inexorable. Los alambrados y portadas de madera imponen una precaria moda en casi todos los frentes. Las veredas de ladrillos rojizos se elevan de la calle como si intentaran tomar distancia de lo que puediera venir (casi siempre es agua de inundación). El sol ilumina la polvorienta calle con un brillo inusual para la primaveral mañana de diciembre de 1935.

Unos cuantos arbolitos escuálidos parecen robustos y alargados, a juzgar por la sombra que proyectan hacia el centro de la calle. Tres o cuatro perros a quienes les cabe el mismo calificativo de los arbolitos, corren desaforados detrás del viejo y descangallado carro del lechero. El alboroto no distrajo a la joven muchacha que, indiferente, cruzó la calle y entró a su casa por la puerta de madera de dos hojas. Cruzó el zaguán de baldozas blancas y negras. LLegó hasta la galería que comunica al amplio patio de ladrillos rojos y a otro, más chico, de piedras y lajas. Observó que el sol, a esa hora de la mañana, siempre se cuela tenuemente por el amplio ventanal de vidrios verdes y blancos. Escuchó el trinar alborozado de los canarios y sorzales desde el alero de la galería. -¡Ya vine!- le dijo a nadie, o a quien estuviera en la casa. Entró al dormitorio que compartía con su hermana. Se quitó la blusa blanca y la dejó descuidadamente sobre la cama. Abrió el viejo ropero de madera y eligió otra de entrecasa. Se la puso y salió del dormitorio. En la galería se topó con Amanda, la criada, que volvía de los mandados. -Tu mamá se quedó en lo de la modista- le dijo la morocha mujer, como al pasar. La muchacha se encogió de hombros, tomó un par de bizcochitos de grasa que, tentadores, asomaban en el bolso de mandados, y fué por unos mates dulces con cascaritas de naranjas. En la cocina llenó la pava con agua y la puso a calentar, buscó en la alacena un frasco de vidrio cuyo rótulo amarillento rezaba: "YERBA". En eso, unos golpes secos sonaron en la puerta de calle. El Gran Danés que custodia los fondos ladró. Los ladridos de la calle de pronto, callaron.

-¡Atiendo yo!- le gritó a la criada. Cruzó nuevamente el patio chico de piedras y lajas, interrumpió con su cuerpo los tenues reflejos del sol colándose por el ventanal, atravezó el zaguán, abrió la puerta de dos hojas y la figura de un joven se recortó contra la tibia claridad de la mañana. Era alto, delgado, de extremidades largas, tez blanca y casi rubio. Su pelo corto era castaño y algo rizado. Sus ojos claros reflejaban una luminosidad que aumentaba en igual proporción a su indisimulable ansiedad. Permanecieron algunos segundos observándose en un incómodo silencio, justo en el umbral de la puerta. Al fin el joven articuló una pregunta:

-¿Yolanda, Yolanda Tieri?- Su voz sonó amable, aunque nerviosa.

-Sí- contestó intrigada.

Observó los ojos del muchacho y notó que sus pupilas se dilataban sensiblemente, y que un leve rubor adornaba su rostro juvenil.

-Y usted, ¿Quién es?- preguntó Yolanda.

-No me conoce- respondió el joven ahora en un tono más seguro. -Pero no se preocupe. He venido de muy lejos para entregarle algo importante. Le prometo no robarle más de cinco muinutos de su tiempo- aclaró.

Ahora era Yolanda quien dudaba. Recordó las fastidiosas recomendaciones de su madre de no recibir extraños en la casa, aunque arguyeran los motivos más verosímiles. Sin embargo aquel desconocido no la atemorizaba en absoluto. Reconoció que su actitud era, aunque sospechosa, sincera y hasta familiar. Conjeturó que su madre no regresaría pronto, suele tomarse su tiempo cada vez que visita a la modista. Su padre, albañil jornalero, no regresaría hasta avanzada la tarde. Su hermana, a esa hora, estaba en la escuela y Amanda (entonces recordó con alivio su presencia) no diría absolutamente nada si ella se lo pedía.

-¡Cuidame el agua Amanda!- le gritó a la criada dirigiendo su voz hacia el interior del zaguán. Consideró que el extraño estaba ya convenientemente advertido de que no se encontraba sola. Por las dudas -pensó.

- Bien, lo escucho- le dijo Yolanda a la vez que cruzaba los brazos.

El joven aspiró profundamente, dudó un instante y finalmente habló:

-Alguien que usted conoce, me encargó que le entregara unos...-

-¿Usted es amigo de Miguel?- interrumpió entusiasmada. La mirada de Yolanda habría cobrado un repentino brillo.

-¿Miguel?- preguntó el joven.

-Miguel es mi novio y vive en el Brasil- aclaró ruborizándose.

El extraño apenas sonrió y comprendió su confusión.

-No...no, no soy amigo de su novio- se apresuró en explicar.

Yolanda experimentó entonces, una ligera decepción.

-Este sobre es para usted- dijo el joven- contiene una carta, un recorte de periódico y una fotografía. Prométame que los leerá hoy mismo, es muy importante.

Recién en ese momento ella observó las manos del extraño. En la derecha portaba un sobre marrón. Lo tomó, notó que estaba cerrado y casi sin poder controlar su ansiedad, jaló de él con más fuerza. Sólo cuando advirtió que el extraño no lo soltaría sin previa formulación de su promesa, ella pronunció:

-Le prometo.

-Una sola cosa más- advirtió el joven- por favor, considere ciertas cada palabra que lea y cada imagen que vea en el contenido de ese sobre. Al principio no logrará entenderlas pero, le aseguro que algún día, descubrirá cuán importante es para usted. Dicho ésto, el extraño dió un paso hacia atrás. Yolanda observó detenidamente y con asombro a aquel joven. Descubrió que vestía de modo inusual para un hombre de su edad. Calzaba zapatos de cuero, cuyo diseño y modelo jamás los había visto, ni siquiera en las revistas de moda que ella acostumbraba devorarse. Vestía pantalón azul ligeramente decolorado, parecía hecho de tela gruesa y rústica, y sus bolsillos lucían gastados. Llevaba camisa gris con un bordado ilegible en el pequeño bolsillo sobre el pecho, y no portaba saco, ni sombrero.

Cientos de conjeturas revoloteaban- caóticas y perturbadoras- por su cabeza, cuando distinguió inequívocamente, la silueta de su madre aproximándose.

La voz del joven la rescató de aquel trance:

-Debo irme- dijo con premura- y no olvide lo que me prometió.

-No- alcanzó a murmurar Yolanda.

Luego el extraño se marchó. Yolanda hubiera jurado que, literalmente, desapareció.

Evadió las preguntas de su madre, argumentando una supuesta confusión del extraño en localizar una dirección errónea. Con el mate ya listo y un puñado de bizcochitos, se encerró en su dormitorio. Abrió el sobre. Lo primero que halló fué la carta. La caligrafía le resultó muy familiar, casi idéntica a la de ella, excepto por algunos detalles que consideró superfluos. Leyó:

Yolanda, querida mía:

Puede que esta carta te resulte incomprensible -y créeme- dudo que yo misma pueda entenderla. Pero es un riesgo que debo correrlo, pues ya no tengo demasiado que perder. Soy una mujer que te escribe desde su lecho de muerte. Durante todos estos años viví renegando de mi suerte y reprobando mis innumerables acciones que con el tiempo se convirtieron en errores inevitables. Detesté mi cobardía. Abominé algunas de mis decisiones. Durante no sé cuantos años agobié a mi Dios con la vana idea de que, apiadándose de mi, me otorgara la inverosímil posibilidad de corregir aquellos desaciertos, de modificar mi historia y de alterar los incorruptibles códigos del tiempo, con el único fin de quitar, de la secuencialidad de los hechos, aquello que encarceló mi alma y mi espírutu durante tanto tiempo . Y justo en el ocaso de mis días, en los segundos finales, Dios me concedió ese tan ansiado privilegio. No sin antes revisar, con inhumana precisión, toda mi existencia. Me aboqué, pues entonces, a mi magna y última tarea. Cada instante de mi vida, cada segundo, cada rostro y cada palabra desfiló por mi mente. Creo haberme visto saliendo del vientre de mi madre. Creo haber escuchado mis primeras palabras y también creo haber oído el tierno aliento de mi padre a que diera mis primeros pasos. Revivo con asombrosa claridad, mi primer día de escuela y también el último, mi primer beso, mi primer amor y mis días de interminable espera. Mis amaneceres junto a mi esposo, el nacimiento de mis hijos, el de mis nietos y bisnietos. Y de pronto, apremiada ya por la inmediatez de la muerte, concluyo que ese pasado del que fluyeran tantos remordimientos, me pertenece tal cual ocurrió. Que nada, por más sublime que fuera, puede ni debe alterarlo. Al fin descubro, mi querida Yolanda, que el amargo pesar por mis malas acciones (que sí las tuve) nunca debieron corroer mi ansiada felicidad. Veo una celestial y divina luz que me aguarda. Creo que aún estoy a tiempo de evitarlo.


La carta concluye sin firma. Yolanda, más confusa y turbada que al principio, revisó nerviosamente el interior del sobre. Extrajo el recorte de diario amarillento y con los bordes rasgados. Pudo leer los grandes caracteres negros: "MUERE MILLONARIO GANADERO". Debajo, en letras más pequeñas y sobre una difusa fotografía en blanco y negro, leyó: "El millonario ganadero brasileño MIGUEL de MORAES OLIVERA murió ayer al estrellarse la avioneta en que viajaba rumbo a la Argentina". Sintió que su corazón estallaba en profundos latidos dentro de su pecho. Vió cómo, en cuestión de segundos (o lo que para ella fué la congregación de todos los tiempos), sus sueños con aquel hombre millonario, sus guionados planes de perpetua felicidad y su ilusoria vida, saltaban al vació de la nada, de lo irreal. Todo a su alrededor sucumbía en agónica penumbra. Sintió el incontenible deseo de llorar, pero extrañamente, no tenía lágrimas. Entonces halló la fotografía. No lucía tan antigua como el recorte de diario y era bastante más grande que las conocidas. Posaban varias personas sonrientes. En el centro una señora mayor junto a su esposo. A los lados dos hombres y una mujer, los que parecían ser sus hijos. Y rodeandolos unos cuantos niños y adolescentes, entre los que pudo reconocer al joven extraño que hace unos minutos la visitara. Acercó la vista a la fotografía. Lo que vió, o creyó ver, la dejó perpleja, sin aliento y exhausta. -¡Es imposible!- fué como un grito mudo, reseco. Ese rostro de la mujer, ahora surcado por las arrugas del tiempo, ese pelo encanecido, esa sonrisa reflejada en mil espejos, esas manos entrecruzadas sobre la falda, esa mirada y, de nuevo, la misma letra estampada en el dorso:

En mis interminables noches
de eterna desdicha
soñé un amor que nunca tuve.
Una cómplice noticia
me sugirió su nombre
Lo engendré,
le dí vida.
Lo hice fuerte.
Tan fuerte que venció a los tiempos,
amainó las tempestades
que fueron mis culpas.
Tan fuerte que le dió un equívoco
sentido a mi vida.
Ahora, tal vez,
sólo tal vez ya no lo necesite.
Tal vez,
mi redimible alma
clame una última
y póstuma misión: matarlo.

Yolanda Tieri
Abril 9 de 1992"

 
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