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Narrativa: cuentos: Perspectivas
Enviado el Tuesday, 16 April a las 01:01:12 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Héctor escribió "Nada mejor que el examinar las cosas desde otra perspectiva, pensó Francisco, en tanto su brazo izquierdo apartaba –en parte y con desgano- el acolchado de su cuerpo. La mañana se presentaba amenazante para quien no tuviera el tino de enfrentarla con inteligencia. Y en lo que hace al despertar, este individuo era un sabio.



Los trazos de su rostro –alterados por el dormir- le daban un aspecto diferente. Tanto que Picasso hubiera tenido en él, modelo apropiado para una muestra del cubismo en lo humano. Su tez de un color ceniza, alertaba sobre el tipo de vida del no deseado protagonista. La mezcla para arribar a ese tono provenía de una sutil combinación entre el exceso de alcohol y el tinte de la nicotina. Se trataba de un eximio atorrante.

El que hoy sea viernes y hora de trabajar, ¡son imposiciones que no acepto!
-masculló entre dientes-; mientras su larga figura, extendida en el camastro, pugnaba por dar mejor ubicación a sus extremidades, que iniciaban el lento ritual del cotidiano renacer.

Cuando su mano izquierda procedía a retirar, con disimulo, el reloj-despertador de la mesa de luz –para colocarlo debajo del lecho-, su cabeza dio un ligero giro hacia la derecha, a fin de que sus ojos pudieran ir al encuentro de los pájaros que, desde el ventanal, se divisaban en el cielo. Era, pensó él, lo más próximo al Nirvana.

¡Cómo no rendir tributo a este momento de sublime armonía! Caviló nuestro bardo, en tanto sus manos se reencontraban para cobijar en sus palmas la augusta testa del extasiado hombre. Pese a lo cual, en su pecho anidaba la cruel angustia de los problemas que debería encarar en ese día. El más intrincado asunto se llamaba Claudia.

¡Esta SÍ era una cuestión delicada! -reflexionó, mientras procuraba que los dedos de sus pies se despertaran con un suave crujir.

Al cabo de algunos -¿o muchos?- minutos, su mano izquierda buscó a tientas en el piso de madera deslustrada, el paquete de cigarrillos que, en un primer momento, confundió con una caja (vacía) de preservativos. Continuó la búsqueda hasta hallar la cajilla y junto a esta el encendedor.

¡Claudia ya no era la misma! –se dijo-, mientras encendía un rubio y soltaba su primera tos matinal. ¡No señor! Ya no lo atendía como antes. En octubre cumplirían dos años de amantes. Pero desde que comenzara la primavera, ella –su amante- estaba como ida y eso a él no le convenía, pensó, mientras con la lengua intentaba quitar la sequedad de sus labios.

Despaciosamente, sacó sus piernas del lecho cuidando que el primer pie en apoyarse en el frío suelo fuese el derecho. ¡No voy a ser yo el que oscurezca mi futuro! – sentenció Francisco. Antes de levantarse, retiró de uno de sus ojos, con su dedo índice izquierdo, una lagaña –que por cierto, casi lo cubría.

El humo del cigarrillo flotaba aún en la estancia, dando a la misma una atmósfera cuasi irreal, como desprendida de la agitada vida del exterior. Una vez incorporado, encendió la radio y de inmediato Julio Sosa entonó para él un tango apropiado. ¡Este es mi día! -se dijo, a pesar de los problemas que aguardaban su atención puertas afuera.

Francisco bordeó la cama con paso lerdo. Apoyó su cuerpo en la piesera para decidir, luego de unos instantes de vana meditación, el siguiente paso a dar. Resuelto el dilema, se encaminó hacia el baño, dentro del cual, se colocó frente al espejo –saludándolo con su mejor sonrisa-, mientras que con su mano izquierda abría la canilla del agua fría para darse un baño de lluvia. Somnoliento y perezoso, demoró varios minutos antes de quitarse el calzoncillo y las medias que lo cubrían. Ya en la ducha, permitió que el agua abrazase amistosamente su cuerpo.

El jabón no había alcanzado a cubrir la totalidad de su anatomía, cuando en eso oye un insistente y disonante campaneo. Era el teléfono. ¡Maldita sea! Gritó –tragando una innecesaria cantidad de agua- ¡Ya voy!

Salió presuroso de la ducha, tomando a su paso el toallón azul afelpado -regalo de su amada-, dejó el baño, sin percatarse de lo mojado del piso, lo que le llevó a trastabillar y chocar su frente contra la mesita de madera del corredor –frente al baño- que servía de apoyo al dichoso aparato, el cual fue a dar al piso a la derecha de donde el infortunado hombre yacía. Atendió con mal talante:
- ¡SÍ!
- ¿Pancho? Soy yo, Aníbal. ¿Cómo andás? Preguntó no sin cierto temblor en su voz.
- Por el suelo, tarado, ¿qué querés? Reclamó airadamente Francisco, mientras con una mano buscaba en vano que su frente volviera a la posición original.
- ¡Epa che, qué moditos! Te llamaba por lo de ésta tarde. ¿Vas a ir?
Consultó el correcto amigo, quien a fin de cuentas -consideró- procuraba el bien común.
- Disculpá, es que acabo de reventarme. Pero sí, estaré en el boliche a eso de las seis, más o menos.
- Bien, mirá que voy a estar con los otros. ¡NO FALLES!
Clamó Aníbal en un inusual arrojo de valentía.

Luego de despedirse sin mucho afecto, Francisco se levantó palpándose el dolorido cuerpo y al no encontrar otras consecuencias del golpe que el ufano cardenal que sobresalía en su ancha frente, se dirigió hacia el dormitorio. Abrió una de las hojas del ropero –la que tenía en su lado interior un largo espejo falto de azogue en los ángulos- y eligió su mejor ropa de calle (el único traje, aquel de color azul –testigo de tantas iniquidades).

Ya vestido y luego de escuchar en la radio el anuncio del informativo de las nueve, se encaminó con paso firme hacia el recibidor y ojeó a través de la mirilla de la puerta principal a la espera de que su vecino saliese, como era habitual, rumbo a su trabajo.

Escuchó un golpe seco, seguido de un tintineo de llaves. A través de la mirilla contempló cómo el sujeto pulsaba el botón del ascensor y, tras interminables segundos de tensa espera, el campo quedó despejado.

Inhalando aire –como para bucear- comprobó, con sus manos, que su escaso cabello estuviese en orden y una vez más el nudo de su corbata escarlata. Seguro de sí mismo abrió la puerta, miró hacia la escalera por si la limpiadora se asomaba. Dio tres cuidadosos pasos y tocó timbre en el 1001. En respuesta a su llamado la puerta se entreabrió para dar paso a un hermoso rostro de mujer joven.

Claudia era una morena de ojos azules y labios carnosos. De estatura elevada aunque algo delicada, en su interior convivía una sexualidad tropical que apenas podía refrenar. Hacía diez años que ejercía la abogacía –en Derecho Tributario- y seis que llevaba de casada. De lo primero disfrutaba en tanto que de lo segundo buscaba darle fin.
- ¿Estás loco? -dijo en voz baja y cubriendo su pecho con una mano a fin de que la delgada bata de seda verde que la cubría, mantuviese ocultos los copos de nieve que tenía por pechos.
- Pero mi cielo, si no pasa nada. Dejame entrar -pidió mansamente Francisco, mostrando como al descuido su mejor sonrisa.
- Hoy no puedo, mejor dicho... no quiero. ¡Y no vayas a prender ese cigarrillo delante de mí! -Con su cuerpo buscaba obstruir el paso de Francisco.
- Pichoncita si querés dejo el tabaco. Mirá. ¿Ves? Lo tiro y punto. Ahora, dale, que tomás frío. Haceme un lugarcito así jugamos como siempre -acotó él mientras al tomar con su mano la cintura de la airada amante buscaba abrir una de las zonas más sensibles de Claudia.
- ¡Salí pesado! -exclamó sin convicción, mientras giraba su cuerpo- ¡No empujes la puerta porque no vas a pasar! Y en cuanto al frío tenés razón, andate, así cierro de una vez y no me congelo -Con un rápido gesto de sus ojos pretendió terminar la discusión.
- Al fin de cuentas, querida ¿qué es lo que querés? -Lo dijo con voz ronca, al tiempo que encendía precipitadamente, y mal, un cigarrillo.
- Tú, querido Pancho, lo sabés muy bien: ¡hacer mi vida y vivir contigo sin tener que escondernos! Ya no soporto más esta situación, así que decidite o de lo contrario ¡t e r m i n a m o s! ¿ME OÍSTE? -Le espetó ella, pero al hacerlo se llevó las manos a la cabeza dejando que la bata se abriese hasta que su níveo cuerpo se dejó ver a plenitud.
La pobre Claudia no soportaba ni a su marido y menos el dormir sola en el cuarto de huéspedes, pensando qué estaría haciendo Francisco –su amado- en tanto ella, que apenas podía refrenar la pasión que la consumía, tenía que enfrentar a su peor enemiga: la nocturna soledad. Interminable espacio de tiempo donde únicamente el acariciar su cuerpo, extendido sobre la dura cama del dormitorio auxiliar, lograba atemperar ese calvario. Noche tras noche, desde hacía varios meses, con las suaves yemas de sus gráciles dedos arribaba no una, sino varias veces a un climax que la llenaba de gozo para luego dejarla vacía y fría, como una copa del aparador.

- Pichoncita vos sabés muy bien cuál es la situación. Si doy ese paso pierdo el apoyo de mi madre y entonces, ¿cómo querés que pueda mantener un hogar? -Y al decir esto empujó un poquito la puerta, sin ya encontrar la misma resistencia que al principio.
- Yo te dije muy claramente que por el dinero no habrá problemas, quizás durante unos meses, pero nos vamos a arreglar. Inclusive podría conseguirte un empleo en el estudio de un abogado amigo -le explicó mientras precipitadamente trataba de componer su ligero atuendo y una dignidad cuestionada.
- Claudia, mi amor, el Derecho no es lo mío -dijo en un hilo de voz, para luego de un instante cobrar fuerza y decirle- ¡Mirá! A fin de año con un amigo pensamos poner un boliche. Hoy inclusive tenemos una reunión de negocios con los capitalistas. ¿Me dejás pasar chiquita? -Mientras preguntaba, con una rodilla buscaba hacer contacto con la cara interior de un muslo de la pobre Claudia.
- ¡Salí! -dijo ella, con voz frágil, y al decirlo permitió que él apoyase su mano izquierda en el marco de la puerta. Con la otra mano comenzó a acariciar, como al descuido, la tupida melena de su morena.
- Debemos ser pacientes querida y no me mires con esos ojos tristes que parecen niños sin golosinas. ¡Mirame bien! ¿Creés que me vestí así para ir a jugar al ludo? ¡No! Es porque hoy defino nuestro futuro, mi cielo. ¿Y en esta hora tan crucial para mí, me vas a abandonar? Tomá un caramelo, tengo de menta y de frutilla.
- ¡No quiero golosinas! Y con respecto a tus negocios, mejor buscás un empleo. ¿Para qué querés un boliche? ¿Para vivir borracho?
En su cuerpo, un ligero estremecimiento se dejó sentir.

Las facciones del hombre se descompusieron en una horripilante mueca. Tenía un defecto: era muy necio.
- ¡No entendés nada! Primero que no soy borracho, soy un cultor del buen beber y en lo que hace al boliche, de eso yo sé. ¡No des vuelta la cara mientras te hablo!
Y en un santiamén el herido amante entró al apartamento; para desgracia de ella.
- ¿Y si sale mal el negocio, Panchi, ¿qué vas a hacer? -Había angustia en su pregunta. Ya no oponía resistencia, pero aún mantenía una actitud distante.
- ¡Confiá en mí y pronto podremos vivir juntos! Pero no te quedes ahí parada y vení a mi lado.
Y mientras esto decía caminó hacia el sofá del living.
- Francisco ¡sos un cara dura!
Claudia, sintiendo el fuego en su cuerpo, lo observó de espaldas y en ese instante comprendió que había cometido un error. No supo ver las cosas desde otra perspectiva.-

Autor: Héctor Valle
hector@netgate.com.uy
"

 
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Re: Perspectivas (Puntuación 1)
por Lilianta el Tuesday, 27 January a las 14:01:43
Héctor:
Tu relato me hizo pensar y mucho... Siempre vemos nuestras "relaciones" desde una sola "perspectiva"... Porque en realidad... es la nuestra... y no podemos estar cambiando de "lugar" para ver los diferentes "entramados" de los que formamos parte.
Solamente cuando "cambiamos" nosotros es cuando hay una transmutación en nuestra "perspectiva"... No es otra perspectiva... fuimos nosotros los que cambiamos...!!!! y es por eso que vemos diferente.
Me encantó tu texto. Gracias por compartirlo.
Liliantana.





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