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Narrativa: cuentos: UNA LUZ QUE BRILLA EN EL ESTE
Enviado el Thursday, 11 April a las 14:12:26 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Radelas escribió "
Tenía bastantes menos años. Tenía incluso otra profesión. Económicamente algo mejor que otras; personalmente, a la postre, igual de improductiva que todas.

Lo que más valoro de aquel tiempo, tal vez lo único –perdóneseme la insistencia- es que era joven. Creía que todo puede llegar en esta vida y que nada, en principio, resultaba inabordable. Porque yo, con mi esfuerzo, estaba a punto de alcanzar el éxito profesional, ya que el emocional... bueno éste ya no era prioritario para mí...

Un buen día, dejé de ir al bar donde me reunía con mis amigos. De hecho, la obtención de un trabajo, de un aceptable trabajo, me apartó de muchas cosas... Cosas que por supuesto fueron substituidas por otras.



Nunca, hasta entonces, había tenido la oportunidad de padecer los rigores cotidianos del mundo laboral. Mi generación era una generación de desocupados y por eso pasaron muchos meses, años incluso, hasta que logré acostumbrarme. Para entonces la mayoría de mis antiguos amigos significaban bien poco. Pertenecían a otro status, al que ataba de pies y manos a un bar o a sitios peores, a cuantos no sabían o podían abrirse paso en estos años que nos habían tocado... En fin, que le íbamos a hacer, yo no era culpable. Bastante tenía con haber salido adelante.

Sin embargo, el pasado reciente parecía no estar dispuesto a dejarme tranquilo. Uno de los pocos amigos que conservaba, me insistía con frecuencia en que quizá había errado el camino. Alegaba que mi incorporación al mundo laboral no tenía porque significar una ruptura con todo lo anterior; que todo lo anterior no tenía porque ser malo; que en realidad me había embarcado en una aventura vedada para cualquiera de los que parábamos en aquel bar; algo para lo que en el fondo ni tan siquiera yo estaba destinado, por mucha cínica actitud y frialdad que procurara adoptar; que los años se encargarían de arrinconar en su lugar a cada cual...

Las reflexiones de mi amigo me hicieron pensar demasiado. Precisamente ahora que pensar ya no era vital para mí. Por eso finalmente dejé de verlo a él también. Consideré que mi último amigo lo que en realidad sentía era envidia e insatisfacción, y por lo tanto no se comportaba con la franqueza que se espera de un verdadero amigo...

De manera definitiva me centré en el trabajo. Fue entonces y sólo entonces, cuando vencí al hastío de lo cotidiano que tanto me había oprimido. Pronto pude comprobar con alegría que me divertía sobremanera. Descubrí que aunque el compañerismo era algo perteneciente a la utopía, me divertía yendo de copas con las secretarias y que los jefes eran hombres de carne y hueso al igual que yo; que tenían familia y sentimientos, que algunos días venían a trabajar con poca gana, que el trato con las subordinadas (con algunas subordinadas)... Bueno, descubrí que vivir, a poco que nos lo propongamos, es en realidad bastante agradable y sobre todo sencillo.

Y porque vivir debía ser ante todo sencillo, terminé por reconocer que la absoluta totalidad de cuantos objetivos me había fijado hasta entonces (bien pocos, para qué nos vamos a engañar) eran diametralmente opuestos a lo que ahora estimaba como razonable. Por fin abría los ojos a la sociedad establecida...

Decido, a sabiendas del precioso tiempo que ya había perdido, a reorganizar mi existencia, en adelante seguí al pie de la letra todos los consejos del Director de Departamento. Mi intención era que éste se percatara de mi esfuerzo para que viera en mí a un leal servidor. Y así sucedió. Me agradaba concederme alguna distracción de vez en cuando imaginándonos juntos dirigiendo la empresa. La gente como nosotros era el motor de la sociedad, estaba seguro...

De esta guisa transcurrió el tiempo. También comencé a confraternizar con las secretarias. Sobre todo a partir de que obtuve un puesto de mando intermedio.

Llevaba casi diez años en la empresa, puede decirse que conocía todos o casi todos sus entresijos. Para mi no existían secretos; al menos eso pensaba.

Con el nuevo y potente automóvil que acababa de estrenar, disfruté trazando las primeras curvas de la carretera, una vez dejado atrás el último semáforo que marcaba la frontera urbana. La ciudad pronto se achicó a mi espalda al final de la pendiente. Un murmullo en la madrugada desdibujada por la claridad del inminente amanecer. Penumbra de bombillas parpadeando aleatoriamente en las ventanas de los anodinos bloques de viviendas. Denuncias tácitas de la contribución de cuantos construíamos este mundo de progreso. - Reflexioné traicionado por el subconsciente-

Un par de kilómetros de monotonía asfáltica y otras tres curvas insistentes a la izquierda en un ascenso leve. Cabalgué sobre las terrazas fluviales del río que poco a poco, de millar en millar de años, se había apretado contra el páramo, allá detrás, justo encima de mi ciudad... Y la calina, pretendiendo usurpar el protagonismo, nivelando el fondo del valle, ocultando los edificios bajo una pendiente compacta pero inestable... Desde hacía tiempo el alba resultaba así de mortecina para mí...

Después de las tres curvas llegaba la recta larga. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Sólo la recta larga en dirección norte. Algún arbolillo aproximándose desde el borde de la carretera a ciento cincuenta por hora. Llegada hasta la cima del cerro y el penúltimo viraje. Muy cerca sonaba una sirena, eran las ocho. Marceliano levantaba la barrera y algunas veces, sólo algunas, le devolvía los buenos días.

A Andreu aquello le parecía mal. No me lo había dicho nunca, pero sé que le parecía mal. Yo por mi parte no acertaba a comprender, no me podía explicar como Andreu había llegado a consolidarse en su puesto. El Director de mi Departamento y yo habíamos llegado a la misma conclusión en más de una ocasión hablando del tema. Nos parecía chocante que se mantuviera en la empresa a alguien que se relacionaba tan poco con los demás y a quien frecuentemente se le podía sorprender distraído, evadiéndose de sus responsabilidades...

Contra él, lo que se dice contra él no tenía nada; incluso nos llevábamos bien. Al fin y al cabo desempeñábamos idénticas funciones. Tampoco era un adversario aunque fuera más antiguo que yo en la empresa, pues estaba claro que Andreu jamás pasaría del puesto actual; yo en cambio... Bueno, yo tenía mucha confianza depositada en el Director de mi Departamento.

Pero desde hacía un tiempo existía algún misterioso lastre por el que, a pesar de mi reconocida eficacia, mi posición parecía estancarse más y más. Comencé a sospecharlo cuando fueron promocionadas otras personas menos cualificadas que yo.

Un día cometí la equivocación, ahora lo sé, de insinuarle la cuestión a las claras al Director de mi Departamento. Con absoluta corrección aseguró desconocer el motivo por el cual yo no había sido tenido en cuenta. Fue el principio de mi punto y final en la empresa.

Pasaba semanas sin dormir apenas rebuscando en la vigilia, rebuscando en las curvas y rectas de la carretera el desliz que había desencadenado mi declive.

La solución del embrollo la obtuve juntando algunos cabos y el inesperado desenlace me devolvió a algo y algo que conocía muy bien...

Un día meses atrás, a punto de finalizar la jornada de trabajo, levanté la cabeza de mi mesa y miré... la noche era ya cerrada, su atmósfera tan vulgar como tantas... en realidad no miré a ningún lugar. Andreu estaba allí al lado, como siempre. Y como siempre parecía distraído.

-¡Qué haces!- Dije casi gritando para asustarle.
-¡Ehh!- Saltó de su silla. -¡Nada, nada! Me pareció ver una luz que brilla en el este.
-¡Qué jilipollez Andreu! Tu siempre entreteniéndote con cualquier jilipollez...
- Sí, tienes razón, pero es que me pareció extraño. - Respondió lacónico.
- No sé que tiene de extraño una luz- Sentencié.
- Sí, tienes razón, no tiene nada de extraño.

Y así terminó nuestra breve conversación. Pensé entonces que lo mejor para la empresa era que el Director de mi Departamento conociera el incidente. Este hecho vendría a unirse a tantos otros signos de debilidad de los demostrados por Andreu. Es posible que todo el conjunto de sus despropósitos, sirvieran para desenmascararlo de una vez por todas ante el Director General. Éste, tal vez tomara una decisión definitiva. Decisión en la que mi colaboración por supuesto habría resultado vital.

No obstante y aunque el Director General con toda seguridad permanecía en fábrica, pensé que era un poco tarde, además los conductos reglamentarios debían respetarse. Eso es, esperaría a mañana para contárselo todo al Director de mi Departamento; así es que apunté en un papel las palabras de Andreu. Su reiterado acto de abandono del deber laboral:

“Una luz que brilla en el este... Una luz que brilla en el este... Una luz que brilla...”

Así una y otra vez. Y lo dejé por allí, encima de la mesa. Creo.

Al día siguiente no pude ir a trabajar, ni al otro, ni al otro tampoco. Por primera vez en diez años una gripe traicionera me mantuvo encamado durante una semana completa.

Cuando me hube reincorporado no observé cambio alguno. La mesa permanecía ordenada tal y como la dejé. Tampoco eché nada en falta. El papel donde apuntara la frase de Andreu... me había olvidado de él, al igual que del incidente.

Luego, medio mes más tarde, otra vez me vino a la cabeza el asunto. Busqué el papel por entre mis cosas pero no lo encontré. El mismísimo Director de mi Departamento percatándose de mi preocupación insistió un par de veces; en ambas le dije que se equivocaba, que lo que hacía era una mera reorganización de documentos de trabajo. Delante de todos no podía ponerme a dar explicaciones, de porque una dichosa hoja de papel escrita una y mil veces me incomodaba tanto. La estúpida frase con las obsesiones de Andreu.

Finalmente deduje que la señora de la limpieza lo habría arrojado a la basura. En aquel momento de flaqueza decidí no hacer mención del incidente. No podía imaginar las consecuencias que ello me depararía.

No fue necesario que transcurriera demasiado tiempo para que la actitud de ciertas personas me pusiera en alerta. Desde luego algo extraño estaba sucediendo a mi espalda, pero qué.

Una tarde entré en el cuarto de la fotocopiadora. Dos chicas, dos inexpertas auxiliares cuchicheaban. Callaron inmediatamente cuando me vieron aparecer, pero conseguí entender la última frase que dijo una de ellas:

“... una luz que brilla en el este”.

Y después sus risitas interrumpidas bruscamente por mi llegada. ¡Era terrible! En aquel preciso instante presentí que un abismo estaba a punto de abrirse a mis pies.

Por supuesto procuré disimular. Hice una broma. Parafraseé un símil acerca de la nefasta influencia e*****énica del marchito comunismo, aprovechando la última palabra de la dichosa frasecita. En otro tiempo cualquiera de las dos se habría reído con mi ocurrencia, pero entonces no. Hicieron un gesto casi idéntico como de no entender y salieron precipitadamente.

De pronto, comprendía el absurdo y distante comportamiento de todos los compañeros incluyendo al Director de mi Departamento. Andreu (con la cabeza en otra parte como de costumbre) era el único que no había cambiado su actitud con respecto a mí.

Se me cayó el mundo; si no lograba una rápida solución era un hombre acabado. ¡Y todo por una jilipollez!

Por la tarde hice acopio de todo el valor y serenidad que me permitió mi alterado ánimo presentándome en el despacho del Director de mi Departamento.

- Buenas tardes, quiero que me explique de una vez por todas que es lo que sucede conmigo.

Contaba, pensé, con la contundencia de la imprevisión. Consideré que ni el mismísimo Director de mi Departamento poseería medios de defensa que le permitieran reaccionar ante un ataque frontal tan fulminante, pero erré.

- Tenga. - Dijo depositando el papel extraviado sobre la mesa. - Tiene el fin de semana... Hasta mediados de la próxima semana, en que volveré de viaje, para buscar un motivo convincente que explique esto. De no ser así, considere que su tiempo en esta empresa ha concluido. Es lo que hemos decidido el Director General y yo. Me ha decepcionado, siempre pensé que era usted alguien concentrado en el deber. ¡Salga de mi despacho!

Recogí la hoja de papel pero no la miré.

- Puedo... es... ahora mismo... – El estupor no me permitía articular palabra.

- ¡Salga de mi despacho! ¡Fuera! – Me gritó con rabia.

Un sentimiento de abatimiento y frustración hizo presa en mí de tal manera, que la mente se me quedó absolutamente en blanco y sin capacidad de reacción.

Apreté el papel en mi puño. – Una luz que brilla en el este... – Pensé. Cientos de luces escapando del interior de mi mano...

Maldije mi absurdo destino mientras abandonaba las oficinas de dirección. Por fin quedaba todo aclarado. ¡Me habían tomado por un loco! ¡Por un disipado soñador! Un alucinado... De pronto mi empírica y concreta reputación cultivada durante tantos años, se venía abajo como un castillo de naipes y aparecía para todos como un imbécil, como otro Andreu... Pero lo peor del asunto es que ya difícilmente conseguiría demostrar lo contrario.

¿Qué hacer? ¿Cómo podía recuperar la estima por parte de los jefes? De existir alguna forma habría de obrar con celeridad.



Primero me concentré en recuperar el aplomo. Luego debería ser astuto y práctico como yo sabía, como había aprendido.

Comencé a concretar un plan con una meta muy definida como último objetivo. Una meta ambiciosa que por supuesto incluía el relanzamiento profesional, recuperar la reputación y por fin la venganza contra todos aquellos que no habían confiado en mi. El Director de mi Departamento... ¡Ese era el principal culpable! Disponía de pocos días. Suficientes, pensé...

Sobre todo y en primer lugar, demostraría la absoluta lealtad que profesaba por mis superiores y mi empresa. A continuación, tenía que buscar la manera de demostrar sólidamente, que todo el asunto del papelito estaba encaminado a desenmascarar al verdadero culpable; esa rémora de Andreu.

Aproveché uno de los muchos ratos a solas que compartíamos. Como si en realidad no me interesara mucho, le pedí que me contara más detalles a cerca de la luz que creyó ver tiempo atrás. Si es que había algo más que contar.

- Una luz, sí. Que siempre brilla... - Dijo arrastrando la frase.
- ¿Pero a qué luz te refieres? ¿Dónde está esa luz?
- Una luz sí... La luz que indica el camino que no tuve el valor de tomar... Brilla en el este cuando llega el crepúsculo o momentos antes de la aurora.... Es el lugar que marca la dirección de lo que tendría que haber sido mi vida...

Pensé que Andreu estaba absolutamente loco, pero escuché atentamente sus delirios. Éstos se sucedieron en forma de monólogo inculpatorio. Cuanto decía me parecían tonterías, pero de pronto comencé a darme cuenta de que sus recuerdos, sus palabras, estaban tan llenas de amargura, tan aferradas a la certidumbre de haber desaprovechado la existencia, que no pude evitar echar un fugaz y retrospectivo vistazo de lo que hasta entonces había sido mi propia vida; tan plagada de sin sentidos...

Habló y habló, confesándose, desvelando sentimientos ocultos durante años. Me propuse no concederle demasiada verosimilitud, no me convenía. Al fin y al cabo se trataba de un alucinado. ¿No...? Tenía la cabeza llena de patrañas y tonterías relacionadas con islas, tesoros y piratas del Mar de la China. Dijo que de jovencito quiso ser marino. Llegó incluso a embarcarse como polizón en un mercante, pero no fue muy lejos. Cuando, asomado por un ojo de buey, contempló la enorme inmensidad abriéndose frente a su vida se sintió amedrentado. Entonces salió a cubierta dando voces, implorando para que se le llevara de vuelta a casa con sus padres. Confesó que lo que más impresión y humillación le ha producido en toda su vida, fueron las caras de los marineros mirándole fijamente. En ese instante hubiera preferido que se rieran de él, pero muy al contrario, aquellos hombres de gesto heriático permanecieron impasibles sin apartar sus miradas duras pero apenadas... Como si lamentaran, como si le reprocharan que se dejara llevar por la lancha guardacostas, porque ello significaba que ya jamás llegaría a ser marino.

Desde entonces, cada vez que veía un barco y más aún a sus tripulantes, Andreu confesó sentirse invariablemente como un traidor, un traidor de sí mismo...

Al final desvarió demasiado. Insistió otra vez con lo de la dichosa luz y me dijo que cualquier día de estos acabaría por reunir el valor que le faltó de joven. El viaje que emprendería le llevaría al este, muy al este. Al otro lado del mundo, al lugar donde se debe buscar una isla para descansar. Tal y como hacen los viejos lobos de mar.

Dijo que sólo entonces dejaría de reprocharse y que por fin podría mirar de frente a los marinos porque, aunque con retraso, habría hecho lo que se debe hacer en la vida; procurar vivirla...

Luego miró el reloj y se despidió hasta el lunes siguiente con toda naturalidad.

Detuve la grabadora que había utilizado secretamente. Estaba satisfecho. La contundencia de la información que acababa de obtener con la involuntaria confesión de Andreu, significaría mi total rehabilitación.

Mientras ascendía las escaleras camino del despacho del Director de mi Departamento decidido a mostrarle la grabación, comenzó a fraguarse un nuevo plan en mi cerebro. ¡Sí! Decididamente haría algo parecido.

Me detuve en la puerta pero no entré. Di media vuelta volviendo sobre mis pasos, me quedaba mucho tiempo todavía, casi una semana para concretar la estrategia que estaba gestando... que me llevaría a recuperar el terreno perdido y aún más.

El miércoles o jueves siguiente, cuando ya hubiera regresado de su viaje, solicitaría una reunión con el Director de mi Departamento y el Director General. Sólo entonces mostraría el as que guardaba en la manga, la prueba concluyente de mi inocencia. Con esta acción conseguiría que el Director de mi Departamento quedara como un imbécil al desconfiar de uno de los mejores elementos de la empresa. A continuación mostraría una postura conciliadora. Reconocería mis fallos... pero dejando bien claro que éstos consistieron en una inoportuna enfermedad, en un gesto de benevolencia (algo conveniente de vez en cuando) y en la obsesión por el bien de la compañía; obsesión que me había llevado a escribir de forma inconsciente la frase una y cien veces en un papel...

Cuando saliéramos del despacho del Director General hasta a lo mejor teníamos un nuevo Director de Departamento en la empresa, para escarnio de aquel necio que no había confiado en mi. Con un poco de suerte sería despedido por... Seguro que encontraríamos algo... ¡Por acoso sexual! ¡Ja, ja, ja! Es lo que merecía.

El plan más que cobrar forma estaba prácticamente elaborado. Sólo necesitaba retocar algunos flecos y aprenderme la lección al dedillo.

Mientras bajaba al aparcamiento, por primera vez en bastante tiempo me sentí lleno de algo parecido a la euforia.

Mañana sábado – Pensé - llevaría a alguna de mis amigas a cenar. ¡O mejor aún! A pasar un loco fin de semana en... ¡Bah, daba lo mismo! En cualquier lugar. Un loco fin de semana...

Aceleré a tope en cuanto Marceliano levantó la barrera. Le saludé - Hoy sí, me dije -. Los potentes faros rasgaron la oscuridad. Una pequeña criatura apenas tuvo tiempo de saltar a la cuneta. Ascendí la vertiente del cerro a toda velocidad y pasé del otro lado. La recta larga. Los reflejos de la ciudad allá al final. El futuro frente a mí. La noche detrás; la noche al oeste; la noche, salvo una insignificante luz, en el este. No la presté atención.

Enseguida estuve en casa. Tomé una gratificante ducha y me dejé caer en el sofá. Busqué algunos números de teléfono en la agenda mientras recordaba en voz alta:

-¡Una luz que brilla en el este...! ¡Ja, ja, ja! ¡Qué jilipollas eres Andreu! ¡Qué jilipollas es el Director de mi Departamento! ¡Hasta el Director General es un jilipollas...! ¡Os vais a enterar todos...! Una luz que brilla...

Y entonces regresó de súbito a mi cabeza: “Una luz que brilla en el este”. La acababa de ver cuando regresaba del trabajo.
-¡Bah! Cualquier cosa...

Quedé con Paloma. Partimos esa misma noche. Nos detendríamos en algún hostal de carretera.

Inconscientemente tomé la comarcal que pasaba junto a mi fábrica. Esta vez sin embargo no hice como en anteriores ocasiones, en que aprovechaba el corto trayecto para deslumbrar a “mis chicas” enumerando nuestros logros mercantiles y mi proyección. No estaba de demasiado humor. Además, algo comenzaba a acaparar poderosamente mi atención. Una luz que brillaba en el este. Las fantasías de Andreu...

Cuando nos acercábamos al lugar aproximado desde donde creía haber visto la supuesta luz, levanté el pie del acelerador. Casi dejé que se detuviera el coche. Paloma, que hasta entonces no había parado de hablar de su cargo de agregada al jefe del departamento financiero, me malinterpretó. Pasándome una de sus piernas por entre las mías me dijo que sí, que por ella debíamos aprovechar a tope el fin de semana. Que conocía el camino que estaba buscando, el que ascendía un poco más adelante la loma sobre la que, en tiempos, existió una granja avícola. ¡Sí! Justo allí a la derecha; donde parecía parpadear una luz...

- Entonces habrá alguien - Dije secamente y el automóvil volvió a ganar velocidad.

Lo pasamos bien, estuvimos... ¡Da lo mismo! Lo pasamos bien. Paloma era extraordinaria, en la cama. De las mejores que conocía. Así, durante un fin de semana la podía soportar; más no. Porque Paloma, de quien jamás puse en duda su capacidad de trabajo, como persona era otra jilipollas. Igual que Andreu, igual que el Director de mi Departamento. A Paloma sólo le importaba la estética, la apariencia y “la pela...” Y es que yo, en el fondo, era un romántico que todavía tenía esperanzas de hallar la verdadera esencia de la vida...

El domingo por la noche de regreso a casa, no dejaba de pensar en porqué últimamente todo el mundo me parecía jilipollas.

Reprimí una carcajada mirando de soslayo a Paloma y ella, como intuyendo que algo iba mal, comenzó a hablar atropelladamente. Cuando dijo que se había echado novio, guarda jurado, decidí “pasarla a la reserva” de inmediato. Lo decidí en un instante, casi con premura, por dejar sitio a otro asunto que ahora me preocupaba más, ya que de nuevo, en el mismo lugar, vi una luz que brillaba en el este, quizá más débil, pero en el mismo lugar.

Dejé a Paloma en su casa procurando escabullirme con prontitud. Imaginar viéndomelas con el guarda jurado no me estimulaba en absoluto.

Hasta nunca. - Dije para mis adentros -. O hasta que dejes al jilipollas ese. ¡Ja, ja, ja!

Por la noche dormí de un tirón. Descansando razonablemente como lo hacía desde que había encontrado la solución a mis males... Más aún existía algo perturbándome. Se reflejaba en mi mente a través de los sueños. Era como una especie de visión luminosa indeterminada, que a la vez me producía sosiego e indecisión.

Más temprano que de costumbre salí aquel lunes para el trabajo. Sentía crecer la excitación en el comienzo de la que podía ser una semana fundamental.

Repasé mi plan por enésima vez. Estaba tan claro y estructurado que no podía fallar. Pero la luz brillando en el este... cada vez más débil... en un lugar donde jamás debiera haber estado... Seguía allí, desconcertándome.

No sucedió nada significativo durante toda la jornada. Sabía que la cuenta atrás acababa de comenzar y que ésta, a lo sumo, finalizaría el miércoles o el jueves. Por eso me centré en mis quehaceres procurando aislarme de cuanto me rodeaba y dejé que las horas se consumieran una tras otra. Estuve tan relajado y despreocupado, que sólo mientras regresaba a casa por la tarde me percaté de que Andreu no había aparecido aquel lunes. Mañana, si acudía al trabajo, le preguntaría. Y mañana, o un día de estos, acabaría por tomar el camino de la vieja granja avícola para comprobar el origen de la dichosa luz. Nunca fui curioso, pero esta vez una desazón supersticiosa me obsesionaba.

El martes resultó exactamente igual de tedioso. Andreu tampoco vino. Pedí a una secretaria que le telefoneara. No contestó. Este acontecimiento reforzaba mi tesis. No pensé en otra posibilidad. Pero de vuelta a casa, al comprobar como una vez más la luz, aunque ya muy débil, continuaba insistente en el mismo lugar, por primera vez se me ocurrió relacionarla con Andreu. Por supuesto que sus fantasías continuaban pareciéndome bobadas, pero, dónde estaba él y qué significaba la luz consumiéndose en el este...

El caso es que el miércoles, cuando más descansado debía encontrarme, lo comencé con una vigilia involuntaria que no me permitió pegar ojo en toda la noche.

Por fin opté por levantarme bastante antes de lo habitual. Un terrible presentimiento me asaltaba, muchas dudas, mil preguntas imposibles de contestar. Justificaciones injustificables. Viles comportamientos; razones que no tenían explicación... Sin embargo no debía precipitarme. Este era mi gran día. Tenía que mantener el aplomo... De continuar así, con esta creciente indecisión... Todo mi plan... ¡Ni siquiera podría alcanzar un mínimo grado de credibilidad! Con la estrategia tan meditada que había elaborado... ¡Y estos nervios atenazándome!

Sin apenas poder controlar la tensión salí a la calle. La niebla plomiza de tantas veces escondía el alba. Me costaba trabajo respirar con regularidad y cuando forcé los pulmones, la humedad pareció reaccionar en mis entrañas como un ácido abrasador. Hubiera deseado enfermar... Ahora sí.

Tomé el camino de siempre. Solo, en medio de la multitud motorizada, ajena y anónima, que conmigo coincidía a la misma hora para llegar a parecidos y tediosos destinos. Autómatas...

¿Qué sería de mí? El Director General podía no creerme; o peor todavía, le podía convenir no creer en mi historia.

Seguro que el Director de mi departamento se defendería con uñas y dientes; seguro que alegaría mil falsedades con tal de guardarse las espaldas. Diría que lo de la grabación era una mentira. Que ahora que no estaba Andreu resultaban deplorables tales estratagemas...

Yo sabía que cuando el Director General llamara a Andreu para confirmar la veracidad de mi grabación lo confesaría todo. Se hallaba tan absorto en su irrealidad que ni siquiera me guardaría rencor. Pero Andreu no estaba y por eso el Director de mi Departamento podía defender todo lo imaginable. En semejantes circunstancias hasta yo mismo me inclinaba ante la evidencia. A no ser... A no ser que la luz que continuaba brillando en el este aportara la solución definitiva.

Tomé el desvío a la derecha de la carretera. El que conducía a la granja avícola abandonada. La escasa visibilidad que provocaba la densa niebla junto con el mal estado del camino me obligaron a ralentizar la marcha. Aún así, mi coche cabeceaba y daba violentos bandazos; muy característicos, como los que el curvilíneo ritmo de las olas dicta al mar, para zarandear a los pequeños pesqueros de bajura. Unos días antes no se me habría ocurrido someter mi flamante automóvil a semejante tortura, pero ahora ya no me preocupaban muchas cosas. Llegaría hasta la luz aunque tuviera que adentrarme en lo más profundo de la tempestad...

La lluvia se abrió paso entre la penumbra y la niebla. Escurriendo, golpeando el parabrisas. Por una rendija de la ventanilla me alcanzó la furia de la marejada. Resoplaba, lo empapaba y electrizaba todo. Iluminando fugazmente algunas formas, cegando el amanecer, ocultando por un instante el parpadeo de una luz en el este, un faro en la noche... al que me acerqué un poco más.

Recordé a los marinos de las de las historias de Andreu. Lo imaginé a él en medio del temporal, náufrago y entonces me provocó algún tipo de compasión; ese sentimiento inútil que había procurado erradicar de mí.

Un poderoso impacto me detuvo en seco. Si verdaderamente me hubiera encontrado en el lugar donde en aquel instante me transportó el recuerdo del viaje que hiciera dos años atrás, en el Cabo de Hornos, al terrible rugido que me heló la sangre lo habría identificado al momento. Una de esas masas grasientas, inmensas y furiosas que tanto se asemejaban a las focas. Que tanto parecían disfrutar lanzándose contra las peligrosas rompientes de los acantilados.

Pero no estaba en el Cabo de Hornos; sí en mitad de un temporal que azotaba en mitad de las monótonas parameras de Castilla. Lo suficientemente bravío como para modelar la atmósfera en una amalgama de volúmenes, niebla, luces y lluvia.

El coche de Andreu se encontraba con las puertas abiertas. Ráfagas de viento gemían cuando quedaban atrapadas en su interior. Vaporosos remolinos, espumas hirvientes y sal de la furia marina sobre el casco embarrancado... Una mortecina luz dentro... Nadie. “Quizá en el este”. Pensé con creciente amargura.

Dos ideas antagónicas lucharon dentro de mí y como dos almas enfrentadas, dos filosofías irreconciliables, tomaron forma y tras breve e inútil disputa desaparecieron para siempre. A una se la llevó el temporal que se dirigía hacia el este. La otra probablemente se diluiría como un azucarillo en el mundo controlado por los directores generales y de departamento...

Examiné mi empapado y estropeado traje. Puede que pareciera el reflejo de la derrota, pero no lo quise considerar así. Sin embargo, sabía que mi incierto futuro nunca estaría cerca del este con los sueños de Andreu, mas tampoco en el norte al que conducía la carretera que llevaba a mi fábrica...

Supongo que “la brújula” se me averió definitivamente entonces. Perdido y a la deriva, el bar de donde saliera hacía años no era más que un arrecife. En él, irremediablemente quedaría varado como tantos otros. Las lapas, la sal y los erizos de mar, poco a poco irían disimulando las aristas y formas de mi anterior existencia.

Pedí una caña. De mis conocidos no había nadie. Recordé a mi último amigo. Recordé el día en que me dijo que todos los que paraban por aquel bar serían siempre los mismos, que no cambiarían, que siempre estarían allí; que quien había cambiado era yo empeñándome en algo que casi ninguno de ellos tendría jamás; en algo para lo que en el fondo ni tan siquiera yo estaba destinado; que los años terminarían por arrinconar en su lugar a cada cual; que quien sabe si no volveríamos a encontrarnos aquí...

De mis conocidos no había nadie, pero esperé a que llegaran. "

 
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Re: UNA LUZ QUE BRILLA EN EL ESTE (Puntuación 0)
por Anónimo el Saturday, 13 April a las 14:53:51
El relato del que he tenido el gusto de disfrutar, algo distinto a lo que estoy acostumbrada a leer, me ha sorprendido por su hábil composición: atractivo desde el título hasta el desenlace, trata el destino como un misterio, como un acertijo cuya brillante solución se haya en la hermética mente del protagonista, un personaje que se rinde a la curiosidad y a la emoción tras haber vivido absorto en su trabajo.


Sinceramente, me ha gustado bastante.
suerte en los próximos relatos.



Re: UNA LUZ QUE BRILLA EN EL ESTE (Puntuación 1)
por clamaga el Sunday, 28 April a las 04:25:03
http://www.artnovela.com.ar
Querido Radelassi: tengo la suerte de haberte leído en otras oportunidades, pero de verdad en este cuento te superás a vos mismo. Es reflexivo, inquietante, tiene tensión... Bueno ¡acabo de ponerte la puntuación más alta! y espero que los amigos que vienen a la página no se lo pierdan :) Cariños Gra





¿Ya leyó el libro Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. ? Contenido: Para enriquecer la discusión Beatriz Sarlo interviene en el debate sobre la historia reciente y señala las simplificaciones y los lugares comunes que la “industria cultural de la memoria” provoca al exaltar lo testimonial. [ ...LEER MÁS / COMPRAR ]

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