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Narrativa: cuentos: Sobre los maestros de los caminos
Enviado el Wednesday, 02 April a las 12:46:07 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura ismael3 escribió "

Primero fue una pequeña nube amarilla allá lejos donde la Gran Avenida solo es piedra y terrones calcinados, luego fue un punto negro en medio de la nube y más tarde, solo una hora más tarde surgieron los barcos. Alguien, de entre unos pocos, dio la orden y la Puerta Norte fue abierta y casi todos entre muchos más se ubicaron en los frentes de las casas y en sus ventanas de marcos azules apoyaron los antebrazos y los mentones de los niños pequeños.

Era el mediodía de un día más, era la hora exacta para que los gatos comenzaran a dormir. Pocas nubes en el cielo y no hacia falta más porque ya casi era Otoño y el sol no picaba ya en las nucas desprotegidas como el mes anterior. Había maceteros de mimbre en los balcones y también geranios rojos saludando a la brisa que provenía del desierto.

Nosotros proveníamos del desierto, nosotros los navegantes cansados, los Maestros de las ciudades del desierto. Nuestro barco, el Lemuria, parecía un viejo elefante, un galápago arrugado y bamboleante; habíamos traído con nosotros lo mejor y lo peor de una Madre Tormenta de las dunas. Detrás de nosotros el Atlántida conservaba toda su hermosura, su maderamen intacto y pulido, pero cincuenta hombres del Lemuria lo arrastraban sobre sus ruedas pues nadie se había atrevido a subir a él después de la epidemia para izar sus velas y navegar con el viento. Solo había unos pocos cadáveres a bordo, el resto yacía desparramado en el desierto entre las cascadas de arena y el Atlántida todavía conservaba su biblioteca que era lo más importante para nosotros, solo necesitábamos un hechicero que nos ayudara a poner otra vez el barco en orden. Preguntamos a faunos y a duendes por nuestro derrotero y todos nos indicaron la Gran Avenida y ahora esta se abría ante nuestros ojos y a lo lejos al separarse las hojas robustas de la Puerta Norte, vimos la ciudad esperándonos y más tarde vimos al niño que nos miraba desde la azotea del tercer edificio.

Yo era el niño que miraba y el tercer edificio era mi morada, mi cubil de aromas familiares y juguetes poligonales; yo era el niño que ellos buscaban a través del polvo y de la historia, y a ellos no les importo mi corta edad ni mis trenzas pegajosas de miel, solo tomaron mi sabiduría, saquearon mi mente y abandonaron mi cuerpo vacío dentro de la bodega de un barco en el desierto. Yo recordé mis sueños antes de ver los barcos por primera vez, mis noches perdidas entre multitudes de libros que cubrían las cuadernas de un navío, libros que caían al suelo de madera suave y se abrían en páginas dispares y mostraban su conocimiento ante mis ojos que se regocijaban en esa ofrenda de letras mostrando después de cada libro aún más apetito. ¡Sí! Yo recordé mis sueños, pero en ese mismo instante los olvidé y corriendo atravesé las aberturas circulares de mi cuarto llegando rápidamente a la azotea bañada por el sol, una, limosna de pequeñas nubes me recibió y escuché como abrían la Puerta Norte y mis trenzas se agitaron con la brisa seca proveniente del desierto.

El viento del desierto nunca penetraba en la ciudad pues se llevaba la humedad que a duras penas se lograba mantener; las colosales puertas se abrían solamente para dar paso a los grandes navíos del Imperio o como ahora, para que entraran los barcos de los Maestros de los Caminos. Pero esta vez no comenzó la fiesta como otras veces, desde un principio las trompetas y los tambores fueron acallados y los juglares a la vera de la Gran Avenida aquietaron sus cascabeles de plata. Los relojes fueron detenidos en su hora más quieta para que nuestro tiempo no sufriera pérdidas y el camino de los Maestros fuera más corto. Todos los ciudadanos sacaron sus espejos a las veredas: espejos pequeños, espejos grandes y comenzaron a llenar la Gran Avenida de reflejos y hubo mil barcos avanzando en el mediodía y nadie perdió detalles de su paso. Había tristeza ante el andar de los barcos y había silencios de voces y de aplausos y todos extendían sus manos en busca de los libros y esperaban en vano pues los navegantes los ignoraban y solo miraran al niño en la azotea, brillando con el sol.

El mascaron de proa del Atlántida era un diablo del mar, un ser fabuloso y horrendo, un vestigio de nuestro pasado místico y oscuro; el Atlántida era un barco relativamente nuevo, solo para el transporte de libros, solo para el Peregrinar de la biblioteca y su imprenta de valiosos tipos y tintas extrañas: el púrpura del múrice proveniente del Mar Salado y el azul de los Pantanos del Sur. Nuestro mascaron era un ángel de la montaña, un niño leve, roído y castigado por la arena de los años, tanto nuestro mascaron como nuestro barco eran viejos, éramos un navío de guerra, una cascada nuez de mares diversos e ignotos. Protegíamos al Atlántida y su tesoro, pues la sabiduría beneficia pero en un medio hostil la ignorancia combina el respeto con la envidia y la seguridad dicta leyes que no debemos pasar por alto. En el Lemuria éramos todos guerreros, en el Atlántida, antes de la epidemia, había monjes y artesanos, había intelectualidad y destreza de dedos, en el Lemuria solo había habilidad de antebrazos sobre espadas y espaldas anchas; el Atlántida cargaba gente inocente y nobles conocimientos de ciudades lejanas a orillas del mar. Nosotros éramos hombres del desierto y la montaña, hombres duros de piernas largas y oído atento.

Yo supe desde el principio que los libros del segundo barco estaban en blanco y que las miles de hojas encerradas estaban vacías. Algo había sucedido entre las cuadernas encorvadas y los mástiles menores, lo supe cuando vi la cubierta desnuda poblada solo por las pequeñas sombras del mediodía. Intuí sin saber como, que los artesanos y los monjes se habían vuelto locos y se habían matado unos a otros en el delirio de un misterio de tintas y papel blanco. Supe que los guerreros dirían a todos que había una epidemia y que buscaban un catalizador un hechicero, un niño pequeño vulnerable y utilizable, un niño pequeño como yo, que me sometí y no traté de huir ante los brazos musculosos de los guerreros que vinieron a mi morada y saquearon mi cuerpo.

Todos los elementos que directamente o no se involucran en el paisaje de los caminos, se erigen en maestros de las distintas etapas de la vida. Desde el minúsculo insecto hasta el águila hastiada de cielos, desde el canto mineral de los senderos de piedra hasta la corteza humilde de un árbol solitario. Los sentidos absorben una masa gigantesca de información en sus variadas formas: electricidad, magnetismo, reacciones químicas, frecuencias de distintos sonidos, alegrías, miedos, excitaciones que manejan impulsos en los cuerpos vivos y aún informaciones en lenguajes que todavía no se han descubierto o no son fáciles de comprender como el amor de una mirada. La hormiga puede mostrar su sistema de movilización en masa ante una señal química, el árbol puede sugerir la paciencia y tranquilidad de un alto en el camino, un río puede legar la sabiduría efímera del tiempo que transcurre, la arena hará meditar sobre el dolor de saberse muy pequeña; y todos estos son maestros que no se pueden ignorar, son herreros que templan la sangre e imprimen en las frentes el silencio de comprender o la maravillosa alquimia de la vida deslizándose a la par de unas huellas bajo el sol del mediodía, en el desierto.

Subimos al niño por las escalas del Atlántida, al llegar a cubierta se detuvo y desde allí arriba nos miró luego paseó la mirada por la multitud de ciudadanos en las orillas de la Gran Avenida y desapareció barco adentro; todos volvimos al Lemuria salvo los cincuenta hombres que sacarían al Atlántida de la ciudad y lo remolcarían hasta que los libros y todo el barco recuperaran su antiguo estado. Dos gruesas cuerdas de cáñamo y mitad de hombres en cada una arrastrando un barco por el centro de la Gran Avenida, solamente hombres sobre piedra.

La bodega del Atlántida era una gran caverna apenas iluminada por los tenues rayos de sol provenientes de las escotillas entreabiertas, era una enorme oquedad de silencios y de hombres. Y yo me senté, doblando lentamente mis rodillas para no caer, entre esos estantes infinitos solo en la penumbra, yo estuve allí entre las hileras de libros en blanco que nunca habían conocido una letra o un dibujo miniatura, yo estuve allí razonando la locura de los monjes y deduciendo el cansancio y contemplando un engaño de siglos. Los libros jamás fueron escritos. Los libros eran la burla de los dioses para un Imperio de envidias y profunda ignorancia. Los libros solo eran la ilusión de un puñado de hombres que atravesaron todos los caminos, navegando de ciudad en ciudad, para, llevar consigo un sueño. Y yo era un niño, un diminuto niño que tenía que desatar la locura para que todos comprendieran, yo tenía que perecer frente a la Puerta Norte y en mi delirio final incendiar el barco, quemar la bodega del Atlántida para que todo volviera a la normalidad. Los libros jamás serían vistos, no habría pruebas del engaño sin embargo mi sacrificio daría lugar a la leyenda, crearía un vacío que solo se podría llenar con un placebo manuscrito de los hombres llamado Historia.

Si observamos desde el punto de vista de lo abstracto, lo absoluto, los caminos son todos iguales, son acumulación de imágenes a lo largo del tiempo, son compilación de descubrir o recordar. Pero sí lo vemos desde otro sitial, las sensaciones que se nos abren en caminos diferentes son lo que llamamos experiencia, proceso que aunque no comprendamos del todo se apega a nuestras palabras y a nuestros hechos. Los que son diferentes son los hombres que recorren esos caminos, cada uno con su carga, sus deseos de piedra, sus ilusiones de polvo, sus anhelos de saber que hay otros caminos aún por recorrer, en fin, cada, hombre es en si un camino diferente, propio, que alcanza su sabiduría cuando espera en silencio que el viento borre sus huellas y quite su perfume de ese camino para dejarlo libre para que otro hombre, uno más, sienta la inquietud de liberar sus pasos algún día. Existen caminos de suaves hierbas, de oscura piedra, de brillante arena, de parda tierra; existen caminos sin luces, nocturnos por la ausencia de lunas cotidianas, caminos de auroras: rojos y esplendorosos a la hora indicada para el silencio, caminos hacia el horizonte para hombres solitarios, tristes, o profetas en busca de la niebla: caminos entre árboles, entre flores, entre paredes desnudas, entre mares, entre estrellas eclipsadas por sombras de lejanas procedencias, caminos a la par de otros caminos y caminos que son simplemente eso caminos.

Y yo todavía estoy aquí, en la biblioteca que es súbdita de penumbras y atardeceres del desierto. Sé que tengo que cumplir mi destino y principiar el fuego, sé que la ciudad ora por mí y alrededor del barco cuento con media centena de guerreros, sé que moriré y que mi testimonio escrito, el primero sin saberlo nadie, también será cenizas y mi cuerpo conformará el puente entre el dolor y los gritos de locura.


Nota: Estimado ismael365: es muy imaginativo este texto, tal como casi siempre suelen ser tus escritos. Tal vez aquí deberías mirar un poquito la puntuación, y quizá suprimir algunos adjetivos. Abrazos."

 
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