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Narrativa: cuentos: ESTELA
Enviado el Sunday, 26 January a las 22:00:18 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura ARGVIDA escribió "

Por Ana Rosa García Vidal

Preparar un plato de gourmet para las hermanas Fernandí no era una tarea difícil. Isabela se había instruído a conciencia con manuales de cocina burguesa del tipo La Cuisine de Madame Saint-Ange o viendo programas de televisión como el "Art et magie de la cuisine" que presentaba Raymond Oliver, chef de un famoso restaurante parisino. Con todo, su hermana Estela prefería la octogenaria Guía Michelín, que guardaba bajo la almohada para las noches de insomnio, leyéndola con obsesiva reiteración.



Años de dedicación plena y largo aprendizaje de las artes gastronómicas, les valieron el apodo de “las hermanas Rosette de Lyón” (variedad de salchichón). A parte de esto, eran reconocidas por gran parte de la colectividad francesa de Chefs, como dos de las más grandes maestras culinarias de Francia.

La casa de los Goldony, casualmente fabricantes de pan en una de las industrias francesas más importantes, habían contratado a esta pareja singular en 1.967, cuando solo eran dos huérfanas del barrio de Lasalle, y cocineras de un pequeño restaurante italiano. Monsieur Goldony había despedido a su chef particular por ciertas discrepancias culinarias a la hora de preparar unos famosos canapés de pavo y queso, que habían levantado mucho revuelo al descubrirse entre las migas de pan, pequeñas partículas de pegamento. Según el cocinero este original modo de amasar las migajas, dotaba de un sabor especial al panecillo haciéndolo todavía más sabroso. A raíz de aquello, monsieur Goldony, que había quedado encantado con los postres de anís de las hermanas Fernandí, comiendo un día por casualidad en aquel restaurante de la rue de Saint Germain, decidió contratarlas a cualquier precio. Ya le habían dado referencias de estas curiosas cocineras preguntando por la receta del pastel de anís. Por lo visto, cuando su madre murió, estas habían heredado un libro antiguo de recetas afrodisíacas que revelaba los siete secretos maravillosos de la cocina perfecta. Pero aunque su afición venía de antes, este pequeño acicate desarrolló del todo su fervor.

La madre, una amante de la gastronomía tanto en su preparación como en su deglución, llegó a pesar en torno a los 190 Kg. Sus hijas perseguían con angustia la misma meta. Sin embargo, les era imposible refrenar su incontrolable apetito y su obsesión desesperada por la comida. A tal punto llegaba esa fascinación que sentían, que incluso en sueños veían tartas, paneras y suculentas mesas adornadas con pucheros repletos de víveres y cocidos madrileños.

Isabela, aunque no era excesivamente obesa, mostraba con rubor su irreparable carnosidad, e intentaba hacer dietas sin pasar hambre que nunca daban resultados positivos. Si bien, lo único que lograba al final era aumentar de peso. Estela, de carácter más tímido y retraído que su hermana, y al mismo tiempo más inteligente, había alcanzado ya los noventa kilos con 23 años de edad. Pero eso no le importaba demasiado, no como a Isabela, que intentaba por todos los medios luchar contra ese deseo. Estela en cambio, nunca había sentido la necesidad de gustar a nadie porque nunca se había sentido capaz de ser aceptada por nadie. Era tal la contradicción neurótica con la que había convivido desde pequeña por culpa de su madre, que llegó a pensar que nadie podría llegar a amarla. Mientras llenaba los pucheros y cebaba a sus hijas al mismo tiempo que lo hacía ella, recriminaba a las niñas que fueran rechonchas y bajitas y no pudieran reprimirse al ver la comida. Aquel placer extraordinario, aquel goce violento que sentían sus paladares, sus lenguas y toda su boca estremeciéndose al comer, regía del éxtasis a la necesidad como un niño que después de caerse de un árbol del parque y fracturarse la pierna, regresa una y otra vez para hacer lo mismo.

Aunque Estela tenía un rostro indiscutiblemente más bonito que el de Isabela, siempre había tenido menos éxito en lo que a hombres se refería. En su subconsciente, cuando se convenció de que tenía que optar entre su amor a los postres y a los guisos, y su pareja futura, decidió inclinarse por lo primero asumiendo que lo demás lo tenía perdido. De este modo, mientras Isabela compartía con ella su obsesión culinaria, al mismo tiempo le separaba un abismo entre el interés de la una por cuidar su aspecto y gustar a los hombres, y la incuria de la otra por ser deseada.

Durante el comité de asuntos industriales que se celebró en 1.975 en el ministerio de comercio, un acto al que asistieron la mayor parte de los pequeños y grandes empresarios de Francia, y en el que estuvieron a punto de clausurar la fábrica de panes y pasteles de monsieur Goldony a causa de ciertos fraudes fiscales, una tarde de verano llegó al hogar de los Goldony un reputado cocinero de origen español conocido como Macario “el rey de los relicarios”. Su apodo se debía a que se había propagado el rumor de que guardaba en decenas de estuches de odre, todos los condimentos de su cocina incluidos limones y nueces. Inmediatamente Isabela se sintió fascinada por él. Aunque la diferencia de edad era muy notable, ya que Macario podía ser su padre, Isabela no escatimó coqueteos y sonrisas nerviosas.

Macario era de aspecto un tanto pueblerino. Era calvo, no muy alto, de constitución fuerte, hombre de pocas palabras y algo desaliñado. Las pocas veces que hablaba, lo hacía en un tono bobalicón y de manera muy ramplona. Ciertamente no era persona de muchas ideas ni capaz de discurrir con demasiado pulso. Pero a Isabela le había cautivado aquella atrayente notoriedad como chef, que le hacía el hombre más fascinante que había conocido en su vida. A Estela, sin embargo, le resultó tan indiferente como las manchas de grasa que estaban hibernando en la placa de la cocina.

Pese a todo, Macario estaba casado con una mujer autoritaria, muy cuidadosa, que le trataba como a un niño tonto y le vestía cada mañana con chalecos de color verde de corte muy clásico, camisas de almidón con rayas azules y pantalones anchos de pinza. Raras veces variaba el carácter de su vestimenta. De hecho en muchas ocasiones, contradiciendo el escrupuloso rito de su esposa, llegaba dos días seguidos con la misma ropa. Esto fastidiaba mucho a Estela, ya que Macario tenía el defecto de transpirar por todos los poros de su cuerpo en una cantidad alarmante. Y verle cocinando en aquel estado, con aquella ropa mojada, con marcas como lagunas debajo de las axilas y el pantalón lleno de harina, le provocaba una angustia extrema. No obstante a Isabela, que estaba demasiado deslumbrada como para apreciar los detalles que tanto le molestaban a su hermana, ninguno de los defectos de su admirado chef, le resultaban suficientes como para ensombrecer toda la ilusión que había puesto sobre él.

Estela asistía cada día, al ritual de seducción al que sometía su hermana a aquel grotesco personaje, con tanta repulsa que muchas veces tenía que salir a la solana a respirar aire. Contemplaba los hermosos sotillos de la llanura bajo la clareada luz del mediodía, mientras imaginaba rabiosa la romántica escena de galanteo que estarían viviendo aquellos dos majaderos, entre pucheros y cacillos. El sólo hecho de imaginar a Isabela besando a aquel hombre detestable, le producía nauseas. Se sorprendió desagradablemente, al comprender que debajo de aquel sentimiento de asco, estaban los celos. Celos de que su hermana lograra siempre su objetivo en las tareas amatorias, pese a la desagradable apariencia de su presa, cuando ella siempre se quedaba en un rincón observando. Celos de que Isabela tuviera la virtud y la facilidad de poder enamorarse de hombres abominables y conquistarlos sin ninguna resistencia. O tal vez fuera que ella exigía demasiado y por eso le resultaba tan difícil sentirse atraída por alguien. Fuera lo que fuera, sentía unos celos atroces que le llenaban de odio. Incluso llegó a odiar a Isabela con tanta fuerza, que si no hubiera sido por su razonamiento, no hubiera esperado un segundo antes de volver a entrar en la cocina y armar un escándalo. Sin embargo, se tranquilizó mirando los olivos del jardín y observando a una tortuga que se había escondido entre los arbustos, antes de volver a entrar. Hizo gala de la practicada hipocresía que había heredado de su madre, y volvió con el gesto sonriente y la tez relajada. Estela sabía que aquel hombre odioso se marcharía en pocos días, cuando acabara todo el embrollo que se había organizado para satisfacer el paladar de ciertas personalidades a quienes monsieur Goldony había convocado para las cenas. Aquel pensamiento le hacía más fácil la tarea de fingir que no estaba atenta de lo que ocurría a su alrededor. De modo que Isabela seguía explayando su amplia sabiduría de seducción, al tiempo que Macario seguía dócilmente la jugada sin oponer ninguna clase de barrera.

Mientras rellenaba los panecillos de hojaldre pensaba en la esposa de Macario. Pensaba en una mujer dulce y cariñosa, planchando las únicas dos camisas que tenía su marido para trabajar. Pensaba en cómo le lavaría la ropa sucia con jabón de vajilla porque aquel avaro faldero, no le daría más que una paga mensual de 1.700 francos. Pensaba en sus hijos y, pensaba tal vez que pudiera tener nietos. Pensaba también en si había cometido adulterio otras veces y en si su mujer lo había descubierto. Pero pensar aquello le llenaba de aversión y deseos de abofetearle. Y lo que era peor, le hacía sentir deseos de abofetear a su hermana.

Respiró hondamente antes de meter el pan en el hornillo y cerrar la compuerta. Limpió las migas de harina y los restos de levadura que habían caído sobre la encimera, y pasó un paño húmedo por encima. En ese instante, mientras enjuagaba el trapo debajo del grifo, tuvo la súbita fantasía de ser ella quien conquistara a aquel cafre como venganza.

El chorro del grifo empezaba a arder y no se dio cuenta de que tenía las manos debajo. Cuando quiso sacarlas se había quemado y saltaba de dolor. Isabela dejó la carne picada que estaba amasando sobre la tabla: “¿Te has hecho daño?”, le preguntó. Estela se mordía el labio de dolor e Isabela salió de la cocina deprisa para buscar una pomada. Estela aprovechó para fingir que se había hecho más daño del verdadero con el fin de llamar la atención de Macario y de ese modo romper el hielo. Este se acercó a ella para mirar la herida y afirmó que le saldrían llagas si no se ponía algo inmediatamente . Sacó un estuche largo de una bolsa que había traído consigo y al abrirlo descubrió una botella de aceite. Le echó tres gotas sobre la quemadura esparciéndolas en la mano con pulso tembloroso. Al mismo tiempo Estela cerró los ojos para fingir alivio, mientras él prolongaba las refriegas a propósito. Cuando los volvió a abrir, Macario se había aproximado de manera pecaminosa hasta casi rozar su nariz con la de ella. En ese momento Estela se apartó deprisa saliendo hacia la puerta buscando a su hermana, a la vez que Macario la seguía para disculparse con su habitual acento bobalicón. Precisamente entonces Isabela había subido las escaleras y cruzaba el angosto pasillo que conducía a la cocina. Al ver a su hermana, Estela se agarró a Macario besándole. Entonces Isabela se detuvo en seco en mitad del pasillo contemplando espantada aquella escena de traición, y arrojó las gasas al suelo junto con el tarro de crema para lanzarse colérica hacia ellos. Macario no daba crédito a lo que estaba ocurriendo al ver a las dos hermanas enzarzadas en aquella pelea delirante. Se quedó de pie, mirando sin decir palabra, cuando en un empellón que Isabela le había propinado a su hermana, sintió caer el peso de su rollizo cuerpo sobre él, y la espalda doblarse con el tope de la barandilla. Todo su cuerpo se replegó en un segundo derrumbándose hacia detrás para caer después por el hueco de la escalera.

El golpe sonó con un ruido seco, como el de un saco de arena estrellándose contra el suelo. Ambas, horrorizadas, se asomaron a la barandilla para ver lo que había ocurrido. Al principio el espanto llevaba cierta mezcla de incredulidad. Poco a poco, cuando comprendieron lo que habían hecho, ambas caminaron como autómatas hacia la cocina para terminar de preparar la cena.




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