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Narrativa: cuentos: VASELINA. Capítulo XX
Enviado el Tuesday, 14 December a las 03:34:44 por Gloria

Cuentos, Relatos, Literatura clamaga escribió "




–Tráiganme al muchacho –habrá dicho el Coronel.

El padre Agustín, flacucho y fofo, me contó después cómo había recelado de aquel bigote nietzscheano y del cigarro que el Coronel chupaba con énfasis, sin tomarse la molestia de encenderlo. Pero aun así me fue a buscar, Gómez. Así es la vida. Yo era un niño alto, despabilado y fibroso. Como un puma, siempre dispuesto al zarpazo y a la falta de pie­dad. También recelé de aquel personaje despreciable porque, como habrá adivinado, traía mensajes y órdenes del odiado Pompeyo Arjuna, mi padre.

Imagínese, quinientos muchachos encerrados en el semi­nario. Santo Tomás era una estrella por entonces porque, no crea, hay que ser un genio para sublimar tanta testosterona junta. El cautiverio es lábil. Tan pronto la correa de las fie­ras tira de uno, con la fuerza de un silicio, como se afloja después en las aulas, estudiando teología. La verdad es que entre nuestro afán masturbatorio y los combates a puño lim­pio, Santo Tomás era el único que inspiraba nuestras lecturas mañaneras con el rigor de Aristóteles, maestro de la sustan­cia. ¿Sabe usted lo que es eso, mi amigo? Es un invento del gringo: el carozo de un hombre. Todo lo demás, el cuerpo, la historia, los parentescos y los amores contrariados, todo eso es contingente y accesorio. Pedregullos del azar. Mi padre, que perseguía sabe Dios por qué mis avatares por el mundo, me encerró a los trece en el seminario de Entre Ríos. Comía­mos mejor, Gómez, pero no estaba María. Y era ella y no mi alma el carozo de toda mi existencia.



Usted sabe que el odio tira como una yunta de bueyes. Por eso mi padre, que ya era un monstruo por desvirgar a mi cholita boliviana fue, al enterrarme en aquella casa ve­tusta, el vivo rostro del diablo. Privarme de María, de mis excursiones con ropa blanca hasta sus pechos fue una tortura peor que el tormento. Y así, carente de todo consuelo entre maitines, laudes y vísperas fueron pasando los meses. Dos años estuve en el seminario. Fue una prensa de lógica gringa, Gómez. Yo era un indio salvaje encerrado en un silogismo. Aprendí a mentir con maestría, a escaparme del rigor disci­plinario por el lado imbatible del absurdo y a discutir con precisión metodológica el despropósito de estar ahí; todo ese deseo consagrado a la cloaca. Me hice aficionado a Nietzs­che y a Kirkegaard. A los quince era un maestro, yo, dando por tierra la ciencia del gringo. Y no tenía otro propósito más que escapar y ahogarme en el mundo del vicio con tanta presteza que vi con buenos ojos al Coronel, qué le parece.



–Sentate, mocoso –me dijo.

–Y usted ¿quién es? –dije, sacando un cigarrillo y apo­yándome en la pared con una rodilla encongida–. No conoz­co ningún Pompeyo Arjuna.

–No seré yo quien te lo explique, entonces.

–¿Puede sacarme de aquí?

Podía, pero la pregunta lo tomó por sorpresa.
Maitines, laudes y vísperas son las horas de oración. En­tre medio los muchachos nos chupábamos la pija en el cam­panario y jugábamos al fútbol en el potrero, al lado de las caballerizas. La ciencia gringa era la coda perfecta para esos escapismos de la juventud. San Agustín, sabe usted, fue un pecador asumido y alegre. Tengo por allí, por si usted gusta, sus Confesiones. Yo también era un pecador, que tan pronto pensaba en María como en los manoseos del campanario. No me asustaba el Coronel que, sin dejar de salivar su puro, desafiaba mi apostura de macho mirando mi entrepierna.

–Adónde querés que te lleve –dijo, pasando el puro de una comisura a la otra y mostrando la lengua en el trayecto.

–No me importa dónde ni con quién. La única condición es escapar de mi padre.

Esto, Gómez, lo diré una sola vez. Y usted tiene prohibido siquiera recordarlo o pensar en ello más tarde. Quedará entre nosotros como caballeros y en honor a esta hermandad, que es la única que tengo. Así sabrá usted cómo es que este indio se convirtió en hombre y en domador de fieras.

El Coronel tenía una quinta enorme en Entre Ríos.

Vivía solo con una sirvienta. Francisca, una jujeña que me doblaba en edad, con pechos prominentes y una sonrisa socarrona. Francisca sabía todo lo que hay que saber sobre este mundo. Algunas noches, bajo la inobservancia del Co­ronel, solía venir a mi cuarto con agua tibia y bálsamo de aloe. Me contaba historias de las montañas nubladas de Ju­juy y de los vencejos del bosque, que se aparean y comen en vuelo sin bajar jamás a la tierra; mientras tanto, limpiaba mi espalda con el paño tibio y restañaba con aloe los tajos to­davía abiertos que había dejado el cinturón. Más de una vez se le escapó una caricia o eso me pareció. Nunca habló de sí misma, Francisca, aunque a veces se acostaba a mi lado y, como quién no quiere la cosa, me incentivaba a escapar del Coronel. Yo, sin embargo, quería aprender a mandar. Había sido siempre un huérfano, un esclavo; esta vez quería apren­der la lección y suponía que en los latigazos, en el dolor, se escondía alguna sustancia milagrosa que me convertiría, a mí, en jefe de hombres.

Hay que decir que viví con relativa holgura en la quinta de Entre Ríos. Tenía mi propio cuarto, todos los libros y la ropa que quería, una moto y a Francisca. A cambio, el Co­ronel me visitaba cada jueves por la madrugada y me dejaba medio muerto y exhausto hasta la semana siguiente.

El nudo de ballestrinque sirve para sujetar los cabos a un mástil, si la tensión a la que está sometido es constante. Des­pués está el nudo corredizo y el de calabrote doble. El Co­ronel, que navegaba por el Paraná, prefería el de ballestrin­que y el nudo corredizo. La operación consistía en ponerme boca abajo, desnudo con las piernas flexionadas y las rodi­llas separadas, y amarrarme los tobillos con el primero. El otro extremo de la cuerda rodeaba mi garganta con un nudo corredizo. Si yo intentaba estirar las piernas, la corredera me estrangulaba. El Coronel nunca se sacaba las botas, pero para cuando terminaba el corredizo ya estaba duro como un fierro. Entonces se acercaba a su ropa, militarmente doblada a los pies de la cama, y tomaba el cinturón.

–El arte de mandar se funda en la obediencia, muchacho –decía.

El primer cinturonazo quemaba como un atizador al rojo, pero yo lo procesaba apretando los dientes, cuidándome de no estirar las piernas. El sexto y último ya era intolerable. Hasta llegaba a sentir los accidentes del cuero trenzado en las pelotas. El fuego de cada golpe se hacía notar también en las tripas y yo no podía evitar el acto reflejo de estirar las piernas y de ahorcarme con el nudo corredizo que, a su manera, también me hacía sangrar.

–Treinta azotes he llegado a tolerar yo, en mis buenos tiempos –decía el Coronel.
Nunca lloré, yo. Pero odié y agradecí como un perro cada lamida que el Coronel me propinaba después de los azotes. Concienzudas, jugosas, lentas. El alivio del dolor y el placer se pueden fundir como el níquel y el estaño. Y esa moneda de intercambio era entonces la sustancia, Gómez; el hueso de toda mi existencia. Después el Coronel desataba mis pier­nas y me decía hijo; muchacho, me decía. De rodillas en las baldosas rojas, con la cara pegada a su vientre y las lágrimas contenidas yo abría la boca. ¿Cómo se llega a ser un hombre?, decía el Coronel. ¡Soportando el dolor!, contestaba yo. Un día la embestida en la boca siguió de largo y yo me sentí orgu­lloso de tragarla. Y aunque es duro confesarlo, debo decirle que aquello fue un símbolo de que yo había logrado atravesar mis propios límites; de que mi cuerpo ya era de algún modo inmune y sabio. Había logrado obedecer y, con ello, mandar. Nunca más me sentí inerme y allí mismo empecé a proyectar mi venganza. Un año duró mi entrenamiento, Gómez.

A los dieciséis ya tenía demasiado pelo en la cara, mu­chos músculos y la mirada de un hombre que sabe la lec­ción. Perdí todo interés para el Coronel. Debo decir que se compadeció de mí, que me llevó en sus viajes todo el tiempo que su deseo lo permitió hasta que el hastío y mi salida de la adolescencia pudieron más, y me dejó o lo dejé, más bien, en Antofagasta, con un puñado de carabineros en un refugio de la montaña. Entonces, esa noche, que era la última, Gó­mez, lo emborraché. Con los milicos del refugio, borrachos perdidos, lo atamos a un palomar y lo azoté treinta y seis veces en las bolas sin misericordia y con pasión. Lo molimos a golpes, después y, medio muerto, lo dejamos en una fosa común de la frontera. Los milicos eran duchos en manejar esos asuntos. Yo personalmente lo amordacé, le quité toda la plata que tenía y le até las piernas con un nudo de calabrote doble. Y nos fuimos así, a seguir bebiendo caña en el puesto de frontera hasta que el amanecer me empujó a la huida.

Cojitambo, Pumapungo y Atacama.

Viajé como un gringo, yo, por América –pero esa es otra historia que le contaré algún día– y con el tiempo volví a Paraná. Muchos, muchos años después. Y la rastreé a Fran­cisca. La encontré lavando ropa como mi cholita boliviana, en Colón. Me la llevé conmigo a Talca y allá vive, cuidando mi existencia de baquiano y traficante tardío. De hombre que sabe mandar.

Ay, Gómez. Sabe usted lo que es la sustancia.

El hombre está hecho de puro dolor. Y de alegría, tam­bién. No hay nada de eso que llaman sustancia. Un nudo de ballestrinque es la existencia, que se desata y se esparce, créame, como los perdigones de un escopetazo contra la pro­pia historia; palabras, esos pedregullos del azar. Y uno va y viene, como el vencejo, sin afincarse nunca, resistiendo y odiando y amando, dejando que la pasión se desborde y a veces, sujetando las riendas para mandar, eso sí, más y mejor a los hombres.

Y así fue mi juventud.

Mi existencia.

Nota: .

Por Graciela Scarlatto
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