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Narrativa: cuentos: Las vicisitudes del vizconde de la Alfalfa (Relato)
Enviado el Friday, 12 December a las 09:53:03 por Artnovela

Cuentos, Relatos, Literatura Mayp escribió "(compilado por www.artnovela.com.ar)

Cuando en Sevilla se pronuncia el nombre del Vizconde de la Alfalfa, casi todo el mundo piensa en dos señeras figuras de la historia. Una, la del personaje de la novela “Entre la barahúnda” y, la otra, real, la de don Miguel Mir y Velázquez, Vizconde de La Alfalfa.

Es, precisamente, esta última la que pretendemos glosar ahora que se cumplen los ciento veinte años de su nacimiento. En el frontispicio de todo pensamiento histórico debe sobrevivir la memoria de uno de los grandes investigadores de todos los tiempos, de un hombre querido por sus aportaciones populares sobre los afrodisíacos callejeros. Nacido en el barrio de San Esteban, durante la etapa de la invasión francesa, mostraría desde su primer día una vivacidad y sentido de la observación poco comunes. Abundante en carnes, de pelo negro y tez cetrina, vino al mundo en la calle de las Águilas número 12. Paquita, la matrona que asistiera al alumbramiento de doña Alicia, su señora madre, diría del niño que era agraciado y bien dotado. En los documentos del natalicio figura técnicamente como eutrófico que, a nivel de vecindad, se traduciría como “niño macizo”. Pero como quiera que su madre no tenía apenas leche, hubo que recurrir a una nodriza. Así las cosas, la tristeza fue extendiendo su manto por Águilas 12. Algo extraño le pasaba al niño. Ya con dos añitos lo estudió el insigne pediatra de su calle don Atanasio de la Huerta aunque no concluiría nada en especial. De ahí que le dejara en observancia, recomendándole sólo sustituir la materna lactancia por la de otra recién parida. Este y no otro sería el verdadero motivo por el que doña Alicia decidiera el concurso de Lola. La que sería inolvidable tata de don Miguel, era viuda de 15 días cuando entró, al fin y por vez primera, por las puertas del histórico palacete de los Mir. Todos los anhelos de quienes bien querían al infante estuvieron depositados en la nutrida tocinera. Dos días más tarde comenzó a notarse un cambio espectacular en el pequeño. Todo el desinterés que mostrara por su madre se fue tornando en pasión y alegría en todo lo concerniente a la guapa nodriza. El vizcondecito, al contacto con el pecho de Lola la de Tocina, parecía extasiado. Rechupeteaba sonoramente, mordisqueando con cuquería la blanca fontana que le ofrecían. Todo, acompañado de grititos rebosantes e incluso pedorretitas en amorosa y sonora cadena y cadencia. En menos de dos meses, puso peso y la tranquilidad entró en la casa. Lola era dicharachera, rolliza, de muy buen ver, un tanto rubicunda y dulce en sus gestos. Cuando Doña Alicia la contrató mantenía cierta elegancia y refinamiento. El niño, sabiendo que la tata estaba a su lado, dormía placenteramente. Daba alegría ver cómo el infante remiraba pícaramente a su tata dando grititos de felicidad y entusiasmo. Lola, entonces, le contestaba soltándole retahílas llenas de ternura y desenfado. Antes de cumplir su primer año, el angelito aprendió una primera palabra que repetía con magnífico tono de voz. Cualquier momento era bueno para festejar su natural diciendo, con la nitidez del agua de roca, la palabra “teta”. En un principio sus padres creyeron que tendría relación con el apetito. Dos meses más tarde observaron que el vocablo se convertía en obsesión. Lo espurreaba, una y mil veces, desde que salía el sol hasta el ocaso.


Sin embargo, pasarían los años y con casi tres aún no pronunciaba un solo vocablo más. La cosa llegó a tal extremo que decidieron consultar con el profesor Gellé de la Universidad d París. El célebre médico les tranquilizó diciéndoles a los afligidos padres que no veía nada de interés y que a lo sumo podría pensarse en una obsesión que aún no le había dado la cara. Le puso un tratamiento consistente en tranquilidad, el pecho de Lola cada hora y seguido de una cucharadita de zarzaparrilla. De regreso a Sevilla, se inició el tratamiento tal indicara el francés. A los quince días, el niño añadió una segunda palabra a su acerbo lingüistico: “tata”. De manera que, en un principio, exclamaba continuamente “teta tata”. A quienes le oían les hacía gracia como lo pronunciaba hasta que, un buen día que Lola no pudo amamantarle por estar intervenida urgentemente de apendicitis, el niño no sólo se negó a tomar biberón ni materno ni artificial sino que comenzó casi a declamar con cierta nostalgia e inquietud un inquietante “teta de tata”. De buenas a primera había incluido un cambio de sintaxis más que evidente. Ya no se conformaba con decir teta tata sino que especificaba “teta de tata”. Sin duda, este episodio de su primera infancia sería entendido a posteriori, con el transcurrir de los años, cuando don Miguel se revelara como lo que sería: un extraordinario investigador popular de los afrodisíacos. Ya insistiremos más adelante a su debido tiempo, en este aspecto.


Teniendo nueve añitos, sus padres lo llevaron interno al Colegio de Pilas. En realidad se trataba de un preseminario de curas afamado en toda la provincia por la disciplina férrea que imponía. Pero ni siquiera el toque de queda que marcaba casi a fuego el Padre Prefecto, era óbice para frenar las jornadas de fumeteo en los retretes y las licencias del despertar de la verga volandera de muchos seminaristas. Precisamente sería en este remanso colegial del vaterclós donde recibió el noble, un buen día, su primera amonestación al tanto de sus inclinaciones eróticas. Fue el caso que en la epigrafía cerámica que había en el recreo, recordando el célebre consejo estatal de Niño no maltratéis a los pájaros…añadió el de Águilas: y entregaos al sano onanismo…El Padre Matías le pilló retocando el texto y le infringió duro castigo por “alumno indómito”. De todo aquello, el jovencito no sacaría otro beneficio que la cabeza fría. Nunca negaría que, episodio tal, fuera uno de los más negros de su vida. Entre otras cosas porque, pese a la voluntad paterna, nunca mostró el menor interés por la vida sacerdotal. Estaba allí porque le obligaban. De lo contrario no hubiera permanecido ni un minuto. Es más, de semejante experiencia sacaría un decidido carácter anticlerical. Se comprenderá, ahora, que su vida en el seminario, constituyese un verdadero martirio. Sin embargo, para algo le servirían los tiempos de pesadilla y sotana. Fue allí donde barruntaría su pasión por cierto tipo de investigación. De manera que, en lugar de rosarios y novenas, consumía su tiempo dándole vueltas y más vueltas al caletre preguntándose qué efecto podría tener una substancia que viera en el laboratorio de la clase de química y que, en el Espasa, había leído tenía efectos estimulantes sobre el venusino mundo. Como le rebosaban sus rarezas, como a todo el mundo, aunque un poco geniales, se aficionó a llevar el trisagio los días de tormenta. Eso de Santa Bárbara, le gustaba. Lo veía excitante. Años más tarde intentaría indagar la relación entre el miedo y la excitación de los perendengues juveniles. El caso es que, poco a poco, fue introduciéndose en ese mundo. A don Miguel se le veía siempre dando valsones por el seminario y portando botecitos y paquetes para sus experimentos. Con doce años para trece, observó un buen día cómo se le tapizaba el bajo vientre, las piernas se le inundaban de vellos y la voz se le ponía bronca. Fue entonces cuando se le recrudecieron los deseos de experimentar con la yohimbina. Y como no se andaba con rodeos, decidió probarla antes que nadie. Fue una tarde de primavera. Estaba en la azotea. Insensatamente la tomó a voleo y por poco se muere. Pero así y todo notó el vigor de la vida mientras se repetía que ese era su camino, el buscar algo para dar esperanzas a cuantos inconsolables las pierden. Recuperado del susto, fue a más. El Padre Tutor, por las noches, solía vigilar los dormitorios. Una noche, llamó la atención al futuro vizconde por no apagar la luz a su debido tiempo. Como viera los botes y sustancias en la mesilla de noche, le preguntó que para qué era todo aquello. Don Miguel le explicó con naturalidad lo que pretendía. Quedó admirado el lego aunque le advirtió seriamente que no se le fuese a ocurrir ensayarlo. A lo que respondió que ya lo había hecho, aunque echándolo en la marmita del cocido. Precisamente, en aquellos momentos tenía la luz encendida porque andaba anotando los efectos del mágico guiso, valorable según el prieto empaquetamiento de cada alumno y el número de nocturnas maculas polutas brotadas en lo profundo del sueño.


De otra parte, su comportamiento en Pilas resultaría siempre una caja de sorpresas. Pero nunca engañó a nadie. Los curas sabían sobradamente de su rechazo y obraban en consecuencia. Sólo aguardaban órdenes de sus padres para enviarlo a casa. Mientras tanto no dejaban de admirar el tesón y entusiasmo que derrochaba el joven en sus obsesiones. Por eso, al Padre Cañete no le extrañó que, un día, le dijera que tenía novia. Era la cocinera y tenía veinte años más que él. Ciertamente ya quedaba lejos Lola la de Tocina y su mamadera. Pero don Miguel se comportaba tan especial que incluso salía de paseo con la mucama vestido con su sotana. Era algo increíble el desparpajo que derrochaba. Entraba amartelado en los bares y cines. Las viejas y beatonas del pueblo le censuraban y recordándole su desvergüenza. Con frecuencia le gritaban ¡Por lo menos quítale la sotana, hija...! Desde luego, semejante actitud precipitaría su fin en el seminario. El Padre Prefecto le había conminado que de no cesar la experimentación de calentamiento con yohimbina y el amartelamiento de novio con sotana, tendría que expulsarle.


Con 18 años, se entregó al estudio y búsqueda de nuevas sustancias para corregir el frío de la verga. Tras adquirir cierta disciplina, abordó el uso del regaliz disuelto en agua nítrica. El fundamento lo había leído en un semanario guatemalteco. Su autor cantaba las excelencias entre ciertos shamanes y recordaba que, en otra dirección étnica, los guaraníes curaban la flaccidez del mástil viril a base de la dulce raíz. Los resultados nunca estuvieron claros. Entre otras cosas porque desajustaba la cervantina “oficina del cuerpo”. Así que se centraría de lleno en la búsqueda de otros remedios. De esta forma llegaría al descubrimiento de lo que patentaría como “Rigipenil”, un mejunje a base de extractos botánicos de llantén, cubeba y culantro ecuatoriano. Su primer laboratorio lo montó en el vater de su palacete de Águilas 12. Pero el hedor de la cubeba residual levantaba el estómago a cualquiera, máxime cuando su perfume se mezclaba con el natural de las cámaras propias del lugar. No obstante todo fue rodando bien, excepción hecha del poco espacio para dar de cuerpo que dejó a su paciente madre mientras vivió. Cuando tuvo preparado el Rigipenil se enfrentó con el problema de encontrar voluntarios en quienes probarlo. Tras muchas vicisitudes, logró encontrar algunos entre el gremio de porteros hispalenses aunque con tan mala fortuna que, dos de ellos, trabajaban con las monjas ursulinas del Paseo de la Palmera. Ya cuando el Vizconde les administró la dosis más alta, ambos se marcharon de Águilas 12 con una excitación fuera de lo común. Más tarde dirían que habían vivido horas como si tuvieran quince años. Pero desgraciadamente la ruina se cebaría con el prócer. Tan pronto llegaron al convento, montaron un rifirrafe con la portera y con la encargada del torno. Bajo una locuacidad nada natural, los dos voluntarios -que de ordinario eran recatados y comedidos- comenzaron a desbarrar de las monjas, contando chistes verdes por doquier y empertigados a las doce de la noche en levantar a la comunidad completa para leerles unos capítulos del “Decameron” de Bocaccio. Como quiera que la madre tornera se escandalizara, llamó a la superiora, comprendiendo que algo anormal pasaba y que ellas no podrían reducir la agresividad verbal e intenciones carnales que se barruntaban en los dos empleados. Se avisó a la policía. Don Miguel fue detenido aquella noche y acusado como inductor de corrupción conventual. Consecuencia del cisco organizado fue un juicio muy desagradable, con la soledad del sabio diría su abogado defensor, y que afectó como persona al Vizconde quien, gracias al leguleyo que se buscara, no dio con sus huesos en la cárcel.


Tan apenado quedó por lo sucedido que necesitó deja pasar casi un año para rehacerse. Pero como era hombre recio de ánimo, volvió a sus trabajos no sin antes haberse entusiasmado con la asiática meditación trascendental. Anduvo indagando sobre costumbres en el Tibet. Y lo hizo con la vehemencia que escondía para abordar las cosas novedosas que le agradaban. Un día, leyendo las memorias de un viajero anónimo del siglo XVI, se enteraría que cuando una persona muere en Lasa, su cuerpo es hervido durante diez horas en una gran caldera con objeto de preparar una especie de sopa íntima. De tal caldo se da una tacita a cuantos participen en las ceremonias fúnebres. Hasta ahí, se trataría de un hábito de un lejano país más o menos esotérico. Pero a don Miguel lo que le llamó la atención de aquella crónica era una simple apostilla del viajero al referir que los hombres mostraban, a las dos horas de tomarla, una fortaleza varonil fantástica. Tamaña observación le permitió concluir que la experiencia era transportable a Occidente y, concretamente, a Sevilla. El gran escollo que veía era cómo hacer caldo con un muerto hispalense. Semejante fabricación era un delito. Sin embargo, se le ocurrió ensayar primero con diferentes animales. En Águilas 12 hirvió a cuantos mamíferos pusieron sus patas en la tierra de María Santísima. Así llegó a probar con perros, gatos, ratas, conejos, cochinos, hurones, mofetas y hasta con caballos, osos e incluso un tigre del circo Danés que murió en plena feria. Pero, nada, no funcionó. Aquellos caldos, aparte ser vomitivos asquerosos, no servían para nada. Desesperado por el fracaso, volvió a las fuentes. Y en la letra menuda halló la insistencia del viajero del siglo XVI al proclamar que, para semejante menester sólo servía el hombre. A punto estuvo de abandonar la experiencia. Pero en su soledad se creció diciéndose que las dificultades estaban para vencerlas. Entonces fue al Departamento Anatómico y habló, bajo cuerda, con el portero. Aquello era inviable. Demasiado riesgo judicial. Además el bedel añadió que ni se imaginaba cómo quedaría el muerto después de un hervor de diez horas. Como comprendiera que allí no había nada que calentar, tuvo la ocurrencia de dirigirse a un hospital de beneficencia. En el del Espíritu Santo tuvo más suerte. El encargado de la morgue, viendo la suculenta participación que teóricamente le ofrecía el vizconde, aceptó. Convinieron en hacer la experiencia un fin de semana, utilizando una de las calderas de la calefacción que había en los sótanos del hospital. El muerto del que obtuvieron el caldo se llamaba don Ezequiel Calzada Pérez. Había sido contable y no se sabía por qué causa había dejado de existir. Don Miguel advirtió un cierto peligro en ello pero, a la altura que estaban, el experimento era imparable. Durante la madrugada del sábado al domingo prepararon la sopa. El bedel preguntó si ¿esto no lleva sal, oiga? El de la Alfalfa sonrió y no respondió. Pero, a decir verdad, les salió un tanto espesa y de color verde. El empleado, con cierto humor negro, insinuó recordarle al puré de guisantes. Al amanecer ya se estaba enfriando “la marmita”. Y sobre las diez tomaron una tacita cada uno. El bedel comenzó a decir que me siento como un toro, para acto seguido echarse a morir. Don Miguel, por su parte, tuvo que entrar en el retrete con gran descomposición. Todavía a las doce del mediodía se oían sus quejidos en el bajo. Pero no querían pedir auxilio por miedo a ser descubiertos. La Providencia quiso que se recuperaran de los vómitos y el derrumbe que padecían. Años más tarde reconocerían ambos que el tal don Ezequiel sabía a demonios coronados. Además, por si fuera poco, el calmort, contracción de caldo y mortal, como le llamaría en su diario de laboratorio, tenía un efecto secundario intolerable. A las dos horas de su ingesta, aproximadamente, provocaba fuertes ruidos de tripas y descosidas descargas de escopetería, pero con la salvedad de oler a perros muertos. Tal era el vapor hediondo que producía unas fatiguitas insufribles a quienes lo respiraban. Lo peor de todo era el tufo a cadáver que exhalaba. El vizconde anduvo más de dos semanas ventoseando por doquier, llegándole a preocupar lo que expelía. Y para valorarlo, quiso hacer la prueba en la Verdulería de Matilde, gran local situado en plena Plaza de la Alfalfa. Para ello, como quien no quiere la cosa, se puso en la cola para comprar los afamados espárragos trigueros de temporada. En un momento dado se metió en una bulla para comprar grumelos gigantes de Constantina. Y en plena confusión de quién es quién, aprovechando con alevosía el entusiasmo culinario de tantos vecinos, deslizó un silencioso trallazo del aire mortecino que llevaba en la barriga, bestial y casi corrosivo de ventanas y puertas. Pronto se dio a conocer el aire averiado, extendiéndose por doquier. La misma verdulera se aflató. Y una clienta de siempre, Gertrudis, dio la voz de alarma que allí lo que olía de verdad era a muerto. Por su parte, el bedel estuvo tirándose cuescos con olor a huevos podridos durante más de un mes, con la particularidad que no sólo detonaban sino que eran también inflamables. Mir y Velázquez quedó tan impresionado por todo esto que juró no volver a realizar más experiencias de ese tipo. En su libro de laboratorio, anotaría que se trataba de un método cruel e inviable, declarando que la combinación tibetana era un magnífico afrodisíaco, pero peligrosísimo para la vida.


Una vez más quedó tan chascarreado el pobre don Miguel que dijo que hasta allí había llegado y que tiraba definitivamente la toalla. Pero también, una vez más, sacó fuerzas de flaquezas y se volvió a gritar que seguía con la proa en el destino y, por tanto, en su pasión buscadora. En una covacha que poseía en Águilas 12 montó un nuevo laboratorio, retomando los experimentos con la célebre yohimbina que probara en el Colegio de Pilas. Al fin y al cabo el histórico ”cocido” que se tomaron los internos les había hecho más estragos que todas las odaliscas y huríes del mundo. Sin embargo, consiguió mejorar la fórmula añadiéndole polvo de cantáridas y varias pócimas que obtuviera de un viejo incunable de la época de Galeno. Cuando creyó tenerla a punto decidió probar suerte. Como primera medida lo intentó con su gato Frufrú. Era un siamés muy hermoso e indolente, pero carecía del menor interés por las gatas. Fue esto precisamente lo que indujo al vizconde a darle la nueva pócima. El resultado debió ser algo espectacular, porque en su libro de laboratorio anotaría, no sin cierta sorna, que Frufrú ha iniciado en el día de hoy, tras la toma de mi nuevo preparado, un enamoramiento de facto con el canario. Sin embargo, necesitaba experimentarlo en la especie humana. Otra vez, la dificultad de hallar voluntarios era manifiesta. Y al fin hubo de recurrir, de nuevo, al gremio de porteros. Por mediación de su tesorero consiguió la colaboración de veintisiete de ellos. Don Miguel, les administró la cantaridina, substancia asaz afamada entre las viejas abortadoras y clandestinas de los pueblos de la cornisa del Aljarafe. Durante una semana deberían tomar tres dosis diarias y anotar cuantos movimientos pendulares o sísmicos observaren en lo más íntimo de sus vidas. La consecuencia de la experiencia, como pasara otras veces, fue incontrolable. De manera que el día cinco de la prueba, habló por teléfono con todos y cada uno de los voluntarios. Le invadió una gran desilusión al comprobar que adolecían de vientos y lluvias en las cámaras, cuando no se zurraban al viejo estilo de aquí te pillo aquí te mato. Preocupado por el aparente fracaso, a partir del quinto día comenzó la cosa animarse. Sobre la doce del mediodía le telefonearon de urgencia desde el convento de las Madres de San Benigno ad Vincula. Curro, su popular portero, estaba fuera de sí. Hombre de unos sesenta años, enjuto, viudo, más serio que un ajo porro, conocido por sus silencios, bondad, recato y buen comportamiento, había sido presa, de buenas a primeras, de una extraña excitación. Nada más entró la superiora por las puertas de el Casa Madre saludó a Curro con su acostumbrado Ave María. Pero el buen hombre apenas le oyó. Se movía de un lado para otro. Como un tigre en celo. Al fin le respondería tan extemporáneamente que, según diría más tarde en el juicio, más bien fue un quiebro chulesco y provocativo. Tuvo cierto tono como de piropo, espetándole que había que ver el aire y la donosura con la que llevaba la toca. Sor Balbina se extrañó sobremanera y, haciéndose la loca, como si nada hubiera oído, continuo andando. Curro, crecido en lascivia, fuera de sí, jadeó visiblemente. La monjita, entonces, le preguntó si habían llevado algún encargo para ella. El portero, enloquecido, susurró con sorna un grosero aquí si que tengo yo un paquete para usted. Sor Balbina llamó inmediatamente al Vizconde, porque sabía del experimento, aunque no en los términos de lo vivido. Cuando don Miguel llegó al convento era ya casi la hora del almuerzo. La policía había tomado la portería y, el otrora fiel cancerbero, detenido. El juez llamaría al noble apercibiéndole seriamente, recordándole la cárcel si aparecía una sola vez más en una escena como aquella. Desgraciadamente al día siguiente, otro escándalo con el portero del Ateneo Mateo Alemán, sito en el pueblo de Gelves, daría con sus huesos en la trena. Una dosis excesiva de cantáridas hizo que el portero de la Avenida del Esturión 29 se marchara, llevándose la recaudación del inquilinato con la mujer del sochantre de la parroquia de San Antonio.


En plena primavera, el catorce de mayo, ingresó en la Prisión de Ranilla el de la Alfalfa. La Fiscalía le acusó de corruptor de conventos e incitador al escándalo público y privado. Pero como era con era, tornó la aflicción por esperanza y, en su celdita, montó un pequeño laboratorio. Y así continuó sus investigaciones. La dirección de la institución y los funcionarios todos le respetaban particularmente. Los internos, por su parte, le veían como sabio y mártir de la ciencia. Era digno de ver cómo el mismo director tomaba café en su celda, oyéndole hablar y proceder como si estuviera en su casa. Algunas de las charlas fueron muy fructíferas. Por lo pronto tomó la decisión de continuar sus trabajos hasta que quedara exhausto de dinero. Sería precisamente allí, privado de libertad, donde concibiera su famoso plan del 1´3´-dimetilo. Coloquialmente le llamaba PUD, siglas de Plan Urgente con Dimetilo. Se trataba de una sustancia que conoció mientras leía el trabajo de un químico de Rotterdam que investigaba con explosivos controlados para minas. En aquel artículo refería como estando un buen día preparando la dinamitación de la boca de una mina, hubo una confusión y uno de los obreros espolvoreó su comida con la supuesta pólvora en lugar de la pimienta. Alguien, involuntariamente, cambió los envases. A los cuarenta y cinco minutos, el desdichado fue presa de un ataque eréctil que dejó corto al mismísimo Príapo. Cuando el vizconde leyó semejante anécdota se puso en marcha de inmediato. Escribió al autor explicándole la cuestión. Van Teuther, que así se llamaba el químico, contestó con suma amabilidad, ofreciéndose para prepararle algunos gramos del dimetilo, toda vez que no estaba comercializado. Se veía claramente que el holandés pretendía nadar y guarda la ropa, pensando en un posible éxito futuro del sevillano. Así que dos meses más tarde le mandó veinticinco gramos del añorado dimetilo. Don Miguel puso manos a la obra. Como quiera que el sabor fuera muy amargo, se le ocurrió prepararlo bajo la forma de caramelos. Este fue el origen de los famosos e históricos Caramelos Alfalfeños que tanto darían que hablar a aquella generación. Sin embargo, tampoco estuvieron exentos de grandes problemas. Verdaderamente serios. El peor de todos, sin duda, fue el carácter explosivo que, inopinadamente, mostraba en ocasiones aquella maldita sustancia. Pocas personas conocerán el origen coloquial de la frase está disparado. Sin duda proviene de este anecdotario. El vizconde, careciendo de voluntarios en quienes probar su nuevo ingenio, no se le ocurrió nada más que hablar con una afamada celestina de la calle de Herbolarios. Quedaron en utilizar el PUD en varios clientes que lo necesitaren, particularmente propensos a lo que la Chari etiquetaba de “ignominioso gatillazo”. El vizconde la recompensaría por cada estudio ultimado. Pero, por suerte o por desgracia, sólo pudieron incluirse en las curiosas observaciones dos casos. El escándalo fue tan grande que terminó en el Juzgado y con sentencia en firme. Precisamente del estudio del proceso judicial se han podido sacar los datos que ofrecemos a continuación. Don Nicolás Huelva y Jiménez del Monte, funcionario de Hacienda y cliente de la casa de la Chari, tenía 60 años. De vez en cuando merodeaba Herbolarios y visitaba los ocultos muros. En general era hombre desgastado por la vida y el triste funcionariato que sufría. Por eso, el gatillazo le sumía en la desesperanza. Le temía como a una vara verde. La Chari solía decir que más que a un toro de Mihura. Y así era. Por eso el día que le ofreció el bebedizo, siguiendo las instrucciones del prócer, no dudó en tomarlo. Como habían convenido, don Miguel estaría escondido en el mismo lupanar cuando el empleado descarriado fuere a tomarlo, con el fin de anotar y observar minuto a minuto lo que pudiera acontecer. Precisamente, este celo científico lo sumaría la acusación como “matiz de voyerismo”. El hecho es que a los treinta y cinco minutos de la bebida, don Nicolás, mientras hacía carnal fuelle con la rabiza, notó como un mínimo ruido intranquilizador que fue seguido de una detonación importante. Aquello fue una verdadera explosión. En realidad, una deflagración en toda regla. El de Águilas, que en ese momento se hallaba en el rellano de la escalera ajustando cuentas con la Chari, salió a escape corriendo para la habitación donde sonara lo que sonó. Nada más abrir a puerta vio a la fulana desmayada, echando humo por sus oquedades y, a don Nicolás, apesadumbrado en el llanto. Chari, entonces, habló de que don Nicolás está disparado, frase que recogida en su día en el juicio a puerta abierta la incorporaría la prensa al argot sevillano.


Completamente hundido, el desesperado Mir y Velázquez pensó en retirarse y abandonar cuantos proyectos tenía aún para investigar. Se le vio, desde entonces, vagar por la ciudad. Soltero como era, el desconsuelo hubo de vivirlo en soledad. Además se encontraba prácticamente arruinado después de haber gastado su fortuna y herencia en balde. Abandonado a su suerte, descentrado de la ilusión por vivir, ignorado por sus propios conciudadanos y familiares, comenzó a frecuentar tabernas y bujíos, dándose a la bebida y a cuantas rarezas cayeron en sus manos. Fue así como una noche terminó en una sesión de espiritismo en la calle de Caballerizas. Un fiel compañero de las libaciones con Cazalla, Emilio Soto, empleado de la Funeraria de la Viuda de Ortiz, le dijo un anochecer que a las doce iría a una sesión para hablar con una amiga íntima que se le había muerto hacía ya más de tres años. La había querido mucho y, todavía, encontraba consuelo contactando con ella aunque fuese por el sistema del más allá popular. Como tenían varios anises en el cuerpo, bañados por esa alegría artificial del alcohol, convinieron en ir ambos. Al fin y al cabo el vizconde no conocía aquel género. A las doce menos cuarto, entraron por las puertas de Caballerizas 120. Se trataba de una casa vieja del siglo XVIII, de las llamadas de “arquitectura popular”. Tan pronto se atravesaba un zaguancito adornado con dos tapices negros para sepelios, se entraba en un gran patio de mármol atiborrado de público. Por lo visto tenía éxito el Centro. Soto, justificó aquel llenazo diciendo que era último jueves de mes. A lo que el de Águilas le preguntó que por qué había tanta gente los últimos jueves de cada mes. Porque conectan con los difuntos queridos, contestó el funerario como si tal cosa. A las doce y veinte entraron en la Salita Gris. Prácticamente no se cabía. En un estrado convenientemente iluminado, había dos personas, hombre y mujer, vestidos de negro y con una bola adivinatoria clásica. El publicó quedó en silencio. Se nombraron a los invocados. Y cuando se pronunció el de Catalina, mi amor, asintió Emilio como queriendo decir esta es la mía. Tras un ritual chocante y un tanto estrafalario, le invitaron a pasar a un reservado. Al vizconde le dijo, entonces, que volvería a la hora porque, en realidad, iba a tener un contacto físico con su amada muerta. Don Miguel se quedó de piedra. No sabía si era una tomadura de pelo o certeza lo que acababa de oír. El hecho es que durante algo menos de una hora, el compañero de aguardiente desapareció. A su vuelta, le confesaría que estaba muy triste porque no había podido consumar su amor con la invocada, no porque no la tuviera entre sus brazos, que la había tenido, sino porque no pudo estar a la altura de las circunstancias. Por mucho que dudara don Miguel, Soto, juró y perjuró que era la pura verdad y que a lo único que aspiraba en la vida era a encontrar algún remedio que le sostuviera en la aflicción en momentos tan tristes y difíciles como el que acababa de vivir. Aquello fue suficiente para que el vizconde se entusiasmara, una vez más, con la búsqueda de su obsesión. Y se contempló como una esperanza frustrada, comprendiendo que no tenía derecho a privar a la humanidad doliente del archivo y enseñanzas de sus propios fracasos y esperanzas. Lo que oyó a Emilio Soto fue muy triste también para él. Así que cuando terminó aquella dichosa sesión, al amanecer, quiso conocer las interioridades de la cama donde se encontraban los necroamantes. Estaba en una salita coqueta pero austera e impresionante. Dos grandes espejos biselados en forma de hojas de acanto ampliaban la ilusión de espacio y dejaban reflejar, por todas partes, la cama ataviada en el centro. Lucía sábanas y almohadas negras, con bordados alusivos al amor que nunca muere y eterno. Don Miguel nada más ver el medio catafalco del himeneo dijo que aquello era una barbaridad, que lo primero que había que hacer era estimular a los amantes con un color alegre y no funerario. Pero ya en la calle, los dos amigos anduvieron en silencio bajo el amanecer. Y cuando llegaron a la puerta de su casa, se despidieron, pero quiso animar a Soto confesándole que, desde ese mismo momento, reanudaba las experiencias para intentar resolver el viejo problema del afrodisíaco popular sevillano.


Como hiciera otras veces, estuvo una semana metido hasta las cejas en todas las bibliotecas importantes de la ciudad. Estando en el Centro Espiritista, intuyó que los amantes muertos en amor profundo quizás produjeran alguna sustancia que estimulara los sentidos incluso sin estar presente el difunto. Por este detalle acabo charlando con el espiritista, quien le reconocería, en un momento dado, que ciertos perfumes íntimos del muerto eran capaces de inducir alucinaciones a muchos amantes. Al vizconde le entusiasmó escuchar aquello, porque de ser verdad era el giro que necesitaba para sus investigaciones. Después de quince días, ya tenía formulada una hipótesis de trabajo. Ciertas sustancias que se engendrarían en los cadáveres de amantes muertos en plena batalla eran capaces de provocar, en el que vivía, la ilusión de que disfrutaba físicamente con quien realmente faltaba. Algo así como el gas hilarante produciendo risa en personas por situaciones cómicas inexistentes. Sin embargo, la dificultad para este trabajo resultaba enorme. Cualquier avance en este campo exigiría estar al tanto de los excepcionales casos que existieran y, luego, ya se las ingeniaría para obtener las muestras de los sepultados. Una locura. Pero don Miguel cuando empezaba ya no terminaba. De manera que para solventar la situación, lo primero que hizo fue confeccionar una lista de amantes en semejante tesitura. Para ello rodó por todos los pueblos indagando en bares, farmacias, casas de socorro y vecindeo quiénes estarían en situación idónea. Fue dejando contactos en toda la comarca. Siempre encontraba alguna persona que se entusiasmara con el estudio, sencillamente por que siempre había creído que había en la vida gente para todo. Y así fue. Pero pasaban los años y no conseguía material adecuado. Hasta que después de año y medio, le llamaron una noche desde Villanueva del Ariscal. Rafael, el sochantre, que se había hecho íntimo suyo, le comunicó que los célebres amantes de Villanueva habían tenido novedades. Regresando habían volcado con la diligencia que tomaran desde Sevilla. Él perdió la vida, pero ella salió indemne. El caso era una perita en dulce porque el juez había ordenado dejar el cuerpo en el depósito del cementerio hasta que, al día siguiente, se hiciera la autopsia. El vizconde cogió su calesa y se dirigió al pueblo. Serían las seis de la mañana cuando llegó. En la puerta del cementerio le esperaba el sochantre que era también guarda. En el depósito le esperaba un topiquero para tomar una muestra de sangre. Con aquello trabajaría don Miguel durante más de un año. Incluso requirió la pericia y consejo de los químicos de la Real Fábrica de Gaseosas de la Huerta de la Salud. Dos meses más tarde consiguieron identificar una sustancia nueva que podría ser la causa del comportamiento de los amantes de Tanatos. Se trataba de un producto rojo como la sangre, muy soluble en alcohol y cuya ingesta producía, en menos de media hora, unas visiones semejantes a las originadas por alucinógenos como la ayahuasca o el peyotl aunque con unas particularidades especiales. Don Miguel la probó. Su cuaderno de laboratorio no tiene desperdicio al respecto, en la página 925-bis al dorso, apuntó de su puño:


“Me he encontrado con la que fuera mi tata, Lola la de Tocina, en pleno furor de la vida funeraria. Paseamos por un hermoso cenotafio. Se oían tañer campanas con toques de muertos. Estaba vestida de negro y mostraba unos pechos tan grandes, los mismos que me amamantaran, que dos enanos los llevaban en una carretilla. Iba exultante y detrás, a duras penas, iban dos bueyes tirando de una penosa carreta. En la Glorieta de los Crisantemos negros nos vimos. Deseaba profundamente que me cogiera en brazos. Ella, mirándome tiernamente dijo: ´querido niño: sea lo que quiera el destino´. En ese momento los dos enanitos entonaron un estribillo con el tata-teta que tantas veces pronunciara yo mismo de niño. De pronto se hizo de noche y alguien nos dijo que el cenotafio estaba cerrándose porque se iba a proceder al sepelio del vizconde de la Alfalfa. De manera que la administración de la Cadavrina, que así he bautizado a esta nueva sustancia, produce más que excitación del sexo, temores necrológicos sobre hechos pasados. Tengo la impresión de que no sirve como afrodisíaco popular”.


Y así fue. La segunda y decisiva prueba la hizo con Soto en el Centro Espiritista de Caballerizas. Resultó un aquelarre. Creyó que le obligaban a dormir con su amada muerta pero sepultados bajo la tierra mientras le corroían las piernas una legión de ratas negras. Sus gritos se oyeron en todas partes. Tanto que el director del Centro prohibió la entrada al vizconde definitivamente. De otra parte, el sochantre de Villanueva del Ariscal quiso también probar suerte.


Con aquel episodio, el vizconde tomó definitivamente la decisión de darse por vencido, al menos en la experimentación química. Descansó un par de años, viviendo con su actividad de negro. Como escribía muy bien, redactó seis libros para otras personas y que incluyeron la biografía de un santo, un tratado de numismática, un recetario de cocina., una química para niños y dos novelas. Pasando tristemente la vida, pues era de un natural fogoso y emprendedor, un buen día le escribieron una carta desde la cátedra de Física de la Universidad de Puebla del Río. Su regidor don Heliodoro de la Cuesta le pedía su colaboración. Estaba estudiando las leyes de la Termodinámica en los cuerpos de calentorros sevillanos. Como quiera que don Miguel estaba afamado en este terreno -aunque a decir verdad más por teoría que por práctica- querían medirle los cambios de temperatura y sus ecuaciones calóricas. Aceptó con cierto retintín, pero pronto comprendió que don Heliodoro era muy buen hombre. Ultimado el estudio, llegó a la conclusión que el vizconde tenía tal producción del flogisto que podía ser utilizado en la época invernal en el curioso Calentator Hispalense de su invención y que el Ayuntamiento de Sevilla se proponía instalar en la Plaza de la Campana como prueba. El Calentador no era otra cosa que un estradito de 4x4 metros confeccionado en madera y provisto de cuatro sillones confortables donde se sentaban las personas seleccionadas por don Heliodoro por su poder calorígeno. Una barra circular metálica servía para agarrarse los calentorros y distribuir sus calores a una placa también metálica que distribuía la alta temperatura a los viandantes. De esta manera toda la plaza de la Campana tenía de diez a doce grados más que en las otras calles. Para amortiguar las horas, en el centro del estrado había un veladorcito con periódicos, bebidas y algún que otro tentempié. Por imperativos técnicos los calorígenos tenían que estar en calzonas. Pronto, desde el primer día de la prueba, don Miguel sobresalió por la potencia de calor que desarrollaba. Las mujeres sabían distinguir el empaque del vizconde, tanto que cuando entraban de Sierpes o Colcheros a la Campana, solían muchas decir ya se nota el calorcitos de don Miguel. Las más bravas daban gracias al alcalde por aquella exhibición de paquetes calzonarios y, como consecuencia, de lo bien y agradable que se estaba. En la Campana se terminaron los inviernos El número de mujeres fue en aumento hasta encontrarse la plaza abarrotada cualquier día y a cualquier hora. Y las jóvenes -y las no tan jóvenes-, iban por don Miguel. Los otros tres calorígenos no poseían el mismo carisma. Sin embargo, terminando el invierno, inesperadamente, el vizconde, al bajar del estrado después de una jornada de Calentator, perdió el equilibrio, se cayó y dos días más tarde falleció de una complicación de su viejo corazón. De esta triste forma terminó sus días. Muchos años después del olvido producido en su ciudad, alguien que analizó a fondo sus cuadernos de laboratorio, llamaría la atención sobre el hecho de que aunque no llegó a descubrir definitivamente su ansiado afrodisíaco popular sevillano, muchas de sus observaciones, reflexiones y experimentos han cobrado hoy, a la luz de la ciencia actual, una importancia decisiva. Tanto que ya empieza a dársele el verdadero valor que alcanzó este solitario y sorprendente investigador de la muy leal y olvidadiza ciudad de Sevilla.



INTRODUCCIÓN Y NOTA HISTÓRICA AL RELATO SOBRE EL VIZCONDE DE LA ALFALFA.


El próximo doce de octubre de 1930 se cumplen los ciento veinte años del nacimiento de la figura señera y secular del Vizconde de la Alfalfa. Lo que haya significado para Sevilla es algo que todavía no ha sido sopesado en las redomas de la ecuanimidad. Hasta que William Worthington, de la universidad de Liverpool, llamara la atención en 1908 sobre el papel precursor tecnológico que habría de jugar don Miguel Mir y Velázquez, segundo vizconde de la Alfalfa, no se ha reivindicado la preclaridad y fuerza de muchas de las hipótesis y postulados que mantuviera.


Nació en 1810 en el número doce de la calle de Águilas, en pleno cogollo de la Alfalfa, coyunturalmente denominada también de Mendizábal. Tuvo una infancia llena de sorpresas, entre las que no faltaría siquiera su precoz enamoramiento de Lola la de Tocina -su tata- cuando contaba escasamente un año de edad, episodio concienzudamente bien investigado por Fernández de Luna en nuestra Universidad. Hoy sabemos que el infantito vivió obsesionado con una serie de acontecimientos que, como oiremos en el relato que hemos seleccionado para esta publicación, delata una fuerte cuota de sufrimiento. Una agitada juventud en el Seminario de Pilas, que rehuyó a macha martillo, desembocaría en una decidida vocación ante la búsqueda de la ciencia. Boris Andricoff, de Moscú, ha llamado la atención sobre la función polifacética que demostraría entre sus 18 y 23 años. Pero como Von Harppeimer ha señalado con buen criterio, y cito textualmente, “Mir y Velázquez es un adelantado del siglo XIX en el campo de los afrodisíacos populares, habiendo experimentado todo lo habido y por haber, incluido las reacciones de su cuerpo”. Esta aseveración, con ser indiscutible, no centra la diversidad en una mentalidad como la suya. De ahí que, a nuestro juicio, la apostilla de la Escuela Italiana, con Feruccio al frente y advirtiendo que “buena prueba de esta cualidad es el catálogo de nombres por los que, en algún momento, ha sido conocido el Señor de La Alfalfa”, es más que oportuna. Algunas de tales designaciones, aunque vulgares, no dejan de transmitir, cómo diríamos, un cierto encanto vital. Hoyos de Limón, ha recogido hasta treinta y cinco nominaciones diferentes. Entre las más curiosas y aleccionadoras, destacaríamos las siguientes. “El calentorro del Mar Caspio”, “El calentador de Sierpes”, “El calientacalles hispalense”, “Calentatoris Hispalensis”, “Don Miguel el del Rigipenil”, “El Loláfilo empedernido”, “El noble de Ranilla” y “El amante general”. Etc.


De otra parte, nadie puede ocultar la existencia de varios episodios que han ensombrecido la figura de Mir y Velázquez en algunos momentos de su vida. Así, su encarcelamiento en la prisión sevillana de Ranilla, su juicio acusado de corrupción en un convento, su desafortunada experiencia con los gremios de porteros y funerarios para probar los efectos del Rigipenil, la cuestión de la necrosopa a la tibetana y el mismo escándalo del Centro Espiritista de la Calle de las Caballerizas, son jalones desdichados en su biografía que convendría analizar a fondo. Otro tanto puede decirse de la etapa en que don Miguel es utilizado por el catedrático de física, don Heliodoro de la Cuesta, para formar parte de su invento del “Calentator Hispalensis” con el que climatizar las calles. Son paréntesis cuyas claves no están aún bien precisadas. Pero puede asegurarse, en el sentir de Gaston Lecuvier, que, en cualquier caso, la estructura del pasotismo del vizconde, en calzonas y sentado en el estradito en La Campana, ha venido a demostrar cuán injustamente relegado y utilizado sentíase en lo más profundo de su alma . En fin, la figura del gran investigador se perfila, cada vez más como portentosa. El futuro nos ha de aportar más de una sorpresa al respecto.


Por todo lo dicho, este relato histórico que oiremos a continuación, posee el sabor de lo auténtico. Fue escrito por Ramiro Antúnez, alguien que siempre tuvo un gran respeto por la figura de don Miguel Mir y su proyección en el mundo de la cultura. Aunque la grabación que se conserva en esta Universidad tiene cierto deterioro, sin duda por el excesivo número de copias que se han hecho para los congresistas de Montpellier y Oviedo, mantiene la lozanía de lo veraz. La narración fue escrita en 1929, año de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. En aquel entonces se trató, realmente, un encargo del Pabellón de Testimonios ubicado en la Plaza de los Conquistadores . Quizás esto explique el por qué la vida y obra del de La Alfalfa haya sido tan conocida en Latinoamérica, especialmente y a nivel popular en Montevideo, Santiago y, sobre todo, en Buenos Aires, Tegucigalpa y El Cuzco. En fin, vean en nuestras palabras un homenaje a tan destacada figura de nuestro siglo XIX. Nos sumamos con nuestro verbo a todos aquellos que, de alguna manera, han comprendido que era indemorable reivindicar el lugar que, por derecho propio, le corresponde al ya genial e histórico Vizconde de la Alfalfa.








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Re: Las vicisitudes del vizconde de la Alfalfa (Relato) (Puntuación 1)
por claradia el Wednesday, 17 March a las 13:52:17
¡Buenísimo relato!





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